El trabajo y la tierra

«Creemos que el primer deber del Estado es el procurar trabajo. En esto no hará aquél otra cosa que imitar a la Naturaleza, la cual espléndidamente provee al hombre de cuanto le es indispensable para satisfacer sus necesidades.» Esto dicen los políticos que se consideran más radicales.

¿No hay algún error de observación en esas palabras? ¿Y no dimanará de ese error una corriente de pensamiento que conduce a buscar los remedios de la miseria donde no están y, por consiguiente, donde no ha de encontrárselos ni país alguno los ha hallado? No es exacto que la Naturaleza provea ni haya provisto jamás a las necesidades humanas: permanece impasible ante las miserias y desnudeces del hombre; quien provee es el trabajo. Nuestro personal esfuerzo es el que arranca a la Naturaleza los medios de satisfacer nuestras hambres, de cubrir nuestros miembros, de fabricar un albergue contra las inclemencias de la propia Naturaleza. Continúa leyendo El trabajo y la tierra

Los derechos naturales y el Impuesto Único – El Impuesto Único – nº 77 – Mayo 1918

I

Los derechos naturales

Las cosas materiales, intelectuales y morales, sobre las cuales todos los ciudadanos tienen derechos primitivos iguales, por el hecho mismo de ser hombres, las cosas que subsisten, haga el hombre lo que quiera, no deben permanecer indefinidamente, por vía de herencia, en manos de algunos; en nombre de la justicia eterna, todos tienen derecho a ellas. Continúa leyendo Los derechos naturales y el Impuesto Único – El Impuesto Único – nº 77 – Mayo 1918

Dedicado a Henry George – El Impuesto Único – nº10 – Septiembre de 1912

 

IV

Elaboración del monumental libro:

“Progreso y Miseria”

El 4 de Diciembre de 1871 apareció el primer número del periódico Daly Evening Post fundado por Henry George con escaso capital. Dos años más tarde tuvo que hacer un empréstito para sostenerle y habiendo exigido el prestamista (el senador John P. Jones) en 1875 la devolución inmediata del dinero, el 27 de Noviembre fue entregado en pago el periódico a sus representantes sin un céntimo de compensación.

«Me quedé –dice Henry George en sus notas-, otra vez sin dinero y entonces escribí al Gobernador Irwin a cuya elección había yo contribuido meses antes, pidiéndole un destino donde tuviera poco que hacer y un regular sueldo para poder dedicarme a escribir algo muy importante. Inmediatamente me concedió el destino de Inspector de los Contadores de gas del Estado de California que me proveyó de lo necesario para la vida, aunque con intermitencias, sin ocuparme mucho tiempo.»

Mientras tanto, la familia había ido a San Francisco a reunirse con él. En 13 de Enero de 1867 Henry George tomó posesión de su cargo. El 15 de Agosto debutó como orador en un meeting disertando sobre el tema «La Cuestión ante el pueblo» y comenzó a revelarse como un elocuente apóstol.

A mediados de 1877 dio una portentosa conferencia en la Universidad de California en Berkeley. Tres cuartos de hora duró la conferencia que maravilló a sus oyentes; pero el efecto en el profesorado fue terrible. ¿Cómo habían de soportar la fina ironía con que les fustigó? El resultado fue romper el compromiso que con él habían contraído para adjudicarle la Cátedra de Economía Política de nueva creación en aquella Universidad.

El 4 de Julio de 1877, con ocasión del aniversario de la Independencia pronunció un memorable discurso sobre el tema «La República Americana».

El teatro de California era pequeño para contener el auditorio que acudió llamado por su ya creciente fama. El discursó terminó con un majestuoso apóstrofe a la Libertad, que difiere poco del que hoy podemos leer en «Progreso y Miseria» y pocos se dieron cuenta de que aquel era el primer ataque oral a la fortaleza de «los intereses creados» (propiedad privada de la tierra).

Con fecha 18 de Septiembre de 1877 puso Henry George manos a la colosal obra que bautizó con el nombre Progreso y Miseria. Su alma entera retornaba el antiguo problema que tanto le sobrecogió y atormentó y que no le dejaba descansar. Todo el país sufría industrial depresión. Los motines y desórdenes eran frecuentes en las grandes ciudades. Grandes huelgas de ferroviarios amenazaban el Este y las tropas se pusieron sobre las armas. Hubo una revolución en Baltimore, en Chicago funcionó la artillería y en Pitsburgo las víctimas montaron a 200 y las pérdidas materiales a 12 millones de duros.

Entonces se sentó ante su bufete Henry George a comenzar la obra que luego resulto ser un monumento.

Esta labor la interrumpió el 2 de Octubre del mismo año, fecha del nacimiento de su cuarto hijo, una niña, a quien puso por nombre Ana Angela. Sus otros tres hijos Henry, Ricardo y Jennie tenían entonces, respectivamente, quince, trece y diez años de edad.

Por el placer que Henry George mostró al rodear de mimos y cuidados a su digna compañera se deducía que recordaba con espanto la época terrible en que vino al mundo se segundo hijo sin haber en la casa ni un pedazo de pan que dar a la madre.

Sin embargo la adversidad llamaba de nuevo a sus puertas. El destino de Inspector de los contadores de gas que parecía tan lucrativo, iba produciendo cada vez menos.

Por entonces, varios iniciados en sus teorías, entre ellos William M. Hinton, James G. Maguire, John M. Days, John Swett, Joseph Leggett, Patrick S. Murphy y S. L. Mann, comenzaron a reunirse con Henry George y su hermano Jolin V. George en el despacho del abogado Maguire en Clay Street para discutir las teorías asentadas en el folleto «Nuestra tierra y nuestra política territorial». De estas discusiones, nació la primera Liga para la abolición del monopolio de la tierra, compuesta de unos treinta socios y que llevó el nombre de «La Liga para la reforma territorial de California».

Esta fue la primera organización en el mundo para propagar las ideas de Henry George. El presidente fue Joseph Leggett un abogado natural de Dublin (Irlanda) y el Secretario Patrick S. Murphy redactor del «Evening Post».

Uno de los primeros actos de esta Liga fue invitar a Henry George a dar una conferencia remunerada, lo que verificó en el Metropolitan Temple el 26 de Marzo con el tema «Por qué escasea el trabajo, el salario es bajo y los obreros descontentos».

Aquella vez la concurrencia fue escasa y su voz clamó en el desierto.

Tres meses más tarde dio otra conferencia en la «Asociación de jóvenes hebreos de San Francisco». Esta conferencia, con el título «Moises» ha quedado como una de las obras maestras de Henry George y todas las Ligas para el Impuesto Único la han publicado desde entonces en forma de folleto.

Después de estas y otras interrupciones ocasionadas por la policía, volvió a su obra que ya no volvió a interrumpir. Oigamos a su hijo:

«Al entrar en su biblioteca, veíamos al autor ligeramente inclinado sobre una gran mesa en el centro de la habitación, escribiendo su libro. Vestido con traje de casa, una mano sujetaba el papel y la otra movía una blanda pluma de oro. Al sentir ruido, se incorporaba un poco volviendo la cara, un brazo en la mesa y el otro sobre el respaldo de la silla en actitud que jamás pude olvidarse: una dulce sonrisa en sus labios, las mejillas brillantes, la frente llena de pensamientos y una expresión inexplicable en sus azules ojos de mirada suave, recta y penetrante como si descansara en el mundo de los ensueños de los puros de corazón.»

Esto era en el número 417 de la calle Primera. Allí se terminó el libro. En su biblioteca había almacenado todas las comodidades que poseía. Por gradual adquisición llegó a reunir cerca de 800 volúmenes que eran su única propiedad en el mundo. Había tratados de Economía política, historia, biografía, poesía, filosofía, ciencias, viajes y descubrimientos y muy pocas novelas.

Su obra la terminó hacia mediados de Marzo de 1879 cerca de año y medio de su comienzo.

La verdad fundamental – El Impuesto Único – nº 55 – Julio 1916

La brevedad que es preciso dar a estos artículos se opone a largos razonamientos. Es indispensable simplificar mucho y aceptar algunas conclusiones sin previo examen.

Nos vamos a contestar a una sencilla pregunta. ¿Vienen todos los hombres a la vida en igualdad de condiciones para desarrollar sus facultades físicas, intelectuales y morales? Yo creo que sí; por muy grande que sean las diferencias que la Naturaleza quiso poner en sus fuerzas, en la agilidad o torpeza de sus músculos, en la mayor o menor delicadeza de sus sentimientos en la más pronta o serena exactitud de sus juicios, no son bastantes a justificar la irritante desigualdad que permite a unos pocos el goce de las mayores opulencias y despilfarros, mientras que priva a los más de cosas tales que son dadas a las bestias. No está, pues, la diferencia que pueda existir de uno a otro en el poder de sus propias facultades, sino en el poder de utilizarlas, que no es igual. Continúa leyendo La verdad fundamental – El Impuesto Único – nº 55 – Julio 1916

El problema

Si un hombre de la última centuria un Franklin o un Priestley, hubiese vislumbrado, en una visión del futuro, el buque de vapor sustituyendo al barco de vela, el ferrocarril a la galera, la segadora a la hoz, la trilladora al mayal; hubiera podido oír la pulsación de las máquinas que obedientes a la voluntad humana y para satisfacer los humanos deseos despliegan un poder mayor que el de todos los hombres y el de todas las bestias de carga de la tierra sumadas; hubiera podido ver los árboles del bosque transformados en muebles concluidos, en puertas, marco, tablones, cajas o barriles sin que apenas le tocasen las manos del hombre; los grandes talleres donde las botas y zapatos son hechos con menos trabajo del que el antiguo remendón empleaba en poner una suela; las fábricas donde bajo la mirada de una muchacha el algodón se convierte en tejidos con más ligereza que podían haberlo hecho centenares de hábiles tejedoras con sus telares de mano; hubiera podido ver los martillos de vapor forjar inmensos capiteles y enormes áncoras y a delicadas máquinas haciendo diminutos relojes; el taladro de diamantes atravesando el corazón de las rocas y el petróleo sustituyendo al aceite de ballena; hubiera podido comprobar la enorme economía de trabajo y resultante del progreso en las facilidades del cambio y la comunicación; carneros muertos en Australia, comidos frescos en Inglaterra y órdenes dadas por los banqueros en Londres por la tarde, ejecutadas en San Francisco en la mañana del mismo día, si hubiera podido concebir los cien mil progresos que esos insinúan únicamente, ¿cuál hubiera sido su deducción acerca de la condición social del género humano?

No hubiera parecido una deducción; después de esa visión sería como si lo hubiera visto; y su corazón hubiese palpitado y sus nervios vibrarían como alguien que desde una altura y hallándose al frente de una caravana sedienta divisara a lo lejos bosques rumorosos y el deslizarse de aguas juguetonas. Sencillamente con los ojos de la imaginación hubiese vislumbrado estas nuevas fuerzas elevando a la sociedad desde sus mismos fundamentos, remontando hasta aún a los más pobres sobre la posibilidad de padecer hambre eximiendo aún a los más bajos de la angustia producida por las necesidades materiales de la vida; hubiera visto a esos esclavos del saber tomando sobre si el tradicional azote, a esos músculos de hierro y nervios de acero haciendo de la vida del más pobre trabajador un día de fiesta en el que toda la alta cualidad y todo noble impulso encontraría ambiente para desarrollarse.

Y de esta espléndida condición material hubiera visto surgir como consecuencia necesaria, condiciones morales y realizaran la edad de oro en que siempre ha soñado la Humanidad. Ya no estaría por más tiempo raquítico y hambriento el adolescente; el viejo no sería maltratado por la avaricia; el niño jugando con el tigre; el hombre limpio de miseria embriagándose en la gloria de las estrellas. ¡La corrupción desaparecería, el orgullo convertido en humildad, la discordia trocada en armonía! Porque, ¿cómo podrían existir el vicio, el crimen, la ignorancia, la brutalidad que nacen de la miseria y del miedo a la miseria donde la miseria hubiera desaparecido? ¿Quién adularía donde todos fueran hombres libres, quien oprimiría cuando todos fueran iguales?

Sin embargo los hechos no han justificado aquella posible visión. Antes al contrario la miseria se ha acrecentado. Este hecho, el gran hecho de que la pobreza y cuanto de ella se deriva se muestra en las sociedades precisamente a medida que se desenvuelven las condiciones hacia que tiende el progreso material, prueba que las dificultades sociales que existen donde quiera se ha alcanzado cierto grado de progreso no provienen de circunstancias locales, sino que son, de uno u otro modo engendradas por el progreso mismo.

Y por mucho que nos pueda desagradar el admitirlo llega a ser evidente que el enorme aumento en el poder productivo que caracteriza la presente centuria y que todavía prosigue con acelerada velocidad no tiene tendencia a extirpar la miseria ni a alterar la carga de aquellos que están obligados a trabajar. Sencillamente ensancha el abismo entre Dives y Lázaro y hace más intensa la lucha por la vida. La aplicación de los inventos ha revestido al hombre de poderes que hace un siglo la más atrevida imaginación no hubiera podido soñar. Pero en las fábricas donde las maquinarias que ahorran el trabajo han alcanzado su más poderosos desenvolvimiento, trabajan muchos pequeñuelos; donde quiera que las nuevas fuerzas son utilizadas de algún modo hay clases numerosas sostenidas por la caridad o viviendo próximas a recurrir a ella; entre las grandes acumulaciones de riqueza, los hombres mueren de hambre y hay enfermizos párvulos que maman senos exhaustos; al par que por donde quiera la avidez de las ganancias, el culto a la riqueza manifiesta el imperio del miedo a la miseria. La tierra prometida huye ante nosotros como un espejismo. Los frutos del árbol del saber se convierten a medida que los cogemos en manzanas de Sodoma que se pulverizan al tocarlas.

Verdad es que la riqueza ha sido aumentada enormemente y que el término medio de la comodidad del descanso y del refinamiento se ha levantado, pero estas mejoras no son generales. Las clases más bajas no participan de ello. No quiero decir que la condición de las clases más bajas no haya mejorado en nada ni en ninguna parte; sino que no hay en ninguna parte mejora alguna que pueda ser atribuida al aumento del poder productivo. Verdad es que los más pobres pueden ahora en ciertos aspectos disfrutar de algo que los más ricos de hace un siglo no podían tener a su disposición; pero esto no demuestra mejora en sus condición en cuanto la aptitud para obtener las cosas necesarias para la vida no ha aumentado. El mendigo en una gran ciudad puede disfrutar de muchas cosas de que está privado el colono de los campos, pero esto no prueba que la condición del mendigo de la ciudad sea mejor que la del labrador independiente. Lo que quiero decir es que la tendencia de lo que llamamos progreso material no es en manera alguna mejorar la condición de las clases más bajas en lo que es esencial a la salud y a la felicidad de la vida humana. Por el contrario contribuyen a deprimir todavía más la condición de esas clases bajas. Las nuevas fuerzas aunque sean de tal carácter que por su naturaleza cooperen a elevar a la sociedad, no actúan sobre la fábrica social desde los cimientos de estas, como durante mucho tiempo se ha esperado y creído sino que actúan sobre ella en un punto intermedio entre la cumbre y el fondo. Es como si una inmensa cuña fuese hincada no bajo la sociedad sino en medio de la sociedad. Los que estuvieran encima del punto de separación serían elevados; pero aquellos que estuvieran debajo serían más aplastados.

Tres mil años de progreso y todavía resuena en la mente: «¡Han hecho amargas nuestras vidas con pesado cautiverio, en el mortero y en el ladrillo y en toda especie de trabajo!». Tres mil años de progreso y las voces lastimeras de los chicuelos suenan gimientes.

Progresamos y progresamos; cruzamos continentes con carriles de hierro y enlazamos ciudades con las mallas de los hilos del telégrafo. Cada día surge una nueva invención; cada año señala un avance reciente; aumentando el poder de producción y esclarecidos y allanados los caminos del cambio. Sin embargo la queja de los malos tiempos se hace más y más ceñuda; en todas partes están los hombres acosados por el desasosiego y atribulados por el miedo a la miseria. Con veloz y constante carrera y prodigiosos saltos el poder de los brazos humanos para satisfacer las necesidades humanas avanza y avanza, se multiplica y multiplica.

Sin embargo, la lucha por la mera existencia es más y más intensa y el trabajo humano se va convirtiendo en la más barata de las mercancías. Cerca de los repletos almacenes, seres humanos, viven obscuramente con hambre y tiritan de frío; bajo la sombra de las iglesias se enciende el vicio nacido de la necesidad.

Henry George

 

Después de 92 años…

Después de 92 años de la desaparición del periódico El Impuesto Único, órgano mensual de la Liga Española para el Impuesto Único, consideramos tener la obligación de resucitar el espíritu de reforma de aquellos hombres. Hoy, como ayer, urge destruir la base que sustenta el sistema de privilegios que nos asola, y siendo este la propiedad de la tierra, su abolición abrirá los mares para instaurar de nuevo el equilibro natural destruido por esta institución que convierte las relaciones humanas en roles de amos y esclavos. Nuestro propósito es facilitar al lector, la totalidad de las publicaciones del histórico periódico, así como artículos y noticias de actualidad desde una perspectiva puramente georgista. Esperamos que esta pequeña aportación, sirva para construir en un futuro una sociedad justa y libre.

¡Hasta la victoria de la equidad!

“Para las reformas sociales nada de ruidos y de alborotos, quejas ni denuncias, formación de partidos ni organización de revoluciones, sino despertando el pensamiento y por el progreso de las ideas. Hasta que pensemos correctamente no puede haber acción recta y cuando pensemos con acierto, la acción recta seguirá. La fuerza está siempre en las manos de las muchedumbres. Lo que oprime a las masas es su propia ignorancia, su miope egoísmo.” Henry George

Dedicado a Henry George – El Impuesto Único – nº10 – Septiembre de 1912

 

IV

Propagación de su filosofía

El 22 de Marzo de 1879 una copia manuscrita «Progreso y Miseria» fue enviada a los editores Appleton y Compañía de Nueva York por haberle rechazado todas las casas editoriales del Oeste.

Hacia mediados de Abril recibió la respuesta que decía así:

«Hemos leído su manuscribo sobre Economía política. Tiene el mérito de estar escrito con gran fuerza y claridad; pero es muy agresivo, lo que no anima mucha a su publicación y sentimos mucho no poder encargarnos de ella.»

En vista de esto, él mismo, recordando su antiguo oficio se puso a componer las galeradas en la imprenta de su amigo Hinton.

Hechos los moldes, uno de los amigos propuso hacer la primera tirada por suscripción y Henry George aceptó la idea haciendo una edición de 500 ejemplares vendiendo muchos a tres duros, con lo que pudo pagar parte del coste de la impresión.

A primeros de Octubre, recibió el autor una proposición del editor Appleton y Compañía de Nueva York como respuesta a una nueva tentativa. En efecto, no desmayando por la primera negativa, le envió un ejemplar de la edición que acaba de hacer ofreciéndole los moldes.

Los citados editores proponían vender el ejemplar a 2 duros dando al autor en concepto de derechos el 15 por ciento del importe de la venta.

Entonces empezó a recibir felicitaciones de algunos personajes a quienes había enviado un ejemplar. Uno envió a Gladstone por haber pronunciado un discurso referente a la cuestión de la tierra, con tendencias radicales. Otro fue a Sir George Grey tan conspicuo en Nueva Zelanda y otros dos a Herbert Spencer y al Duque de Arguill, al uno por haber escrito la «Estática social» y al otro por ser autor del libro «El reino de la ley». Spencer no contestó siquiera; pero el Duque acusó recibió con cortesía.

Las respuestas de Gladstonre y Grey fueron amabilísimas y satisfactorias.

A principios de 1880 John Russel Young fue a Londres llevando varios ejemplares de «Progreso y Miseria» que, acompañados de sendas y expresivas cartas, repartió entre los hombres notables del Parlamento.

A pesar de haber aceptado la proposición de Appleton y Compañía tuvo Henry George el disgusto de que no se empezara la impresión hasta terminar el año. Además le participaron que su agente en Londres no había logrado encontrar casas que se encargaran de su venta, una de estas le comunicó al agente que «aunque le regalaran los moldes francos de porte» no lo publicaría. Tampoco veía la necesidad de reservarse los derechos de traducción, pues no creían se hiciera nada en este punto.

Todo esto le amargaba la esperanza que tenía y lo que vino a aumentar su infortunio fue que hasta el destino de Inspector de los Contadores de Gas tuvo que dejarlo por haber sido otro Gobernador como sucesor de su amigo William S. Irwin.

Henry George escribió su libro en la confianza de que más pronto o más tarde se haría famoso; pero al escribirlo eligió la ruta del explorador social que descubre nuevos horizontes. Ahora empezaba a darse cuenta, con amargura de la inmensa dificultad con que de aquí en adelante tendría que luchar para ganarse la vida; porque siempre ha mirado el mundo como un hombre nada práctico a todo soñador que se adelanta a su tiempo.

El libro entre tanto iba abriéndose camino. Bien pronto se tradujo al alemán por el entusiasmo de C.d. Fvon Gütschow quien acababa de llegar a California por haberse arruinado en Alemania. Esta traducción es la mejor de las tres que bien pronto se hicieron en alemán.

En la «Revista Científica» de París, apareció un artículo firmado por Emile de Laveleye en que alababa «Progreso y Miseria»; decía que este libro le había llevado a pensar en muchas cosas; se mostraba en un todo de acuerdo con su teoría y afirmaba que el capitulo «Decadencia de la civilización» es digno de añadirse a la inmortal obra de «De Tocqueville».

Hacia mediados de Marzo de 1880 apareció una brillante revista del libro, que ocupaba más de una página en el «New York Sun». Otras importantes revistas siguieron a esta. Además la casa Appleton y Compañía le propuso hacer una edición en rústica al precio de un duro, si el autor rebajaba sus derechos del 15 al 10 por ciento, a lo cual accedió con mucho gusto.

Por fin su amigo John Russel Young le escribió desde Nueva York que le había encontrado una colocación en el «Heraldo» y le adelantó el dinero necesario para el viaje. En Agosto de 1880 tomó Henry George el tren para Nueva York dejándose a su familia en San Francisco. Su bolsa era tan exigua que se vio obligado a viajar en tercera clase.

Su digna compañera tuvo que poner casa de huéspedes y su hijo mayor entró a trabajar en una imprenta.

Al llegar a Nueva York se encontró Henry George con que la prometida colocación en el «Heraldo» no pudo ser para él.

Cuando estaba a punto de volver a su oficio de tipógrafo se le proporcionó un trabajo que consistió en escribir para el diputado Abram S. Hewitt algunas memorias que no tenía tiempo de hacer y que tenía que presentar al Congreso. Todo lo cual cumplió Henry George guardando fielmente el secreto de que las memorias firmadas por dicho diputado eran suyas. Por este trabajo gano 50 duros por semana ocupándole tres horas diarias.

En su correspondencia con su amigo Taylor se encuentran los mejores datos de aquella época. En una de las cartas informa que Michael Davitt el adalid del movimiento irlandés, estaba en correspondencia con la Liga de California y que Henry George le envió varios ejemplares de su libro en Noviembre de 1880.

En Diciembre del mismo año, en otra carta daba buenas noticias del éxito de la traducción alemana y al final decía: «Mi mujer me escribe que ha levantado la casa para trasladarse a una casa de huéspedes pues esto es más barato… Así marcha la vida. Mi querido hogar ha desaparecido y me encuentra a los 42 años más pobre que a los 21.»

En 4 Enero de 1881 las noticias de la venta del libro eran mejores, la primera edición de mil ejemplares ya estaba agotada. En el periódico En Independiente de Leeds (Inglaterra) apareció un artículo encomiástico y declaró que todo ciudadano inglés debía adquirir el libro abriendo subscrición para este propósito.

En 21 Enero el éxito era completo. Llovían los pedidos de ejemplares. El editor Kegan Paul de Londres ya había agotado los 500 ejemplares que le envió Appleton de Nueva York. En Alemania ocurría lo mismo con las traducciones.

Según refería su amigo John Russel Young muchos años más tarde: «Aquellos días fueron para Henry George de extremada y honrada pobreza. Fueron días de prueba para este desconocido caballero, sin más ayuda que su elevado espíritu, sin otra cosa en su equipaje que su maravilloso libro al abrirse camino en el corazón de la moderna Babilonia. Cuanto más estudié a Henry George bajo aquellas terribles condiciones, tanto más le admiré. Su valor y su capacidad, su inmaculada honradez, su independencia y su poder intelectual fueron los de un maestro de hombres.»

Henry George, suspendió el trabajo en que le tenía empleado el diputado Hewitt para escribir un artículo sobre «La cuestión de la tierra en Irlanda». Pero poniendo manos a la obra, lo que pensó en forma de artículo creció hasta un libro de 17 capítulos. En esta obra que después se ha reproducido con el título La Cuestión de la tierra dio la primera asombrosa evidencia de su elevado sentido práctico, mostrando que, además del genio para formular una filosofía, poseía la sabiduría especial para aprovechar todos los acontecimientos de actualidad para aplicarla.

El 20 de Abril de 1879 o sea un mes después de la terminación de «Progreso y Miseria», el famoso Micheael Davitt recién salido de cumplir condena de siete años de presidio en Inglaterra por agitador en el movimiento irlandés, organizó un meeting en compañía de John Fergusson y Tomás Brensau en Irishtown en Irlanda para denunciar la tiranía de los terratenientes y su feroz manera de elvar las rentas lo que tenía hambriento al pueblo irlandés. Al grito de «la tierra para el pueblo» encendió una antorcha que propagó el fuego.

Hacia el otoño del mismo año se organizó en Dublin la «Liga irlandesa para la reforma territorial» con Parnell, presidente y Davitt como uno de los secretarios. Esta Liga, para proveerse de fondos envió a Parnell y a Dillon a los Estados Únidos para con la ayuda de Patrick Tort y su perió´dico el «Irish World» que publicaba en Nueva York, organizar grandes meeting en setenta y dos ciudades, gran campaña de propaganda hicieron en Ámerica con el resultado de recaudar un fondo de 200.000 duros y dejar organizada la Liga americana para la reforma territorial antes de embarcarse para Inglaterra en Marzo de 1880.

Henry George conoció que Parnell no haría mucho en cuestión de medidas radicales puesto que era un terrateniente y había sido educado en una de las universidades más conservadoras de Inglaterra. Pero con Davitt, hijo de aldeanos y demócrata por instinto ya era otra cosa.

Fundó en él grandes esperanzas y cuando le encontró en América en 1880 escribió sus impresiones dirigidas a su amigo Taylor: «Davitt hará todo lo posible porque la Liga irlandesa extienda todo lo posible en la Gran Bretaña la circulación de «Progreso y Misería».

Pronto advirtió Henry George que la guerra irlandesa contra la renta iba a hacer de aquel país el teatro del drama universal de la cuestión de la tierra por lo que se puso a escribir su libro «La cuestión de la tierra en Irlanda, lo que encierra y el único modo de resolverla». En él demostró que la única solución era reconocer el principio natural de la propiedad en común de la tierra, tomando por el impuesto su valor en renta para el pueblo entero. Pero al escribir este libro no pensaba solo en Irlanda.

Como dice en uno de sus capítulos: «Lo que recomiendo con urgencia a los irlandeses es proclamar sin limitaciones ni evasiones, la propiedad común de todo el pueblo y proponer prácticas medidas que llevarán a la realidad este principio no solamente en Irlanda sino en toda la gran Bretaña. Lo que recomiendo con urgencia a todas las Ligas de los Estados Unidos para la reforma territorial es la proclamación de este gran principio para su aplicación universal; es dar a este movimiento social una repercusión en América como en Irlanda, es que se profundice que se ensanche y se fortifique este movimiento para la regeneración del mundo, movimiento de tal naturaleza que concentrará y dará forma tangible a todas las aspiraciones que ahora sobresaltan a las naciones.»

Este libro, tan maravilloso como todos los suyos fue terminado a fines de Febrero y en seguida publicado por Appleton y Compañía en Nueva York y un mes más tarde, por William reeves en Londres, John Haywood y Sons en Manchester y Cameron y Fergusson en Glasgow.

Entre tanto Henry George pudo por fin traer a Nueva york a su mujer e hijos, pero no pudiendo aún poner casa vivieron en casa de huéspedes. Vivía de lo que le producían sus artículos para diversas revistas que le pagaban 40 o 50 duros artículo. No bastándole estos ingresos se puso a dar conferencias sobre la cuestión de la tierra, debutando en Mayo de 1881 en Chickering Hall y poco tiempo después en Historical Hall. La primera le produjo 130 duros y la segunda cerca de 200.

El número de convertidos iba y asiendo considerable. Entonces trabó amistad con Tomás G. Shearman abogado de gran fama en Nueva York, esta amistas duró toda la vida y encontró en él el más ardiente partidario y colaborador.

La serie de conferencias continuó ahora en las Ligas para la reforma territorial. Sucesivamente peroró ante las de Vermout, Montreal, Ottawa y Toronto en el Canadá.

Interrumpió esta excursión por el Norte para continuar en el Oeste en un viaje a San Francisco a donde fue con su mujer y su hija mayor comisionado por un amigo para un negocio privado. El 11 de Agosto dio una conferencia en el Templo Metropolitano ante numeroso público congregado por la universal fama que ya iba adquiriendo Henry George.

No todo fueron satisfacciones en aquel viaje, pues sus acreedores le amargaron aquellos días sin que pudiera solventar más que una pequeña parte de sus deudas.

A su vuelta a Nueva york se encontró con la grata noticia de que Francis G. Shaw, un hombre de desahogada posición y avanzado en años que vivía en Nueva York había comprado al editor Appleton, mil ejemplares de «Progreso y Miseria».

Compró estos ejemplares para enviarlos a todas las bibliotecas del país. Al hablar con Henry George le dijo que su entusiasmo provenía de que el libro «Progreso y Miseria» le había enseñado como se resuelve la cuestión social cuando había ya perdido toda esperanza en estas cuestiones. «Este libro me iluminó, decía y quiero que la luz se propague.»

Otro acontecimiento de la mayor importancia acaeció por entonces y fue el ser contratado por el empresario del «Irish-Wrold», como corresponsal especial en Irlanda e Inglaterra durando tres meses, empezando en Octubre de 1881, con viaje pagado de isa y vuelta para él y su familia y 60 duros de sueldo semanales.

La cuestión irlandesa, estaba entonces en crisis, el gabinete conservador, había cedido un puesto al liberal, dejándole este herencia que tenía que resolver su presidente Gladstone. La guerra entre los terratenientes y sus arrendatarios había llegado a su colmo.

Esta proposición del empresario del Irish-World no la hubiera podido aceptar Henry George a no ser por la generosidad de Mr. Shaw, que vio en ello una oportunidad para hacer algo en pro de la causa en que se había alistado, poniendo a su disposición algún dinero con que pagar las más urgentes obligaciones antes de partir.

Entre tanto, el periódico La Verdad de Nueva York comenzó la publicación de «Progreso y Miseria»; su director Louis F. Post, un distinguido abogado que primeramente había escrito en contra del libro se hizo luego su más ardiente defensor al estudiarlo despacio.

Desde entonces, ha sido el amigo más devoto de Henry George y su más completo y distinguido discípulo. Contando con el permiso del autor publicó en su periódico por entregas «Progreso y Miseria», ejemplo que fue bien pronto seguido por el periódico «Chicago Express».

Antes de embarcarse para Europa fue Henry George a Filadelfia a despedirse de sus padres y después de hechos todos los preparativos acompañado de su mujer y sus dos hijas de embarcó con rumbo a Liverpool, en el vapor España el sábado 15 de Octubre de 1881.

Prefacio a “La amenaza del privilegio”, de Henry George Jr.

¿Cuál es la causa de los grandes cambios que se observan en la República América? -¿De la enorme desigualdad en la distribución de la riqueza que en todo se manifiesta; de la aparición del espíritu de clase; del nacimiento de la idea aristocracia; de la relajación moral en los negocios y en la vida privada entre los muy ricos; del aumento de elementos de degeneración física, moral e intelectual en las clases trabajadoras; de la aparición de sociedades obreras combatientes; de la parcialidad judicial y del empleo de la fuerza armada en las huelgas; de corrupción política sea federal, de Estado o de Municipio; del vasallaje de la Prensa, de la Universidad y del Púlpito; de la centralización gubernativa; de una política exterior de agresión? Continúa leyendo Prefacio a “La amenaza del privilegio”, de Henry George Jr.

El ocaso de un pueblo – El Impuesto Único – nº 123- Marzo 1922

Como todos los de Vizcaya y aun muchos de España, es el pueblo de X un pueblo pintoresco y atractivo por lo demás.

Salpicado profusamente de fábricas hirvientes, majestuosos palacios, coquetones chalets, casas señoriales de rancio abolengo, el viajero distraídamente lo contempla desde el tren, adivina en seguida, bajo la engañosa tranquilidad de efímeros momentos, ese régimen inmoral de servidumbre propio de los pueblos modernos donde la ociosidad regalada y prepotente de los unos hace convivir con la extrema indigencia de los otros. Continúa leyendo El ocaso de un pueblo – El Impuesto Único – nº 123- Marzo 1922