La evolución económica

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Para el hombre superficial que se dedica exclusivamente a sus negocios o placeres y que no procura darse cuenta del significado de su vida ni del ciclo evolutivo que le humanidad recorre, la tremenda crisis que en todos órdenes agita al mundo entero carece de sentido, y de sorpresa en sorpresa llega a un estado de inquietud y de completo desconcierto: él, que con discernimiento infantil se cree ser el centro, el eje del Universo, y lo juzga creado para que él lo disfrute en los breves días de su vida, sin meterse en más honduras, observa con terror cómo las cosas más insólitas van ocurriendo: cómo las naciones desaparecen, cómo se derrumban o tambalean los fundamentos sociales, cómo lo que él tenía por perfectamente estable y definitivo se desmorona al ímpetu arrollador de una fuerza interna –al parecer católica y desconcertante- que ha tocado de locura a la humidad toda.

Pero que quien se ha hecho cargo de que su vida es sólo una etapa de su perfeccionamiento, y está persuadido del espléndido porvenir que al hombre aguarda en el curso de una evolución indefinida; de que una ley divina de absoluta justicia gobierna al mundo, y de que todos los seres deben cooperar al buen final del conjunto, y comprende que nos hallamos en su periodo de transición que culmina rapidísimamente, y que es su deber y su conveniencia ayudar al más perfecto desarrollo de la humanidad futura, cuya laboriosa gestación significan los trastornos actuales, que conducirán a una sociedad más depurada más acorde con la ley divina de la justicia. Es, pues, deber nuestro, estudiar atenta y serenamente el origen y trayectoria que siguen las transformaciones de todo orden que a nuestra vista pugnan por realizarse, laborar, siempre conforme a la ley moral, en pro de aquellas que mejor respondan a los fines esenciales de la Creación. Para ello tenemos una regla de juicio infalible: su mayor o menor acomodamiento a la suprema ley de justicia que rige a los hombres a y a los mundos.

Son principalmente, a nuestro juicio, los fundamentos económicos de la sociedad los que están en quiebra y hacen inestable y movedizo lo que hasta aquí pasaba por sólido y definitivo, merced a la efectiva solidaridad que enlaza todo lo existente, al sutil engranaje que va desde las cosas más materiales a los más excelsos atributos del espíritu, y que hacen que cualquiera desarmonía, cualquier desequilibrio, cualquier vibración de una de las partes conmueva al conjunto.

La Justicia, suprema ley de atracción de lo creado, motiva en el Universo todo, una corriente continua de perfeccionamiento, que desde el día primero y en evolución constante, por caminos subterráneos o a plena luz, describiendo curvas y ziszás, pausadamente unas veces como si se estancase en grandes charcas pantanosas, o con rapidez extraordinaria otras, como si se despeñara por torrentes y cascadas, recorre el difícil e inconmensurable camino que conduce a aquel foco de atracción divina, como por una ley semejante se precipitan los ríos a engrandecerse en el mar. Tal vez nos encontremos en el momento de salvar una rugiente catarata, para que más tarde la humanidad amortigüe su corriente evolutiva en un tranquilo y extenso lago.

El innegable progreso material obtenido desde la última centuria, el adelanto técnico que multiplica la potencialidad productora, al subsistir casi inalterables las formas milenarias de la distribución de la riqueza, impropias de sociedades tan complejas como las de hoy, han originado un formidable desequilibrio social que se manifiesta con caracteres morbosos en todos los órdenes de la vida individual y colectiva, como lo prueban: la extensión e intensidad de la miseria, al par que la concentración de la riqueza, lo que origina las luchas de clases; las guerras comerciales determinadas por el proteccionismo, las grandes industrias y los negocios financieros que culminan en los sangrientos choques de nuestros días; y la serie de males sin fin, como la criminalidad, la prostitución, las enfermedades, el relajamiento de los vínculos éticos, que con espanto vemos que aumentan sin cesar. Por otra parte, la evolución del sentimiento religioso y el despertar de la conciencia social de un lado, y de otra la rápida divulgación de las ideas que hoy permite la facilidad de las comunicaciones, centuplicando su poder difusivo y haciendo nacer múltiples escuelas contrapuestas, dan a los problemas sociales complejidad extremada. Contribuir a la mejor solución de ello es nuestro propósito, para lo cual populizaremos en algunos artículos la teoría que a nuestro juicio resuelve plenamente y sin trastornos ni violencias el actual problema de la evolución económica, que consideramos de excepcional importancia para el remedio de las calamidades de todo orden que nos aquejan, dicha teoría, basada en la observación de las leyes naturales, fue descubierta por el gran americano Henry George, a quien la humanidad deberá gratitud eterna.

Señalamos a nuestros lectores que deseen mayor documentación para el estudio de este importante asunto, la feliz coincidencia de que el gran georgista Federico Verinder tratará en Herald o the Star, de tan sugestivas cuestiones.

II

Filósofo profundo, supo ver Henry George los potenciales de amor y armonía que la Creación entraña, deduciendo que solo el incumplimiento de las leyes de la naturaleza, en su modalidad social, es lo que engendra la serie de calamidades que perturban tan desdichada y sangrientamente el vivir colectivo, pues la recta observancia de aquellas debe conducir de modo indefectible a la paz, al progreso y al desarrollo de las facultades nobles del ser. Sus perspicaces observaciones le confirmaron en esta impresión y entonces procedió a revisar los fundamentos económicos y jurídicos de la sociedad, y vio que lejos de acomodarse a los principios de armonía que rigen el universo, las disposiciones de los hombres eran por completo arbitrarias y egoístas, impuestas y mantenidas por la fuerza con menosprecio del Derecho, escudándolas en la religión, en el orden, en prejuicios varios, o en la ciencia de la Economía Política, artificiosa y falseada, y que el grande hombre tuvo necesidad de rehacer por completo, fundamentándola en el cimiento de roca de la filosofía, no en móviles bastardos, y sirviéndole de comprobación la realidad desnuda, no absurdas estadísticas forzosamente incompletas.

Su labor le condujo al descubrimiento de las leyes naturales sociológicas, que como él sospechaba no contradicen sino que confirman la providente sabiduría y unidad que informa a la Creación toda. Se explicó entonces la paradoja de que a nuestro falso progreso acompañe la miseria y desdichas consecutivas de manera tan fatal como la sombra al cuerpo, y pudo apreciar los errores de los que defienden la organización económica de hoy, y de los procedimientos pseudo-científicos, de carácter eminentemente material, y a quienes designaremos de un modo genérico como socialistas.

Los primeros solo consideran en el hombre su aspecto individual, y pretenden haberle concedido la libertad económica por la igualdad ante la ley y garantizado el derecho de propiedad, atribuyendo las desdichas sociales a las condiciones de la Creación, según la teoría tan conocida del famoso abate Malthus, que intenta justificarlas, representándolas como derivadas de la ley natural de que los hombres se reproducen con más rapidez que las subsistencias, lo que es fundamentalmente falso, pues el hombre tiene la facultad de producir mucho más de lo que consume en cuanto no se pongan trabas a la producción, y porque la capacidad productora de la naturaleza no conoce límites, como lo prueba que cualquier progreso abre nuevos y dilatados horizontes a la producción; basta vez que a pesar de no cultivarse nada más que una pequeña parte de la tierra, e imperfectamente, y a pesar de los entorpecimientos que los gobiernos con sus impuestos y restricciones, y las luchas entre el capital y el trabajo, imponen a la industria, basta ver, decimos, los almacenes repletos en cantidades superiores al consumo, para que se comprenda que si las criaturas carecen en su mayoría de lo necesario para vivir humanamente, no es por falta de capacidad productora, sino por carencia de justicia distributiva. Aquella teoría fue inventada para tranquilizar la conciencia de los poderosos timoratos y embotar la de los miserables, convenciéndoles que las desdichas sociales son debidas a la voluntad divina. En cuanto a la libertad económica actual, no existe, porque las leyes amparan una serie de privilegios económicos que la destruyen, y respecto a que esté garantizado el derecho de propiedad, es un error, pues lo que está es pervertido, porque merced a los mencionados privilegios, los que usufructúan estos, absorben la propiedad pública, y la privada que legítimamente corresponde a los trabajadores y capitalistas no privilegiados. La igualdad ante la ley queda por todo reducida a un mito.

Los males que la actual organización económica produce se van intensificando tanto, que el desasosiego es general, e instintivamente va comprendiéndose que hay algo que se derrumba en los cimientos sociales, y en busca del camino de salvación, las masas y gran parte de hombres que a si propios se llaman intelectuales, se precipitan hacia el socialismo. Pero de triunfar este sin modificarse esencialísimas que tal vez la realidad le imponga, no se habría hecho nada más que cambiar de postura. Esta escuela solo considera el aspecto social del hombre, y pretende resolver el problema social, socializando todos los instrumentos de producción y organizando la distribución; ello transferiría con caracteres tiránicos a los elementos directores el poder efectivo que hoy ejercen indirectamente las clases privilegiadas, desvirtuando las funciones del Estado, complicándolas con exceso y sin eficacia, y al limitar con funestas consecuencias las manifestaciones de la actividad humana, lo que en tal sistema es inevitable, se llegaría a la muerte de las sagradas libertades individuales propulsoras de la verdadera civilización, sin por ello haber conseguido la justicia social.

Tanto el exagerado individualismo dominante, como la varias escuelas socialistas, no tienen en cuenta la doble faz individual y social del hombre, y así la vigente organización económica, dejándolo todo libre a la voracidad del individuo, desampara a la sociedad, y con ello a la postre, por la obligada reacción de esta, a la gran masa de ciudadanos; de la propia manera el socialismo sacrificando las libres y legítimas actividades del individuo en aras de la sociedad, la desnaturalizaría, convirtiéndola en un convento o cuartel gigantesco.

Tiene el hombre absoluto derecho al empleo de su trabajo y a los frutos de este, sin que normalmente sea legítimo por ningún motivo poner trabas a aquél ni mermarles éstos; y así mismo la sociedad tiene derecho exclusivo a todos los valores no creados por el trabajo ni por el capital lícitamente adquirido de los individuos y estos solo pueden exigir como ciudadanos, que se empleen en el bien social. Los elementos de la naturaleza, como el aire, la tierra., y las fuerzas y propiedades de los cuerpos que de ella se derivan como la electricidad, el poder germinativo de las plantas, la expansión de los gases, etc., tienen modalidades características para su utilización, y así unos exigen determinadas disposiciones para lograrlo, otros por ser inagotables e incoercibles no pueden acapararse y se utilizan sin esfuerzo, mientras que los hay que acomodan a que la codicia del hombre se cebe en ellos con manifiesto perjuicio del buen orden social; y es condición impuesto a los humanos por la misma naturaleza, la labor de ir comprendiendo sus peculiaridades y utilizarla en forma que no se alteren las leyes del equilibrio moral, que en estas cuestiones se resume, en que el aprovechamiento de las oportunidades naturales no cercenen el igual derecho de todos a su disfrute, o lo compensen cumplidamente cuando por la índole de aquellas así sea lo más equitativo. Henry George dio la expresión práctica que sintetiza las leyes naturales sociológicas en una fórmula que permite constituir la sociedad, de modo que respondiendo al doble carácter del hombre antes señalado, satisface también al inexcusable gran principio de la justicia inmanente. Consiste en «socializar tan solo la tierra y los servicios que por naturaleza son monopolios, y en forma tal que, quedando libres de la propiedad privada, se estimule su máxima explotación por la absoluta garantía de la posesión individualizada o corporativa: y en facilitar el libre juego de las fuerzas naturales de orden social, para que de por sí impongan mecánicamente una recta distribución, reduciendo a lo indispensable las intervenciones coaccionadoras del poder», de la propia manera que en el organismo humano no se necesita de la consciencia del individuo para el funcionamiento normal de la vida interna o vegetativa y sí para la de relación.

Esta fórmula que responde a la más estricta justicia, es de fecundos resultados, y en su desarrollo origina una espléndida sociología que se propone variar radicalmente los fundamentos y las condiciones sociales, sin que en apariencia cause el menor trastorno en la constitución de la sociedad. Su justicia no ofrecerá la menor duda a quien medite que los elementos como la tierra, el agua, etc., que designaremos genéricamente con el término «tierra», no son obra del hombre, sino creaciones de la naturaleza a la que todos tienen igual derecho por solo haber nacido y por ser aquellas indispensables para la existencia, lo que implica que ninguno puede legítimamente excluir a nadie de su disfrute, y de ahí que la regulación de tal materia cae de lleno dentro de las obligaciones de la sociedad, que por su órgano ejecutivo, el Estado, debe garantizar los iguales derechos de todos. Como por lo complejo de la vida moderna no sería posible una distribución directa y equitativa y matemática de las oportunidades que dichos elementos ofrecen, se impone el socializarlo en beneficio general, y la forma práctica de conseguirlo es a absorción por el Estado de los valores que adquieren, cuya expresión exacta es la renta que producen, luego absorbiéndola anualmente, cosa facilísima de hacer, para invertirla en los gastos de la sociedad, se habrá conseguido socializar aquellos, y liberando a todos los ciudadanos y al capital legítimo de cualquier otro gravamen sea de la clase que fuese, se habrá logrado por compensación que nadie quede excluido de disfrutar las oportunidades naturales.

Surge inmediatamente una interrogación inquietante: la de si bastará con el valor exclusivo de la tierra para que la sociedad pueda atender con desembarazo a todas las obligaciones que le competen. Mas esta duda se resuelve con facilidad ahondando en el estudio de las características que la renta de la tierra ofrece: vése en efecto que sube indeclinablemente con el aumento de población, con el progreso, con las actividades sociales, con el esfuerzo colectivo, y lo hace en forma tan desmentida, que llega a adquirir valores fabuloso independientemente de la gestión de su propietario, como se comprenden con solo reflexionar sobre el exagerado valor de los solares en las grandes urbes: pronto en esta investigación se llega a la certeza de que dichos valores proporcionan sobradamente los recursos necesarios para todas las atenciones sociales, y estando el valor de la tierra en razón directa de la intensidad de población y del progreso, a medida que se avancen en él, de una manera mecánica habrá más recursos, o lo que favoreciendo el ya iniciado proceso depurativo de las obligaciones de la sociedad, hará transformar su esencia de modo que todos los organismos se encaminen a facilitar el perfeccionamiento y progreso del hombre, proponiéndose el Estado como función principal suya, asegurar a todos los ciudadanos los derechos iguales e inalienables concedidos por la naturaleza, limitando su carácter represivo a lo preciso para garantizar la libertad por la protección de los derechos semejantes de cada uno contra la ofensa de otros, y responder a la complejidad creciente que supone la marcha progresiva de la sociedad, evolucionando para simplificar sus funciones, y haciendo más firme la integración social por un espíritu reparador que debe llevarle a proporcionar gratuitamente una serie de servicios como transportes, luz, agua, etc., que al propio tiempo que mantiene las iniciativas privadas en su verdadero campo, procura el equilibrio económico entre las distintas clases sociales sin intervenciones directas que ahogan la libertad, y promueve la paz, el progreso y la riqueza; todo ello ha de traducirse en el aumento de valor de la renta, que cada vez irá proporcionando mayores recursos, haciéndose así tangible la providente sabiduría de las leyes naturales sociológicas que solo reclaman para devolver ciento por uno, amor y justicia en las disposiciones de los hombres.

Evidentemente, la consecuencia inmediata de la teoría fundamental del georgismo es el absoluto librecambio, anti-natural, porque contrarresta los resultados del progreso, dificulta las actividades humanas, divide y siembra la discordia, y atenta a derechos que son en sí imprescriptibles e irrenunciables. De la propia manera, son consecuencias lógicas del georgismo en su aspiración a la igualdad de derechos económicos ante la ley y a la libertad económica, como única garantía efectiva de los derechos individuales y colectivos, que todos los servicios que tengan carácter público queden socializados, y aun aquellos negocios que por su índole constituyan monopolios, o que no puedan entregarse a la actividad privada sin riesgo de la higiene, de la moral o de la seguridad pública. Y para la complejísima labor que la consecución de estos fines representa, tiene el georgismo fórmulas adecuadas que se deducen fácilmente de su tesis fundamental. Investigó el gran Henry George las leyes sociológicas embebido en el espíritu de armonía que como resultante del amor, el esfuerzo y l ajusticia, impera en la naturaleza toda, y por eso, remontándose a aquella clara fuente de agua pura y cristalina, saturándose de aquel espíritu vivificador, se halla en cualquier instante la línea de conducta, la inspiración a seguir en los casos dudosos, el procedimiento inequívoco para resolver todos los problemas sociales por intrincados que sean.

Los que consideramos al hombre evolucionando sin cesar hacia un perfeccionamiento infinito e indefinido, y no como un simple ser definitivamente inmodificable o integrado solo por una vil materia incapacitada para sublimarse, y envuelto por una fuerza ignota y fatal en el raudo torbellino de una vida breve, cruel e irredimible, percibimos en la doctrina del gran americano, no un sistema de artificios elaborado, respondiendo a un concepto materialista de la sociedad, sin más ciego egoísmo de los beneficios inmediatos para determinada clase, sino el conjunto de verdades eternas que confirman en el orden social el plan complejo y maravillosamente armónico de la Creación, no por incompresible para la pobre inteligencia humana, menos admirable: vemos que en la doctrina señala la ruta que la sociedad ha de seguir para que todos logren alcanzar con eficacia la plena garantía de su desenvolvimiento psíquico, corporal e intelectivo, sin menoscabo de la personalidad y de las facultades volitivas: vemos –si se lleva la doctrina a sus naturales consecuencias- que extinguirá la miseria involuntaria, la prostitución, las guerras y la infinidad de calamidades que corresponden al régimen social de hoy; y vemos en ella, por último, la expresión científica de la moral de Jesús, y concebimos perfectamente que por la evolución económica que encierra, se pueda conseguir el ideal social señalado en el Sermón de la Montaña, ya no carece de sentido aquella extraña prédica de que no nos inquietemos por la comida y el vestir, como no se inquietan los pájaros y los lirios, porque se presiente en la lejanía de un horizonte dilatadísimo pero hacia donde lentamente caminamos, la posibilidad de un estado social en que las preocupaciones de las necesidades materiales queden reducidas al último término y a las almas menos evolucionadas. Oprimidos por la dura ley social de hoy, hasta el triunfo de las teorías de Henry George, jamás los hombres habrán logrado galopar ni aun a caballo en la fantasía hacia la bella región de la fraternidad cristiana, sin caer despeñados en los abismos de las degradantes realidades de la vida. Su triunfo refrenará racionalmente las aptitudes de presa, pasión y violencia del hombre, que libre de la miseria y del temor a ella, podrá desarrollar en cambio las nobles tendencias que en él laten pugnando por emerger del caos de instintos ancestrales, que las condiciones de la sociedad actual mantienen y estimulan con vigor.

La inmensa trascendencia de la doctrina de Henry George, hace que se salga de los límites vulgares de una Filosofía, Sociología o Economía más o menos genial, para convertirse en una obra de revelación, que fue difundida en ardientísimo Apostolado; ya hoy el inmoral revelador es conocido comúnmente por «El Apóstol de San Francisco», como en burla le llamó el Duque de Argyll, representación vida de los intereses ilegítimos que no se resignan a que el sol de la justicia social brille para todos, dándole los bienes que la prodiga naturaleza creó sin límites y sin preferencias. Sus discípulos continúan el apostolado con la constancia y cordial efusión que comunica esta verdad redentora a los que de ella se posesionan, enorgulleciéndoles el dictado de místicos con que quiere afrentarles la petulancia de los pseudo-sabios que pretenden arreglar el mundo, imponiendo la tiranía socialista, y el de disolventes, que a su vez le arrojan al rostro los que van a gusto en el actual sistema, aunque vean perecer de hambre y de miseria moral a sus semejantes y ellos mismo son se sientan seguros… Pero una esperanza de pronta renovación social late cálida en sus pechos con aliento potentísimo; ninguna doctrina se ha extendido con la enorme rapidez que la suya, que siendo de ayer sus partidarios forman y legión, y ha ganado definitivamente los corazones más nobles y las inteligencias más claras; las mismas tristes circunstancias porque atraviesa el mundo, la gigantesca ola de sangre y fuero que lo arrasa, favorecen su triunfo, pues el dolor y desesperación de los pueblos va despertando unas sed de justicia, que no es fácil pueda ser saciada con los procedimientos económicos sociales que hasta la hora presente han imperado en todas las Naciones.

Nuestro país tan castigado por la pasión y el desengaño político, hállase en excelentes condiciones para intentar salvarse por este sistema tan eficaz y decisivo como poco alborotador y violento, y es digno de consignar que la clase más sana e ilustrada demuestra una notable predisposición, pues secunda en cierto modo la labor de la Liga Georgista (domiciliada en Málaga, Mendez Nuñez I principal) que dirige el Ingeniero D. Antonio Albendín, Apóstol español del georgismo, difundiendo ideas afines, cuya eficacia se multiplica por estar traducidas a nuestro idioma las mejores obras del Maestro («Progreso y Miseria», «La Condición del Trabajo», «Problemas Sociales», «¿Protección o Librecambio?», y «La Ciencia de la Economía Política»), insuperables de expresión y profundidad, hasta el extremo que leerlas es convencerse y alistarse en esta novísima Cruzada por la Redención Social.

Juan Sin Tierra,

Pseudónimo de José García Viñas, 1918