Justicia Agraria, por Thomas Paine

Prefacio del autor
El breve texto que sigue se escribió en el invierno de 1795/96 y, como yo no había decidido si publicarlo en plena guerra o esperar hasta que llegase la paz, ha permanecido sin alteración ni añadidos desde el momento en que fue escrito.

Lo que me ha llevado a publicarlo ahora es un sermón oficiado por Watson, Obispo de Llandaff. Algunos de mis lectores recordarán que este obispo escribió un libro titulado Apología de la Biblia, como respuesta a mi segunda parte de La edad de la razón. Conseguí un ejemplar de su libro y puede estar seguro de que le contestaré sobre este tema.

Al final del libro del obispo hay una lista de las obras que ha escrito. Entre las cuales está el sermón aludido; se titula “La sabiduría y divinidad de Dios al crear ricos y pobres; con un Apéndice que contiene reflexiones sobre el estado actual de Inglaterra y Francia.”

El error presente en este sermón me decidió a publicar mi Justicia agraria. Es incorrecto decir que Dios creó ricos y pobres; Él sólo creó al hombre y a la mujer, y les dio la tierra como herencia.

En lugar de predicar para alentar a una parte de la humanidad en la insolencia…, sería mejor que los sacerdotes emplearan su tiempo en volver la condición general del hombre menos miserable de lo que es. La religión práctica consiste en hacer el bien: y la única forma de servir a Dios es la de esforzarse en que Su creación sea feliz. Toda prédica que no tenga esto por objeto es falsa e hipócrita.


Justicia agraria
Preservar los beneficios de lo que se llama vida civilizada y remediar al mismo tiempo el mal que ha producido deben considerarse como uno de los primeros objetos de la legislación reformada.

Si ese estado que se llama orgullosamente, quizá de modo erróneo, civilización ha promovido más la felicidad general del hombre o la ha dañado más es una cuestión que puede ser fuertemente contestada. Por una parte, el observador está deslumbrado por espléndidas apariencias; por otra, está conmocionado por miseria extrema; ambas cosas ha erigido ese estado. Lo más opulento y lo más miserable de la especie humana se encontrarán en los países que se llaman civilizados.

Para comprender cómo debe ser el estado de la sociedad, es necesario tener idea del estado natural y primitivo del hombre; tal como es hoy en día entre los indios de Norteamérica. No hay, en ese estado, ninguno de esos espectáculos de miseria humana cuyas pobreza y necesidad presentan a nuestros ojos en todas las ciudades y calles de Europa.

La pobreza, por consiguiente, es algo creado por lo que se llama vida civilizada. No existe en el estado natural. Por otro lado, el estado natural carece de aquellas ventajas que derivan de la agricultura, las artes, la ciencia y las manufacturas.

La vida de un indio es una vacación continua, comparada con la de los pobres de Europa; y, por otra parte, parece abyecta cuando se compara con la de los ricos. La civilización, por tanto, o lo que así se llama, ha obrado en dos sentidos: hacer más opulenta a una parte de la sociedad, y más mísera a la otra, de lo que habrían sido gran parte de cualquiera de las dos en un estado natural

Siempre es posible ir desde el estado natural al civilizado, pero nunca es posible ir desde el civilizado al natural. La razón es que el hombre en un estado natural, cazando para subsistir, requiere, para procurarse el sustento, abarcar diez veces más cantidad de terreno que el que lo sostiene en un estado civilizado, donde se cultiva la tierra.

Por tanto, cuando un país llega a ser populoso por las ayudas adicionales del cultivo, el arte y la ciencia, existe una necesidad de preservar las cosas en ese estado; porque sin ello no puede haber sustento para más que, quizá, una décima parte de sus habitantes. Así pues, lo que se debe hacer ahora es remediar los males y preservar los beneficios que han emergido al pasar la sociedad desde el estado natural al llamado civilizado.

Con estos fundamentos, el primer principio de la civilización debía haber sido, y aún debe ser, que la condición de toda persona nacida en el mundo, después de que comienza un estado de civilización, debe no ser peor que si hubiera nacido antes de ese periodo.

Pero el hecho es que la condición de millones de personas, en todos los países de Europa, es mucho peor que si hubieran nacido antes del inicio de la civilización o entre los indios de Norteamérica actualmente. Explicaré cómo ha sucedido este hecho.

Es una posición sin controversia que la tierra, en su estado de cultivo natural era, y siempre tendría que seguir siendo, la propiedad común de la especie humana. En ese estado todo hombre habría nacido para la propiedad. Habría sido un propietario colectivo vitalicio, con apoyo en la propiedad del suelo y en todos sus productos naturales, vegetales y animales.

Pero la tierra en su estado natural, como antes se ha dicho, es capaz de soportar un pequeño número de habitantes, comparado con el que puede soportar en un estado cultivado. Y ya que es imposible separar la tierra del aprovechamiento que de ella se obtiene mediante su cultivo, la idea de la propiedad territorial surgió de esa conexión; sin embargo, es verdad que es el valor del aprovechamiento, sólo, y no el de la tierra misma, el que constituye la propiedad individual.

Cada propietario, por tanto, de terrenos cultivados adeuda a la comunidad una renta del suelo (no conozco un término mejor para expresar la idea) por el terreno que ocupa; y es de esta renta del suelo de donde procede el fondo propuesto en este plan.

Se puede deducir, tanto de la naturaleza del asunto como de todas las historias que se nos han transmitido, que la idea de propiedad de la tierra comenzó con el cultivo, y que no existía tal cosa como la propiedad de la tierra antes de ese momento. No podía existir en el primer estado del hombre, el de los cazadores. No existía en el segundo, el de los pastores: ni Abraham, ni Isaac, ni Jacob, ni Job, hasta donde puede darse crédito a la historia de la Biblia en cosas probables, fueron poseedores de tierra.

Su propiedad consistía, como siempre se enumera, en manadas y rebaños, con los que viajaban de un lado a otro. Las frecuentes disputas en aquel tiempo por el uso de un pozo en el seco país de Arabia, donde aquellas personas vivían, también muestran que no existía la propiedad de la tierra. No se admitía que la tierra pudiera reclamarse como propiedad.

Originalmente no podía existir tal cosa como la propiedad de la tierra. El hombre no creó la tierra y, aunque tenía un derecho natural a ocuparla, no tenía ningún derecho a colocar bajo su propiedad a perpetuidad ninguna parte de ella, ni el Creador de la tierra abrió un registro de terrenos, de donde saliesen los primeros títulos de propiedad. ¿De dónde entonces surgió la idea de la propiedad de la tierra? Respondo como antes que cuando empezó el cultivo, con él comenzó la idea de la propiedad de la tierra, partiendo de la imposibilidad de separar ésta del aprovechamiento producido mediante su cultivo.

El valor del aprovechamiento excedía tanto el de la tierra natural, en aquel tiempo, que lo absorbía; hasta que, al final, el derecho de todos a lo común llegó a ser confundido con el derecho del individuo a lo cultivado. Pero hay, no obstante, distintas especies de derechos y continuarán existiendo mientras la tierra aguante.

Sólo rastreando las cosas hasta su origen podemos conseguir ideas correctas de ellas, y es por la consecución de tales ideas como descubrimos la frontera que separa lo correcto de lo incorrecto, y que todo hombre aprende a conocer por sí mismo. He titulado este tratado “Justicia agraria” para distinguirlo de “Ley agraria”.

Nada podía ser más injusto que la ley agraria en un país mejorado por el cultivo; porque aunque todo hombre, como habitante de la tierra, es un propietario colectivo de ella en su estado natural, no se sigue de ello que sea un propietario colectivo de la tierra cultivada. El valor añadido por el cultivo, una vez admitido el sistema, se convirtió en propiedad de quienes lo produjeron, o de quienes lo heredaron de ellos, o de quienes lo compraron. No tenía propietario originalmente. Mientras, por tanto, abogo por el derecho, y me intereso en el difícil caso de todos aquellos que han sido expulsados de su heredad natural por la introducción del sistema de propiedad de la tierra, igualmente defiendo el derecho del poseedor a la parte que es suya.

El cultivo es como mínimo uno de los mayores avances naturales jamás hechos por la invención humana. Ha multiplicado por diez el valor de la tierra creada. Pero el monopolio territorial que se inició con él ha producido el mayor mal. Ha desposeído a más de la mitad de los habitantes de todas las naciones de su herencia natural, sin proporcionarles, como debiera haberse hecho, una indemnización por esa pérdida, y ha creado así una especie de pobreza y miseria que antes no existía.

Al defender el caso de las personas así desposeídas, estoy haciendo un alegato por un derecho, y no por una caridad. Pero es esa clase de derecho que, descuidado al principio, no se podría llevar adelante después hasta que el cielo hubiera abierto el camino por una revolución en el sistema de gobierno. Honremos pues las revoluciones con justicia y propaguemos sus principios con bendiciones.

Expuestos así, en pocas palabras, los méritos del caso, procederé ahora al plan que tengo que proponer, que es:

Crear un fondo nacional, del cual se pagará a cada persona, cuando alcance la edad de veintiún años, la suma de quince libras esterlinas, como compensación parcial por la pérdida de su herencia natural causada por la introducción del sistema de propiedad territorial.

Y además, la suma de diez libras al año, de por vida, a cada persona actualmente viva de cincuenta años de edad, y a todos los demás cuando alcancen esa edad.

Thomas Paine 1797