El trabajo y la tierra

«Creemos que el primer deber del Estado es el procurar trabajo. En esto no hará aquél otra cosa que imitar a la Naturaleza, la cual espléndidamente provee al hombre de cuanto le es indispensable para satisfacer sus necesidades.» Esto dicen los políticos que se consideran más radicales.

¿No hay algún error de observación en esas palabras? ¿Y no dimanará de ese error una corriente de pensamiento que conduce a buscar los remedios de la miseria donde no están y, por consiguiente, donde no ha de encontrárselos ni país alguno los ha hallado? No es exacto que la Naturaleza provea ni haya provisto jamás a las necesidades humanas: permanece impasible ante las miserias y desnudeces del hombre; quien provee es el trabajo. Nuestro personal esfuerzo es el que arranca a la Naturaleza los medios de satisfacer nuestras hambres, de cubrir nuestros miembros, de fabricar un albergue contra las inclemencias de la propia Naturaleza.

Esta es como un gran depósito que encierra todas, absolutamente todas las cosas capaces de satisfacer nuestras necesidades, y cuyas fuerzas intrínsecas reponen lo que el hombre extrae. Pero el hombre tiene que tomarla por sí propio, mediante su trabajo. De esta colaboración fecunda, en que la Naturaleza es el elemento pasivo y el trabajo del hombre el activo, mana la riqueza que provee a las necesidades materiales del linaje humano y le permite, una vez satisfechas estas, desplegar las alas del espíritu.

Mas la Naturaleza se ofrece indiferente al trabajo de todos. Cualquiera que a ella se dirija para fecundarla con su esfuerzo obtendrá la grata respuesta. Y sin embargo, hay miseria. Muchos hombres padecen escasez y viven una vida miserable. ¿Es que no quieren trabajar? No piden otra cosa. Su paro es forzoso. ¿Es que las fuerzas intrínsecas de la Naturaleza se agotan? La ciencia ha aumentado increíblemente el poder productos de esas fuerzas, llevándolas a términos que hoy exceden los límites de las previsiones humanas. ¿Es que esas fuerzas, aun aumentadas, son insuficientes para satisfacer las necesidades de la humanidad? Está muy lejos el género humano de alcanzar el número que la tierra puede sostener; y aún regiones semidespobladas, como España, son las más miserables.

¿Por qué, entonces, la miseria? ¿Por qué el paro forzoso? ¿Por qué los hombres que necesitan no toman del depósito general, la Naturaleza, lo suficiente para satisfacer sus necesidades? La respuesta es clara: porque no les dejan. Están prontos al trabajo; pero el depósito les está cerrado. ¿Por quienes? Por los dueños de ese depósito. ¿En virtud de qué derecho? En virtud del derecho de propiedad sobre el suelo, fondo del cual, y mediante el cual todas las sustancias capaces de satisfacer las necesidades humanas han de ser extraídas. La colaboración de la Naturaleza y el trabajo se interrumpe, porque parte de los hombres se apropia la Naturaleza y cierra o restringe el acceso de los demás a ella; el resto de los hombres tiene que vender a vil precio su trabajo a los primeros que les permitan disfrutar de unas migajas de los bienes que de la Naturaleza manan; y cuando la codicia de éstos les lleva hasta negarles esas migajas, los desposeídos se ven lanzados al paro forzoso y condenados a morir de hambre.

No hay, por consiguiente, falta de trabajo, aunque en un lenguaje inexacto y falsamente científico así se diga. Trabajo habrá mientras haya hombres dispuestos a él y necesidades que satisfacer. Lo que hay es «falta de Naturaleza» porque está sustraída, esto es, porque está apropiada, monopolizada por algunos hombres. Si todo el suelo de España perteneciera a un solo hombre, este podría obligar al paro forzoso a todos los demás españoles, negándoles el uso de la tierra que a él le pertenecía exclusivamente, y aún podría obligarlos a evacuar España, negándoles la tierra en que tenerse en pie, como ocurre en las ciudades, aparte la vía pública. Pues lo mismo ocurre siendo los propietarios del suelo, no uno solo, sino cien mil, un millón, diez millones; estos pueden vivir; los otros diez millones tienen que rendir parias a los primeros, sin cuyo consentimiento no podrán comer ni vivir, y cada vez consiguen ese consentimiento con más usura, cobrando menos por su trabajo o pagando precios más altos por las cosas.

De que la falta no sea de trabajo sino de Naturaleza, se sigue esta conclusión importantísima: que el remedio contra el paro forzoso y, por consiguiente, el deber primordial del Estado no es el de procurar trabajo, como suelen decir nuestros socialistas de cátedra, interpretando la opinión dominante de Europa, apoyada por una Economía política falsa, absurda e impotente, sino proporcionar «Naturaleza». La misión del estado no es dar trabajo, sino evitar que otros impidan a los necesitados trabajar. Este impedimento consiste en esa apropiación de la tierra que da a unos, en perjuicio de otros, el monopolio de la fuente, sin que haya otra, de donde fluyen originariamente todos los bienes del mundo. Y como la manifestación económica de ese monopolio es la renta que el propietario percibe por permitir a los otros el uso de la tierra monopolizada, la acción del Estado combatiendo el privilegio propietario, acción liberal, no socialista, puesto que consiste en romper las cadenas de la esclavitud económica, y justiciera, porque acaba con una iniquidad, ha de dirigirse contra esa renta mediante la reforma del sistema fiscal.

He aquí cómo el remedio contra el paro forzoso no es el seguro ni la realización de grandes obras, sino la contención del alza de la renta obtenida del suelo por el simple vinculo jurídico. Contra el paro forzoso, como contra los padecimientos del proletario, harán más las reformas financieras inspiradas por las ideas georgistas, que todos los seguros imaginables. Para batir al monopolio de la tierra no hay que atacar la actual distribución de la propiedad territorial, rústica y urbana. Basta mermar o confiscar la renta, ya la percibida ya la potencialmente contenida en la propiedad y expresada por el valor en venta del suelo. Tomar este valor como base del impuesto, en vez de tomar el rendimiento de él obtenido mediante el trabajo: esa es toda la transformación que el sistema fiscal necesita para trasladar el gravamen desde el trabajo a la renta, desde la actividad al monopolio del suelo, que permite acumular fortunas en la ociosidad mientras la inquietud y la miseria se difunden.

Y así, el comienzo de las reformas sociales, lo fundamental de estas, reside en el Ministerio de Hacienda. Sin grandes trastornos, con variaciones muy leves en apariencia, desde él se pueden preparar los carriles de una revolución económica que el empuje de las necesidades individuales, servido por un trabajo libre de las esposas que hoy maniatan, convertiría en breve término y suavemente, con ventajas de ricos y pobres en una revolución social.

Baldomero Argente, 1915