La verdad fundamental – El Impuesto Único – nº 55 – Julio 1916

La brevedad que es preciso dar a estos artículos se opone a largos razonamientos. Es indispensable simplificar mucho y aceptar algunas conclusiones sin previo examen.

Nos vamos a contestar a una sencilla pregunta. ¿Vienen todos los hombres a la vida en igualdad de condiciones para desarrollar sus facultades físicas, intelectuales y morales? Yo creo que sí; por muy grande que sean las diferencias que la Naturaleza quiso poner en sus fuerzas, en la agilidad o torpeza de sus músculos, en la mayor o menor delicadeza de sus sentimientos en la más pronta o serena exactitud de sus juicios, no son bastantes a justificar la irritante desigualdad que permite a unos pocos el goce de las mayores opulencias y despilfarros, mientras que priva a los más de cosas tales que son dadas a las bestias. No está, pues, la diferencia que pueda existir de uno a otro en el poder de sus propias facultades, sino en el poder de utilizarlas, que no es igual.

Apenas abrimos los ojos a la conciencia, nos vemos sorprendidos por esta gran injusticia, que enerva y dilapida los más grandes entusiasmos de nuestro ser. ¿Quién no ha tenido la ilusión, de niño, de que el campo, las flores, los pájaros, la Naturaleza, era una cosa común?

¿Cómo podemos utilizar y disponer de la energía de nuestros brazos y la luz de nuestra inteligencia, si este derecho sobre nosotros mismos no está reconocido y aceptado en la realidad? ¿Puede el hombre disponer de cualquiera de sus facultades sin determinar una acción, sin traducirlo en un hecho demostrativo de esta acción, sin hacer algo que se imprima de un modo más o menos consistente en las cosas? ¿Tenemos todos un derechos igual sobre esta Naturaleza de la cual venimos, en la cual vivimos y a la que, en último término, volvemos? En principio, si, en realidad no. Esta es la clave; esta es la verdad fundamental sobre la cual descansa el equilibrio social; la reciprocidad que decía Confucio, esta es la «Igualdad» de que la Libertad nos habla. Esta es la Libertad redentora aun no aceptada en la tierra. Mágica palabra, «¡Libertad!», no comprendida aun por la mayoría de sus defensores. ¡Eterna y soñada ambición de las almas, que son capaces de volar hasta la perfección de los delirios de un ideal redentor! Porque la libertad significa justicia, y la justicia es la ley natural; la ley de la verdad, de la simetría y el vigor; la ley de la fraternidad y la cooperación. Hablamos de la Libertad como de una cosa distinta de la virtud, la riqueza, el saber, la invención y la fuerza e independencia nacional; pero de todo esto la Libertad es el origen, la madre y la condición indispensable.

Donde la libertad se levanta, allí nace la virtud, aumenta la riqueza, se extiende el saber, la invención multiplica los poderes del hombre, y en fuerza y valor la nación más libre sobresale entre sus vecinas, como Saúl entre sus hermanos más fuerte y más hermosa.

Sólo a intervalos y con luz parcial ha brillado entre los hombres el sol de la libertad; pero todo el progreso ello lo ha engendrado. Y es que solo ha sido servida a medias; porque lo que corrientemente denominamos con este nombre, es una cosa muy distinta de lo que la libertad es. No la conocemos, no la practicamos, no hemos sido capaces de aceptarla enteramente; les da miedo a los mismos que se llaman liberales tanta luz y a través de unas gafas negras han pretendido gozar de ella, con las libertades políticas. No; eso no basta; hay que encender el sol de la libertad, que es la justicia, que es la verdad, que es la fraternidad y el amor en el santuario de cada alma.

¿Cómo se va la gente a fiar de lo que llaman libertad, mientras perdure este régimen de relación entre el hombre y la Naturaleza? ¿Cómo puede ser posible gozar de sus bienes en la ficción de su esencia? Para hacer la Libertad carne, es preciso no negarla, y se niega si no colocamos en igualdad de condiciones a los hombres para el cumplimiento de su fin; se niega, si no reconocemos la ley natural.

Esto es todo. El niño del más desgraciado mendigo, que viene al mundo entre harapos y miserias, tiene el mismo derecho a vivir que el más potentado terrateniente del orbe; el mismo derecho a la vida uno y otro; el mismo derecho a defender su existencia, para lo cual no reconoce otros fueron la Naturaleza que la virtud del trabajo sea quien sea el que lo realiza; y el derecho a defender la existencia trabajando no puede ser efectivo mientras unos sean dueño s de la superficie del planeta y otros no tengan un palmo de terreno en donde asentar los pies.

Hacer la tierra de todos. He aquí la solución. El hombre habrá dejado de luchas contra el hombre. Pues que quizás, ¿nos peleamos por tomar el sol, por respirar el aire, por mirar al infinito cada uno con su afán? ¿Por qué nos habíamos pelear por la tierra, y por las cosas de la tierra, si un derecho igual permitiera a cada aptitud su medio propio de desenvolvimiento y vida?

Rafael Ochoa