Henry George y el Socialismo –El Impuesto Único – nº 81 – Septiembre 1918

 

Imaginemos un conjunto de hombre en el cual se intentara asegurar, por la dirección externa propuesta por las teorías socialistas, esta división del trabajo que surge naturalmente en la sociedad donde los hombres son libres. Para la inteligente dirección que esto necesita tiene que elegirse un hombre o un grupo de hombres selectos, porque aun cuando haya ángeles y arcángeles en el mundo invisible para nosotros, no están a nuestra disposición. Prescindiendo de las dificultades que la práctica universal enseña de depositarios del poder, e ignorando la inevitable tendencia hacia la tiranía o la opresión de los que mandan sobre los actos de otros, considerando simplemente, aunque los más sabios y mejores de los hombres fueran elegidos para tales fines, la tarea que pesaría sobre ellos para ordenar cuándo, cómo, dónde y por quién, que implicaría la dirección inteligente y la supervisión de las relaciones y ajustes casi infinitamente complejos y constantemente cambiantes que entrañaría una división del trabajo tal como la que hoy existe en una sociedad civilizada. Esto evidentemente está tan fuera de la capacidad de una dirección consciente como la correlación de los procesos que mantienen el cuerpo humano en salud y vigor están sobre este.

La idea del socialismo es grande y noble; y estoy convencido, de su posible realización, pero tal estado social no puede fabricarse, tiene que desarrollarse. La sociedad es un organismo, no una máquina. Solo puede vivir por la vida individual de sus partes. Y en el libre y natural desenvolvimiento de todas sus partes se conseguirá la armonía del conjunto.

El socialismo en todas sus fases estima que los daños de nuestra civilización provienen de la incongruencia y desarmonía de las relaciones naturales que tienen que ser artificialmente organizadas o mejoradas. En su idea atribuye al Estado la necesidad de organizar inteligentemente las relaciones industriales de los hombres como si fuera la construcción de una gran máquina cuyas complicadas partes hubieran de trabajar adecuadamente juntas bajo la dirección de una inteligencia humana.

Por otra parte, nosotros que nos llamamos a nosotros mismos partidarios del Impuesto Único (nombre que expresa meramente nuestras proposiciones prácticas), vemos en las relaciones sociales e industriales de los hombres no una máquina que requiere construcción, sino un organismo que necesita únicamente ser abastecido para crecer. Vemos en las leyes naturales, sociales e industriales la misma armonía que en los órganos del cuerpo humano, y que superan tanto al poder de la inteligencia humana para ordenarlas y dirigirlas como está por encima de la inteligencia del hombre ordenar y dirigir los movimientos vitales de su organismo. Vemos en estas leyes sociales e industriales una relación tan estrecha con la ley moral que tienen que nacer del mismo creador, y esto prueba que la ley moral es la guía segura del hombre donde su inteligencia sea ofuscada y marche a ciegas… Mirando al organismo corporal como análogo al organismo social y a las funciones propias del Estado como emparentadas con aquellas que en el organismo humano recaen sobre la inteligencia consciente mientras el juego de los individuales impulsos e intereses desempeñan funciones del mismo linaje que las encomendadas en el organismo corporal a los instintos inconscientes y a los movimientos involuntarios. El anarquista nos parece como los hombres que tratarán de marchar sin cabeza y los socialistas como los hombres que tratarán de regular las poderosas, complejas y delicadas relaciones internas de su cuerpo por la voluntad consciente.

Pero nos parece que el defecto del socialismo en todos su grados es la falta de radicalismo, de ir a la raíz… supone que la tendencia de los salarios al mínimum es la ley natural y procura abolir el salario; supone que el natural resultado de la competencia es abrumar a los trabajadores y trata de abolir la competencia con restricciones, prohibiciones y extensiones del poder gobernante. Así, confundiendo los efectos con las causas y abominando puerilmente de la piedra que le achocó, despilfarran las fuerzas luchando por remedios que cuando no son peores son triviales. Aunque si están asociados en muchos lugares con las asociaciones democráticas, sin embargo, su esencia es el mismo espejismo que padecieron los hijos de Israel contra la protesta que de su profeta, cuando pedían insistentemente un Rey. El espejismo que por todas partes ha corrompido las democracias y entronizado a los Monarcas que el poder sobre el pueblo puede ser usado para beneficio del pueblo; que puede idearse una maquinaria que mediante factores humanos conseguirá para el manejo de los negocios individuales más clarividencia y más virtud de la que el pueblo mismo posee.

Saltándose a las conclusiones sin esfuerzo para descubrir las causas, se deja de ver que la opresión no viene de la naturaleza del capital; sino de la injusticia a que roba el trabajo y el capital divorciando a éste de la tierra y que crea un capital ficticio que es realmente monopolizado. Se deja de ver que sería imposible para el capital oprimir al trabajo donde el trabajo tuviera libremente las materias naturales de producción; que el sistema de los salarios nace en sí mismo de la mutua conveniencia, siendo una forma de cooperación en la cual una de las partes prefiere un resultado cierto a uno contingente; y que lo que se llama la «ley de hierro del salario» no es la ley natural de los salarios, sino únicamente la ley de los salarios en esta antinatural condición en que los hombres están desvalidos porque se hallan privados de los materiales para vivir y trabajar. Se deja de ver, que lo que tomamos equivocadamente por daños de la competencia son realmente los daños de una competencia restringida, son debidos a una competencia unilateral a la cual se ven forzados los hombres cuando carecen de tierra. Al paso que sus métodos, la organización de los hombres en ejércitos industriales, la dirección e intervención de toda producción y cambio por oficinas gubernamentales o semigubernamentales significaría, si se llevaran a su plena expresión, un despotismo egipcio.

En el socialismo en cuanto distinto del individualismo hay una verdad incuestionable –y es una verdad a la que se le ha consagrado poca atención, especialmente por aquellos que están más identificados con los principios del librecambio-. El hombre es primeramente un individuo –una entidad separada difiriendo de sus semejantes en deseos y poderes, y requiriendo para el ejercicio de estos poderes la satisfacción de aquellos deseos el juego individual y la libertad. Pero es también un ser social, que tiene deseos que armonizan con los de sus semejantes, y poderes que solo pueden ser ejercitados en una acción concertada. Hay así un dominio de la acción individual y un dominio de la acción social –algunas cosas que pueden ser hechas mejor cuando cada uno actúa por sí mismo, y otras cosas que pueden ser mejor hechas cuando la sociedad actúa por el conjunto de sus miembros. Y la natural tendencia del progreso de la civilización es hacer las condiciones sociales más importantes relativamente y ensanchar más y más el dominio de la acción social. Esto no ha sido suficientemente observados y en los tiempos presentes surgen indiscutiblemente daños de dejar a la acción individual funciones que por razón del desarrollo de la sociedad y el desenvolvimiento de las artes han pasado al dominio de la acción social, exactamente como, por otro lado, resultan indiscutiblemente daños de la ingeniería social a lo que propiamente pertenece al individuo. La sociedad no debe dejar el telégrafo y el ferrocarril a la dirección y regulación de los individuos ni tampoco debe la sociedad inmiscuirse en el cobre de las deudas individuales o intentar dirigir el trabajo individual.

Siendo el propósito primario y el fin del Gobierno asegurar los derechos naturales y la libertad igual de cada uno, todo asunto que implique monopolio está dentro del indispensable dominio de la regulación gubernamental, y los asuntos que por su naturaleza son monopolios completos entran propiamente en las funciones del Estado. A medida que la sociedad se desenvuelve, el Estado debe asumir estas funciones, cooperativas por su naturaleza, a fin de asegurar los derechos iguales y la libertad de todos. Esto es, decir que a medida que en el proceso de integración el individuo se hace más y más dependiente y subordinado al conjunto, se hace más necesario para el Gobierno que es propiamente el órgano social por el que puede actúan tan solo el conjunto de los individuos, tomar sobre si, en interés de todos ciertas funciones que no pueden dejarse tranquilamente a los individuos.

El Impuesto Único