“La aurora nueva”, por Baldomero Argente

En la conciencia de la sociedad contemporánea posterior a la guerra, late el presentimiento más o menos obscuro, de que ha llegado la hora de una transformación. Esta impresión difusa ha penetrado con vigor en el alma de los trabajadores abrillantando con nuevo resplandor sus quimeras e infundiéndoles fanática certidumbre de hallarse próximos a la consecución de sus seculares anhelos. De ahí la inquietud que los domina, espoleada por la carestía, y de ahí también las facilidades que encuentras ahora toda tarea de organización proletaria. Pero hay algo más: tienen la sensación vaga de que no se trata de mejorar el salario o de disminuir horas de trabajo, esto es, de obtener alguna de las ventajas por las que luchaban antes de la guerra con tanto encarnizamiento, sino de modificar, o, mejor aún, de suprimir radicalmente la condición de inferioridad social y política en que dentro de la actual organización económica de encuentran.

Coinciden los hechos con el sentimiento obrero. Lo que se va, irreparablemente, es el régimen fundado sobre la existencia de una clase social compuesta por simples vendedores de fuerza de trabajo. El estado de conciencia a que éstos han llegado y los medios de hacer efectiva la solidaridad de sus intereses imposibilita la permanencia de aquel régimen. Y al paso que el proceso de las fuerzas económico-sociales engendradas por la civilización, proceso apresurado por la guerra, conduce a aquél resultado, la proximidad de éste va dibujando en la mente obrera la visión de otro estado social suyo y filtrado en su corazón el anhelo de llegar pronto a él. Trátase pues, de la confluencia de dos movimientos, uno social y otro psicológico, que conducen al mismo fin y lo aseguran.

No en todos los obreros es instintivo ese movimiento. Los más capaces han adquirido plena conciencia de él. En la Conferencia nacional de patronos y obreros verificada en Inglaterra a principios de 1919, el secretario de los ferroviarios Thomas, se expresaba así: «Los obreros están descontentos con un sistema de sociedad que considera su fuerza de trabajo como una mercancía que puede comprarse, venderse y usarse, como si fueran piezas mecánicas en el proceso de producción y distribución de la riqueza, y piden por lo tanto, que se les haga verdaderos consocios en la industria, interviniendo conjuntamente en la determinación de las condiciones y dirección del trabajo.»

La primera y más trascendente consecuencia de este movimiento social –hacia la supresión del vendedor de fuerza de trabajo- hacia la inutilidad o, por lo menos, la insuficiencia de toda la antigua terapéutica aplicada a los conflictos llamados sociales. Hace cuatro años, la limitación de la jornada, la elevación del salario, el seguro contra la enfermedad y el paro, las pensiones a invalidez y a la vejez, y el abaratamiento de la vivienda, formaban el armazón de un sistema que podía resolver lo que se llamaba por antonomasia «problema social». Hoy todo eso es insuficiente. Porque no se trata de la mejora del obrero, sino de la supresión del obrero. Con aquellas medidas, el trabajador aliviaba su suerte, pero seguía siendo trabajador en la aceptación sinónima de esclavo de un régimen económico que esa palabra tenía y tiene aún. Hoy, el mundo se encamina y las multitudes proletarias aspiran no a suavizar la situación del trabajador, sino a restituirle el rango que la función económica le asigna: el rango de productor, relacionado con los demás elementos de la producción conforme a una ley de justicia.

Las clases directoras, pudientes, las que tienen en sus manos de hecho la fuerza política, deben considerar con atención ese cambio introducido por los sucesos en el planteamiento del problema social. Es análogo al que se produjo en los tiempos de esclavitud. Primero, los esclavos anhelaron ser tratados humanamente; pero admitían la indefinida permanencia de su condición de esclavos. Ese trato humano tenía las mismas expresiones concretas que el intervencionismo del Estado con el problema obrero: mejorar la alimentación y la vivienda, mitigar su fatiga, asistirle en la enfermedad y la vejez. Los últimos emperadores romanos dictaron a favor de los esclavos providencias exactamente iguales a nuestras leyes de tutela trabajadora. Pero hubo un momento en que el esclavo no pensó en su mejora, sino en su emancipación, y como había llegado la madurez social, la obtuvo. El caso se repite con el obrero en el instante actual.

Frente a esa imposición de los nuevos tiempos no cabe sino facilitarla o resistirla. Facilitar lo inevitable es cordura, porque el tránsito se hará con menos estrago. Resistirla es demencia, pero explicable. Permanecer indecisos, aplicando medias medidas, sería simpleza imperdonable. Ninguna de esas medias medidas calmará la sed que acucia a la clase obrera. Antes la estimulará. Una vez puestos los ojos en la meta soñada, el corazón no cesará de latir ansiosos de llegar hasta ella. Cada conquista obtenida es una mayor fuerza y una nueva esperanza. Cuando se alza un ensueño en el horizonte de lo posible, el alma humana, movida por la fuerza secreta que la ha llevado desde la caverna a las alturas ideales, no reposa hasta desposarse con él.

En España el movimiento obrero sigue claramente esa ruta. No es tan solo eficacia del contagio. Los anhelos del obrerismo español no son una contaminación de la anarquía que impera en el mundo. Es el ansia dormida en el pecho de todos los hombres oprimidos. La liberad económica, superior mil veces a la libertad política, es un ideal cuya semilla, depositada por Dios en el espíritu del hombre, viene con éste a la vida. Su fuerza germinativa permanece latente. A veces el invierno es largo y duro. Pero, al cabo, la primavera llega, indefectiblemente. Es la hora de florecer, preludio del fructificar.

¿Cuáles serán las nuevas formas sociales? El proletariado sindicalista pretende el monopolio del poder para la clase obrera. Eso no es posible. Tal aspiración nace de una mescolanza de las ideas políticas y económicas actuales con los sueños y quimeras de lo porvenir. Ese ideal que parece radicalismo es el más tímido intelectualmente. Acepta la idea actual del Gobierno; acepta la existencia permanente de la clase obrera, y se limita a un simple trueque en el plano que las clases ocupan respectivamente entregando el Poder a la hoy dominada. El fracaso sería inevitable. Es la situación presente en Rusia. Esa mudanza acarrearía la dictadura del proletariado. Y esa dictadura no podría tener más que estos dos finales: sucumbir al empuje de las reacciones por ella misma engendradas, caso en el cual quedaría frustrado el propósito, o consolidarse, merced a lo cual la clase dictadora se convertiría prontamente en la burguesía triunfante. Eso es sencillamente revolver los factores sociales, pero dentro del molde antiguo. La revolución sería devastadora; pasado algún tiempo, las cosas seguirían poco más o menos lo mismo. Nada tan peligroso como las ilusiones sostenidas por palabras o por conceptos abstractos que, para dirigir la realidad, son equivalentes a aquellas.

La socialización de todas las riquezas y medios de producción es una quimera no menos peligrosa. Tropezaría con un sentimiento indestructible: el sentimiento de la propiedad. Porque esta no es una idea ni un derecho, un una creación jurídica: es un sentimiento profundo, íntimo, inextirpable del ser humano, al que no puede arrancársele sino arrancándole la vida. Cuantas veces se ha querido extirpar, otras tantas ha retoñado. Nace del instinto de conservación, esencial atributo del principio vital. Nuestras necesidades son satisfechas con nuestro trabajo, y nuestro trabajo crea la propiedad a la cual nos adherimos con todo el ímpetu que nos comunica el imperio de las necesidades.

Cuantos sistemas sociales se ideen fundados sobre la desaparición plena del derecho de propiedad, adolecerán de un vicio radical que los invalidará. En vano se tratará de sustituir el sentimiento de la propiedad individual, que es concreto, material, tangible, por decirlo así, con un vago concepto de dominio sobre una propiedad colectiva, pero exenta de nuestra libre disposición. Sería lo mismo que tratas de satisfacer la ser rabiosa del hombre con la descripción elocuente de las inmensidades líquidas del planeta. Lo que emana de la Naturaleza, no se suplanta artificiosamente; y la propiedad tiene sus raíces no en los códigos ni en los entendimientos, sino en nuestro propio corazón.

Mas si el sentimiento de la propiedad es inextirpable, a él pueden sustraerse en cambio materias sobre las cuales no debe recaer propiamente aquel sentimiento. Socializarlo todo es imposible; socializar algo es necesario. La distinción la hace la misma conciencia humana. Cuanto es fruto del trabajo, seguirá, siendo eternamente propiedad individual; cuanto no es obra de los hombres, entrará a formar parte del patrimonio colectivo; se socializará. Esa nueva forma social se insinúa en las aspiraciones del proletariado.

Los obreros fabriles piden la socialización de las fábricas porque son víctimas de la sugestión ejercida sobre sus ánimos por el medio en que se desenvuelven. Pero los campesinos y los mineros no se acuerdan de las fábricas ni de los capitales muebles; piensan tan sólo en la tierra y en las minas; no alcanzan a comprender cómo los campos que florecieron cada primavera mil años antes de que las actuales generaciones los usufructuaran y el mineral que yacía en las entrañas del planeta antes de que comenzaran los tiempos de que los hombres guardan memoria pueden ser propiedad exclusiva de unas docenas o unos millares de individuos, sin que a los demás les corresponda otra función que la de trabajar para aquellos. Y, se rebelan, con toda la enérgica indignación que presta cuanto ofende a la conciencia.

Por eso los campesinos piden tierra y los mineros la nacionalización de las minas. Aquellos buscan en el trabajo un fundamente para la propiedad individual de la tierra, porque están habituados a ver la propiedad del individuo, y dicen: la tierra, para quien la trabaja. Se equivocan: la tierra es de todos; la tierra es un patrimonio colectivo; no es materia legitima de propiedad de nadie, como no lo eran los hombres durante el período de esclavitud; y la apropiación de la tierra como la de los esclavos, sirviendo para apoderarse del fruto del trabajo ajeno, es un ataque al verdadero derecho de propiedad. Para respetar el derecho de propiedad sobre los frutos del trabajo, hay que suprimir la propiedad individual sobre la tierra. Por eso las fuerzas que acrecientan el poder del trabajador y reconstituyen su derecho, van conduciendo inconscientemente, en medio de tanteos de la más diversas apariencias, hacia la socialización de la tierra. ¿No vemos aceptado hoy en todos los países el impuesto sobre la plusvalía? Pues ese es, al cabo, un principio de socialización. Otro tanto puede decirse de las minas.

Para quien analice la organización social presente, no es un secreto que toda ella está fundada sobre la apropiación individual de la tierra y fuerzas y elementos naturales. Una minoría se ha hecho dueña del planeta; y excluye del disfrute de este a los demás hombres, salvo pacto establecido en las condiciones que a aquellos los place impone. Sobre este fundamento está planeada, como reconoce Marx, una superestructura social que lo abarca todo: familia, religión, moral, derecho, poder político, arte, y sobre todo, organismo económico. La socialización de esos elementos naturales sustituye el fundamento social por su opuesto y crea forzosamente otra sociedad. A ello vamos derechamente, sirviendo de instrumento el tributo. Imposible dar en breves líneas mejor explicación.

La nueva Era tendrá, pues, como característica la propiedad colectiva de los elementos naturales. De las ansias de socialización, eso quedará. Mas, ¿continuará la actividad manufacturera y mercantil vaciada en su molde actual? Indudablemente, no. Aunque los grandes monopolios capitalistas serían imposibles, puesto que todos ellos tienen como base la apropiación de elementos naturales, no sería tolerable la subsistencia de grandes núcleos obreros, simplemente asalariados y vendedores de su fuerza de trabajo para un patrono capitalista. Aquéllos no se resignan hoy a ese régimen; menos se resignarían mañana, rota ya la cadena que los esclaviza. Pero tampoco es posible la dirección de los grandes negocios por toda una colectividad obrera. El ensayo de Rusia es tan concluyente como desastroso. No hay, sin embargo, dificultad ninguna para hacer compatible el disfrute de todos con la dirección de uno. Las Sociedades anónimas han dado resuelto el problema. Las pequeñas acciones, la división extrema del capital, difunde increíblemente la propiedad. Una elevación del salario por encima de las necesidades elementales, haciendo posible el ahorro, permitirá al trabajador ser accionista a la vez, capitalista y obrero juntamente. La permuta entre los valores conducirá también a que el obrero sea accionista no de la fábrica en que trabaje, sino de otra distinta, y cruzándose y entrecruzándose las actividades y los derechos, se llegará a que una masa de trabajadores sea dueña de un conjunto de medios de producción y transporte, estableciéndose la solidaridad entre capital y trabajo, la fusión de ambas categorías económicas en unas mismas personas y la socialización por el único camino posible.

Propiedad colectiva de las tierras, las minas, las fuerzas naturales y los monopolios inevitables, como son las grandes vías de transporte; producción cooperativa y fusión del capital y el trabajo mediante las sociedades anónimas de pequeña acción: he ahí, a mi juicio, las bases esenciales de la Era nueva. Tal vez la mudanza parezca pequeña; pero afecta a la raíz misma de la organización social. Sobre esas bases se alzarán, fatalmente, una nueva civilización. Todos los estremecimientos actuales conducirán a ello. La humanidad sufre los dolores del parto de un nuevo mundo. De nosotros, del acierto con que procuremos la reforma, dependerá la rapidez con que aparezca clara y luminosa esa nueva Era con que soñamos, la única que merecerá la pena vivir.

Baldomero Argente, 1919