Los derechos naturales y el Impuesto Único – El Impuesto Único – nº 77 – Mayo 1918

I

Los derechos naturales

Las cosas materiales, intelectuales y morales, sobre las cuales todos los ciudadanos tienen derechos primitivos iguales, por el hecho mismo de ser hombres, las cosas que subsisten, haga el hombre lo que quiera, no deben permanecer indefinidamente, por vía de herencia, en manos de algunos; en nombre de la justicia eterna, todos tienen derecho a ellas.

Este es el derecho que la sociedad debe restaurar sobre una base inalterable, estableciéndolo de modo que dé a la vida humana las garantías que le faltan.

Estas garantías deben asegurar lo indispensable a la existencia, a todos los necesitados; deben dar a la libertad individual toda la expansión que esta permite; deben ofrecer a las facultades y a la iniciativa de cada ciudadano los medios para desarrollarse libremente. Ningún principio estable ha fijado hasta ahora, la base del dominio público y social. La extensión y límite de este dominio se afirman aun tímidamente. No ha mucho, el derecho de expropiación estaba entorpecido por numerosas dificultades hasta para el Estado; tan poderosa era la preocupación de la propiedad.

Como cualquier otro organismo, la sociedad debe poseer sus medios de acción. Encargada de ser la salvaguardia de los derechos naturales de todos sus miembros, debe estar constituida sobre los principios mismos de estos derechos.

En todos los tiempos, los poseedores de la riqueza han creído generalmente que la sociedad tiene por principal objeto garantizarles los beneficios de que ellos gozan, pero esa es una opinión interesada. Si se consulta a los que no tienen parte en la riqueza, se les ve tan convencidos de su derecho social como si fuesen millonarios. Es necesario admitir que entre estas dos opiniones tan diversas existe una mala inteligencia que es preciso aclarar. Hay más: es necesario disipar graves errores y preocupación, y aun reparar grandes injusticias.

Verdad es que, si nos atenemos al pasado, no vemos que los poderes se hayan preocupado mucho más que de acaparar los recursos del pueblo y de reconcentrar en manos de unos pocos las riquezas y la autoridad. Pero también se ve que en todas las épocas y en todos los pueblos la sabiduría humana ha protestado contra los abusos y ha anatematizado el orgullo y la perversidad de los poderosos.

Y efectivamente, la sociedad no se compone tan solo de ricos y de grandes señores, sino de hombre de diferentes posiciones, que todos viven de la misma vida y cuyas distinciones solo la constituyen ante la justicia eterna el mérito y la virtud propia de cada uno de ellos.

La propiedad es sin duda alguna algo de que la sociedad debe preocuparse; pero la propiedad tiene sus límites de derecho natural y cae en el abuso cuando lo traspasa. La riqueza no ha sido hecha para que unos cuantos la acumulen indefinidamente; la sociedad tiene precisamente por misión el obrar de tal suerte que la riqueza se reparta con equidad entre todos los que contribuyan a producirla, y que sirva a realizar el bien social por la aplicación que de ella se haga instituciones útiles.

La sociedad existe bajo el imperio de principios superiores a todo contrato de propiedad. Suponer al hombre, considerado individualmente, un derecho absoluto sobre los bienes de la naturaleza es un error que ha hecho caer en los más graves abusos.

El hombre no es creador de las cosas que le hacen vivir, la naturaleza solo le prodiga sus bienes para el uso común de la especie.

El hombre no ha hecho ni la tierra, ni los metales, ni el agua, ni el aire, ni la luz, ni el calor. No ha hecho ni los peces, ni los cuadrúpedos, ni los pájaros. Tampoco hace crecer y fructificar las plantas. Todas esas cosas son obra de la vida, y todas subsisten y se renuevan sin cesar por su acción. Las riquezas naturales que la tierra encierra, los peces y los animales a quienes alimenta, las plantas y los frutos que hace crecer, no siendo obra de nadie, han sido dados para que todos las aprovechen. En la sociedad primitiva, cuando el hombre no ha creado nada por sí mismo, la familia o la tribu encuentran las garantías de su existencia en la libertad de aprovechas los productos del suelo, de cazar, de pescar, de coger frutos y de apacentar sus ganados. Cada cual posee el libre ejercicio de sus facultades para servirse libremente de todo lo que la naturaleza produce. La familia busca lo que ha menester para satisfacer sus necesidades: cada cual toma donde lo encuentra lo que le es necesario, y los ancianos enseñan a los jóvenes los medios para gozar de la libre posesión de los bienes terrestres. Todo lo que la tierra contiene y produce es el fondo común, en el cual, antes que haya leyes, cada cual tiene su parte de derecho a la existencia, sin menoscabar los derechos de nadie.

¿En qué cabeza cabe que una generación tenga el derecho de disponer de todas esas cosas en el presente y para el porvenir, en oposición a las intenciones de la vida que las produce sin cesar, en beneficio de la humanidad? ¿Cómo es posible que los hombres puedan legítimamente repartirse el dominio de la naturaleza, con detrimento de los que vendrán después que ellos? ¿Es justo que el hombre disponga como señor y dueño de lo que no es obra suya, de lo que ha sido hecho para la humanidad? Ciertamente que no: todo contrato, todo pacto entre los individuos no puede ser legítimo cuando no respeta los derechos públicos, los derechos de todos en el presente y en el porvenir. Ahora bien, al darle la existencia al hombre, al ponerle en la tierra para que crezca y se multiplique, para que trabaje y coopere a la vida terrestre, el Ser Supremo le ha impuesto la obligación natural de conversarse, y para este fin, ha hecho de la vida humana el principio de un derecho a los productos de la naturaleza. Por consiguiente, dicho derecho es individual, al mismo tiempo que colectivo: es imprescriptible e inalienable. No hay nada que pueda interponerse entre la majestad divina y el ser humano para el uso común de la especie. ¿De dónde podría sacar el hombre el derecho de apropiarse lo que pertenece a la vida suprema, lo que la vida nos arrebata cuando le place? Por lo tanto el ser humano está investido del derecho de gozar de las cosas, necesarias no por un pacto social, ni por ningún contrato, sino por las mismas leyes de la vida. Ese derecho es individual tanto como colectivo; la vida lo ha dado al ser; no hay poder humano que pueda legítimamente despojar de él al individuo; el derecho subsiste, el derecho queda, a pesar de las violaciones porque haya pasado. Así, pues, en el origen de las sociedades humanas el dominio social existe de una manera muy fácil de comprender: siendo el suelo y sus productos naturales propiedad de todos los hombres y constituyendo así la propiedad social, la sociedad dispone en común de todos los bienes que le dispensa la naturaleza. Poniendo así en el dominio natural los recursos estrictamente necesarios para la existencia de cada uno de nosotros, el Ser Supremo reservaba al hombre un destino mucho más elevado que el de recoger los frutos naturales de la tierra: le abría la laboriosa carrera de la ciencia y el trabajo. La vida ha puesto al hombre en frente de circunstancias accidentales que han despertado en él apremiantes necesidades, y entonces el interés de la conservación ha hecho ver lo que cada cual era capaz de hacer para mejorar su suerte.

De la comunidad de necesidades a las cuales se hallan sujetos los hombres, y de la igualdad de medios de que podían servirse para satisfacerlas, ha surgido la idea de la solidaridad, como igualmente de la necesidad de asegurarse, por medio de la mutua protección el goce de las cosas necesarias a la existencia. El ser humano recibe la existencia con caracteres apropiados al globo en que habita; su imperfección moral está en relación con la imperfección material de los elementos. Debe adquirir, por la experiencia, el conocimiento de las leyes de la vida y de los derechos que esta le confiere; debe trabajar para hacer progresar lo que está a su alcance en el dominio de su acción.

El papel o la misión impuesta al hombre por el Creador tiene por efecto el progreso constante de las sociedades humanas, y por fin la perfección moral del hombre y su santificación por el trabajo útil, por el ejercicio y el uso de su voluntad, de su entendimiento y de su actividad, para su propio bien para el bien de los demás y para el progreso del mundo.

El hombre está encargado de desempeñar de este modo el papel del servidor del Ser Supremo en la obra del desarrollo y del progreso de la vida en la tierra y su acción se ejerce primero en el orden material y después en el orden social y político. Pero el hombre ha perdido de vista la grandeza y la santidad de su misión en medio de las dificultades que ha tenido que vencer y de los esfuerzos que ha tenido que hacer para crear por el trabajo los recursos necesarios para su adelanto social. Apegándose a sus obras, ha olvidado el objeto común de la vida y no ha visto en el trabajo sino un medio de existencia individual. Añadiendo con sus esfuerzos nuevos recursos a los de la naturaleza, el hombre se ha enamorado de la posesión de su trabajo, pero al mismo tiempo se iba apoderando, con exclusión de los demás, de los bienes naturales sobre los cuales se ejercía este trabajo.

De día en día la posesión individual de la tierra y de sus frutos, ha sustituido a la posesión colectiva, y los recursos del dominio natural han disminuido en la proporción de esta sustitución del interés privado al interés común.

Apropiándose el individuo el suelo y los medios de producción natural restringía para los demás hombres la esfera de los recursos comunes. Esta toma de posesión legítima en apariencia cuando era la consecuencia del trabajo que el hombre añadía al suelo y a sus productos constituía, sin embargo, una modificación profunda en el régimen económico de los derechos naturales.

Porque se comprende bien que, desde el momento en que la privada invada el campo común a todos el ejercicio de los derechos individuales queda limitado. La porción enajenada del dominio común es, por lo tanto, deudora a la sociedad de un tributo equivalente a la importancia de los derechos de todos sobre aquello que se ha dejado al servicio de uno solo. Y si a esta condición es legítimo que la sociedad garantice la pacífica posesión de los bienes de que los individuos disponen, esta obligación es individual y cesa a la muerte del que era objeto de esa obligación. El contrato desaparece por el abandono de los bienes, la sociedad es la única que subsiste siempre para vigilar su explotación y las leyes y las reglas que ella hace determinan su uso. La sociedad es realmente la única propietaria del dominio natural, los detentadores de la riqueza no son más que usufructuarios mediante un canon al Estado. Lo que la actividad y el trabajo del hombre añaden a las cosas es solo lo que constituye el derecho de la propiedad individual.

Pero puesto que la posesión de las cosas materiales descansa en el trabajo, se deduce lógicamente que el hombre ha de poder disponer de los bienes que han sido objeto de su trabajo para gozar por completo de sus obras.

Así es como se constituye en deudor de la sociedad: porque es claro y evidente que desde el momento en que se apropia lo que es obra de la naturaleza, lo que ha sido hecho para el uso de todos los hombres, por este mismo hecho contrae muy justamente la obligación de pagarle una especie de alquiler a la sociedad por lo que de ella tiene en su poder.

Desde el momento en que el hombre cometió el abuso de creerse propietario absoluto del suelo, cuyos frutos acaparaba, desde el momento que pudo hacer que los demás trabajasen en provecho suyo solamente, le fue muy fácil también creer en la propiedad absoluta de las riquezas creadas por el trabajo de sus semejantes. De esto proviene que algunos se las den de señores y consideren a los demás como servidores suyos, y, no obstante, tres son las diferentes causas que dan lugar a la producción de las cosas necesarias al hombre:

1º La tierra y la acción de la naturaleza.

2º El trabajo del hombre.

3º El capital o trabajo economizado.

La tierra y la naturaleza producen para todos los seres humanos en general. El trabajo del hombre no es más que una parte que se agrega a los productos naturales y al capital que pone en acción. El capital no será nada sin la acción de la naturaleza y el trabajo del hombre; la producción se compone, pues, de esos tres elementos, provienen de estas tres fuerzas necesarias la una a la otra.

¿Pero cuántos hay entre esos que poseen la riqueza, que no se atribuyan así mismo el honor de ser los autores de los bienes de que gozan? ¡Extraño orgullo de la naturaleza humana! Y no solo se creen esos hombres los únicos autores de sus riquezas, sino que todavía pretenden que esas mismas riquezas constituyan el único título para ocupar un lugar preferente en la sociedad. Y no obstante, la riqueza descansa sobre el dominio natural, y por lo tanto, sobre lo que pertenece a todo el mundo; y además solo la acción incesante de la naturaleza y el trabajo del hombre, la hacen provechosas lo cual da un derecho más al trabador a percibir una parte de los beneficios.

 

II

El Impuesto único en compensación de los derechos naturales

Los primeros ataques al derecho hicieron su entrada en el mundo con la concupiscencia de las riquezas de la tierra; el establecimiento de la propiedad privada ha sido causa principal de ello. Hasta entonces las ventajas que el hombre disfrutaba de la sociedad natural le permitían tomar parte en los asuntos de la comunidad. Poseía íntegro su derecho a los bienes materiales necesarios para el mantenimiento de su existencia.

La violencia y la opresión son las que únicamente han roto este equilibrio; la fuerza y la concupiscencia son las que han conducido al mundo por las vías del mal social, pero sin poder extinguir nunca del corazón del hombre el sentimiento de su derecho, que es el la justicia.

La sociedad civil y política no ha creado, pues, los derechos del hombre; esos derechos existían antes que ella; su deber y su objeto consiste en restituirlos, en mantenerlos, en asegurar al dominio social el equivalente del dominio natural, a fin de conservar al ciudadano los derechos que tiene de la vida misma. En efecto, los derechos naturales al fondo común de la naturaleza no pueden ser arrebatados al hombre si la sociedad no garantiza al ciudadano un derecho social superior a los recursos naturales de que momentáneamente ha perdido el disfrute.

¿Cómo ha de ser justo arrebatar al hombre la libertad de tomar sobre los productos de la naturaleza las cosas indispensables a sus necesidades, si la sociedad no le ofrece los medios de satisfacerlos cómodamente? ¿Con qué justicia sería despojado de la libertad de cazar a los animales, de domarlos, de apacentarlos, de recoger los frutos de los árboles, si el dominio social no se transformase de manera que reservara a cada individuo las garantías más indispensables para su existencia?

No se comprende cómo el hombre perdiera su derecho sobre los productos naturales, sin que la sociedad fuera responsable de las consecuencias de esta enajenación de los medios de subsistencia de los individuos. El día en que l dominio natural termine por la ocupación particular, la sociedad, tiene como los individuos, derecho a garantías. Las necesidades de los convenios se hacen sentir, el pacto social toma cuerpo. Entonces es cuando abandonando la sociedad natural, el hombre entra en sociedad civil y política.

Por lo tanto, el derecho de cada uno no puede quedar amparado si la sociedad no impone a aquellos que toman posesión del fondo natural la obligación de un canon que remplace los derechos naturales enajenados y que constituye la renta del dominio social.

El dominio natural no puede ser invadido, no puede ser acaparado sin compensación: es una condición indispensable para que la propiedad descanse sobre bases aceptables, para que sea justa y legítima.

Se ha discutido mucho sobre el derecho del primer ocupante. Ese derecho no es legítimo en lo que concierte a lo de más valía creado por el trabajo del hombre: sobre la tierra o las cosas de que hace uso.

Jamás puede extenderse este derecho, con justicia a la tierra, ni a nada de lo que le sobra del principio de las cosas o fruto del trabajo de la naturaleza. Lo que la vida ha hecho, lo que la naturaleza produce diariamente para todos los hombres, no puede ser aplicado a las necesidades de algunos sin compensación: es el dominio común de la sociedad.

Si la sociedad consciente en desprenderse, temporalmente, de lo que la naturaleza le da para el uso común de sus miembros, es con la condición expresa o tácita de que aquellos en beneficio de los cuales se desprende de este modo de sus derechos, le darán con el pago de un canon, el equivalente, al menos de los beneficios que encontraría en dejar a cada cual el libre goce de los frutos naturales.

El derecho de primer ocupante no es, por lo tanto, un derecho justificado; generalmente es el derecho de la fuerza, el derecho de la guerra. La posesión, en este caso, tiene por origen la expoliación; el derecho verdadero, el derecho de todos, ha sido expropiado en beneficio de la violencia y de la fuerza; pero semejante acto no puede jamás obtener la sanción de la justicia.

No porque hechos de esta naturaleza se impongan por la astucia, por la tiranía y la opresión o por el poderío de las atrocidades de la guerra, conseguirán que desaparezcan de la tierra la justicia y el derecho. ¡No, aunque el hombre haga el mal, el derecho siempre es derecho; lo justo siempre es justo! L ajusticia y el derecho en el orden de los hechos sociales y políticos consiste en que todo ser humano disfrute, en nombre de su propia existencia de una parte del fondo común de la riqueza pública y de los poderes públicos. Este es el dominio social y político de que ningún ciudadano puede ser despojado sin ser vejado en su derecho.

Por lo tanto, el dominio social debe comprender y la ley debe asegurar a todos los ciudadanos los beneficios sociales correspondientes a los derechos naturales abandonados por ellos. Bajo la protección de las instituciones civiles y políticas, deben encontrar los hombres en adelante, la garantía de sus medios de existencia, el libre ejercicio y el libre uso de sus facultades y su derecho de participación en los asuntos de la sociedad.

No existe ya el derecho del primer ocupante: la propiedad, vendida y revendida, ha llegado a ser un cambio de capitales; el suelo, mas adquirido en principio, ha podido llegar a ser objeto de una posesión regularizada; pero de que la tierra y los inmuebles sean hoy la representación de capitales, producto de las economías del trabajo, no se sigue que la propiedad debe estar perpetuamente sometida a las leyes actuales.

El legislador puede reformar la ley, dejando en toda libertad al propietario actual de los bienes de que disfruta, salvo el pago del impuesto o renta.

¿Cuánto tiempo durarán las cosas de este modo? ¿Cuánto tiempo aun el trabajo que crea, que cultiva, que edifica, que da valores a las cosas, se verá despojado en beneficio de herederos que nada han hecho por aumentar o desarrollar la fortuna que se les regala? Tal es la cuestión que se impone a nuestras Cámaras, a nuestros mandatarios. ¿Cuándo recuperará el Estado en nombre del pueblo entero una parte al menos de lo que se ha creado con la ayuda de la Naturaleza, de los servicios públicos y del trabajo, y dejará a los trabajadores libre campo a su actividad? Esto no es más que cuestión de tiempo. Ya se habla hoy de semejante error, de semejante olvido y llegará seguramente el día en que el legislador hará entrar al Estado en posesión de los derechos que le son propios. Desde el momento en que esto ocurra; desde el momento en que la propiedad se reconstituya, el legislador habrá hecho desaparecer las causas de revolución que son hijas del estado actual de la propiedad.