Fairhope, la Colonia del Impuesto Único – Emile Armand en “Formas de Vida en Común sin Estado ni Autoridad”-

«Queremos hacer una realidad de las buenas teorías». A menudo se oye decir: En efecto, es una teoría que parece buena, pero temo que sea imposible en la práctica. Esta es una observación absurda en sí misma, pues una teoría verdaderamente buena debe ser realizable, pero la mejor prueba de su vitalidad es ensayarla. De ahí nuestra divisa. De ahí también esta última: «Y nosotros lo hemos conseguido»

Con esta escueta declaración de principios comienza un folleto, fechado en 1904, impreso en Fairhope también y redactado con objeto de dar una idea general de esta Agrupación de género especial. El 12 de noviembre de 1904, dos familias –nueve personas en total- abandonaron Desmoines, Estado de Iowa, juntándose primero en San Luis con otras dos familias llegadas a Minnesota, y luego con otra, en Mobile, procedente de la costa del Pacífico, y sin grandes dificultades llegaron, el 15 del mismo mes, a Battles (Alamaba), donde aun se les reunieron dos nuevas familias: la primera venía de Pensilvania, y la otra, de Ohio, esta última en carreta de bueyes. Durante algunas semanas, la pequeña Agrupación buscó a lo largo de la bahía de Mobile (Golfo de México) un sitio favorable para establecer una Colonia y este retardo tuvo por resultado atemorizar a más de la mitad de los componentes de la reducida tropa y alejarlos.

Los que restaron, perseveraron y eligieron un lugar ya empleado, alrededor de 1840, para la construcción de una ciudad, proyecto que no llegó a realizarse a consecuencia de una rápida baja en los precios de las tierras. En aquel punto, muy fértil, situado en la ribera de la bahía, la pequeña banda de batidores vació su bolsa, que contenía 771 dólares, para adquirir 66 hectáreas de terreno.

En 1914, Fairhope (Buena Esperanza) era la ciudad más floreciente de la orilla derecha de la bahía de Mobile; la población oscilaba entre 300 y 400 habitantes. Había 84 casas de vivienda, tres almacenes de provisiones generales (uno de ellos cooperativo), una mercería, una tienda de ultramarinos, un hotel excelente, dos droguerías, un dentista, una carnicería, una panadería, un molino de arroz, una serrería, una imprenta, un sastre, un zapatero, un peluquero etc.; hasta un templo, de bonita construcción, se elevaba en un terreno adyacente.

La Asociación Industrial de Fairhope, título oficial de la Agrupación, poseía 640 hectáreas de terreno, libres de todo cargo, cantidad que aumentaba continuamente; también tenía un embarcadero de 1.800 pies en la bahía, provisto en cada extremo de todo lo necesario para el almacenaje de mercancías, así como de establecimientos balnearios. Existía una distribución de agua, modesta aún, pero que permitía conducir el precioso líquido en tuberías a todas las calles, y, en fin, un gran edificio, donde estaba la sala de Juntas y la escuela.

Los fundadores de Fairhope mantuvieron sus promesas y llegaron a convertir en realidad tangibles «las buenas teorías».

Fairhope no es una colonia comunista. Es una Asociación de hombres y mujeres que poseen una determinada superficie de terreno y arrienda a cada uno de sus socios que haya abonado una cuota de entrada de 100 dólares, según contrato, por noventa y nueve años, parcelas de este terreno. De estas tierras, los socios hacen lo que mejor les parece y erigen las construcciones que les conviene; ejercen el comercio que les place y viven a su comodidad. El arrendamiento sirve para proporcionar a la Comunidad todas las utilidades públicas: agua, calefacción, fuerza motriz, escuelas, bibliotecas, salas de juntas, piscinas, parques, etcétera.

En el interior de la Colonia circulan, sin endoso alguno, bonos no a pagar, sino a recibir, valederos para las deudas de toda naturaleza de los miembros de la Sociedad (vencimientos de alquileres, fletes, derechos de muelle, gastos de almacenaje). Dichos bonos se intercambias entre los habitantes de la Comunidad, al mismo tiempo, lo que evita la circulación de dinero.

Los negocios de la Asociación son dirigidos por un presidente, un secretario, un Consejo ejecutivo, compuesto de cinco miembros, incluido el tesorero y tres fidecomisarios, todos elegidos por los socios de la Asociación.

Una petición formulada por un 10% de los socios es suficiente para que cualesquiera de los actos de los administradores, o la demanda emitida por los mencionados socios, sea sometida al examen de la Junta general. La continuación o el cese de un administrador es igualmente sometido a la deliberación de la Sociedad, siempre que la petición haya reunido a un 20% de los socios.

Por desgracia, carecemos del espacio suficiente para analizar cómo sería conveniente esta «municipalidad» modelo, que no garantiza a sus administrados el pan diario, no reglamenta la producción ni el consumo, pero les preserva de las influencias del partidismo, fraudes y corrupciones, les permite gozar de todas las mejoras públicas y les libra de todo impuesto.

El suelo es muy sensible a las materias fertilizantes, la extensa duración del buen tiempo permite conseguir muchas cosechas y los productos se venden fácilmente en los mercados de la América del Norte. Coles, guisantes, rábanos, lechugas, pepinos, arroz, avena, algodón, caña de azúcar y forrajes de toda clase se recolectan sin fatiga.

The Fairhope Courier –El Correo de Fairhope- órgano bimensual, tiene, a las personas que se interesan por la Colonia, al corriente de los acontecimientos que allí se desarrollan.

El artículo 9º de los Estatutos constitucionales, que pasamos a traducir, dará una idea de las condiciones en que se arrienda el terreno a los socios de la Comunidad.

«Art. 9º. De la tierra.

Sección 1ª. No habrá ninguna propiedad individual del suelo en la extensión de la jurisdicción de la Sociedad. La Asociación retendrá, a título de fidecomisario (administrador), los derechos de propiedad de todos los terrenos de la Comunidad.

Sección 2ª. Las tierras serán repartidas equitativamente y dadas en arrendamiento a los miembros de la Comunidad por un alquiler justipreciado cada año que igualará las diversas ventajas provenientes de la situación y las calidades naturales de los diferentes terrenos; este alquiler, integrado en la Caja de la Asociación, transformará en provecho común a todos los socios toda la plusvalía alcanzada por aquellos terrenos, que no provengan de los esfuerzos de sus arrendatario y de los gastos realizados por ellos.

Sección 3ª. Una vez firmado el contrato de arrendamiento, el arrendatario tendrá pleno y absoluto derecho al uso y control de los terrenos adquiridos, así como la propiedad y disponibilidad de todas las mejoras introducidas en el mencionado terreno y a los productos del mismo; esto, durante tanto tiempo como el arrendatario pague anualmente la renta fijada, como se ha dicho con anterioridad. El arrendador podrá terminar el contrato seis meses después de haberlo advertido, por escrito, a la Asociación, teniendo todos sus alquileres saldados.

Sección 4ª. Podrán cederse los arrendamientos, pero únicamente a los miembros de la Asociación. Las cesiones de arrentamiento serán inscritas en los registros del secretario, y por este solo hecho el adquiriente se convierte en arrendador de la Asociación.

Sección 5ª. La Sociedad tendrá derecho de prioridad sobre todas las tierras, arrendadas por sus socios, para el pago de los atrasos de alquiler.

Sección 6ª. Si uno de los arrendatarios tratara de pedir, o pidiera, a otro una cantidad mayor, por la utilización de un terreno determinado –aparte las mejoras-, que el arrendamiento que paga a la Asociación, el Consejo ejecutivo –desde el momento en que haya adquirido la prueba del hecho- aumentará el arrendamiento del terreno aquél a la cantidad en cuestión.

Sección 7ª. No se hará cosa alguna que pueda disminuir el derecho de propietario de la Asociación. En todos los contratos firmados, la Asociación se reserva el derecho de volver a tomar posesión del suelo arrendado, para utilidad pública, pagando todos los perjuicios sufridos por el arrendatario, que serán justipreciados por tres árbitros: uno, elegido por el Consejo de administración; el otro, por el arrendatario, y el tercero, por los árbitros nombrados».