¿El jornal mínimo o el impuesto sobre el valor del suelo? – El Impuesto Único – nº 26 – Febrero 1914

Cuando una cuestión como la del «jornal mínimo» surge en el terreno de la polémica, todo el mundo se asombra ante la declarada actitud de aquellos que oponen, como alternativa, la cuestión del impuesto sobre el valor del suelo. No hay duda alguna que tal actitud requiere cierta explicación, y yo me propongo en las presentes líneas explicar este asunto.

Nosotros creemos que la cuestión de la tierra es la cuestión fundamental y que el único método practicable de resolver los múltiples problemas que se nos presentan en la actualidad consiste en afrontarlos, en primer término, mediante la reforma de la propiedad del suelo.

En donde quiera que el acceso a la tierra es dificultoso, el trabajo se efectúa con una retribución escasa, y en donde ese acceso es fácil, esa misma retribución del trabajo es más elevada.

Nosotros sabemos que un jornal mínimo establecido mediante una ley, mejor que por mediación de las sociedades obreras son métodos, que podemos sentar por seguro, que no han de surtir eficacia alguna.

Las sociedades obreras han hecho exactamente lo mismo que muchas personas están invitando hacer al Parlamento; ellas han podido establecer el «jornal mínimo» en cuanto al dinero, pero no lo han podido ni podrán impedir la elevación de la renta de las casas, la de los impuestos locales y la de los precios de las provisiones.

La cuestión que se ha presentado frente a las clases trabajadoras es la competencia del trabajo sin ocupación, proveniente del monopolio de la tierra. La institución del jornal mínimo no hará que el que no tenga empleo lo encuentre; tampoco puede llevar a efecto la destrucción del monopolio de la tierra, ni impedir la elevación del coste de la subsistencia.

Los trabajadores se alimentan de la tierra, viven sobre ella y se emplean en la tierra, y en donde esta está substraída al uso, allí hay menos alimento, menos casas en condiciones y menos negocios de los que debiera de haber. El pequeño costo de retener las tierras es lo que hace posible ese retenimiento hasta la extensión a que ha llegado en la actualidad. Cualquiera adición al costo de retención de la tierra tendrá una tendencia a disminuir ese lujo aún para los hombres muy ricos.

La acción del impuesto sobre la tierra, forzará a emplearla dedicándola al mejor uso posible, y de esa suerte ofrecerá mejores oportunidades para emplearse; y por otro lado, la liberación de las cargas sobre las mejoras y los productos de la industria, vigorizarían el espíritu de empresa y el progreso.

En tanto que no se destruya el monopolio de la tierra mediante los impuestos sobre el valor de la misma, una elevación cualquiera en el tipo general de los jornales, si no va acompañada de la elevación consiguiente del costo de las subsistencias, será de seguro absorbida por la elevación de la renta. Los partidarios de la evaluación del suelo no dicen que la destrucción del monopolio de la tierra, bajo la presión de los impuestos es la única reforma, sino que ello constituye la primera y esencial reforma, sin la cual todas las demás serán infructuosas.

En el punto culminante de toda la producción está el hombre, que tiene el privilegio legalizado de decir: «No podréis producir, sino bajo las condiciones que yo os imponga.» ello es ese poder de rehusar las oportunidades de la Naturaleza al trabajo, de despojar a los trabajadores de la condición de emplearse a sí mismos, y que reduce el trabajo a la condición de una esclavitud económica, dependiente del terrateniente para encontrar ocupación.

El jornal mínimo natural, es el que el trabajo operaría por si propio, al ocuparse en las oportunidades que la naturaleza ofrece, pero los dones de esta no están a la disposición de aquellos que necesitan usarlas.

El trabajo despojado de esta suerte de su tipo de retribución natural, es forzado a una competencia artificiosa para vender su poder de producción al precio que él puede demandar.

Su poder natural de transacción en pacto con el terrateniente por el servicio que él puede prestar es de este modo destruido, y no puede por lo tanto demandar una buena recompensa, o en otras palabras, un jornal decente.

De aquí la necesidad aparente del jornal mínimo, más a buen seguro, que el sentido común dictaría a cualquiera que el medio mejor sería dejar libre al trabajador primero, y después ver si era necesario aún un mínimo de jornal.

Un terrateniente decía en una ocasión al que escribe estas líneas: «Si se dejara a estos bribones poseer su pedazo de tierra, no los podríamos obligar a que trabajasen por nuestra cuenta, cuando los necesitásemos.» he aquí la génesis del problema social.

Este es el rasgo saliente de esa servidumbre económica que extiende su perniciosa influencia a través de toda la masa industrial, y hasta que este poder de crear siervos sea destruido, todos los esfuerzos que se hagan para mejorar la condición de estos siervos de un modo artificial tan sólo resultarán perfectamente inútiles.

El punto de vista de los partidarios de la tributación sobre el valor del suelo, puede ser ilustrado con una analogía. En primer lugar se puede decir de nuevo que la tierra es la fuente o el depósito de donde toda riqueza ha de ser producida, y que el rasgo más saliente de esa producción es el privilegio legalizado que despoja al trabajo de su natural oportunidad para producir, puesto que ello representa en la actualidad un privilegio que el trabajo no puede alcanzar, mientras subsistan las condiciones presentes. Este hecho de indiscutible transcendencia es el que trastorna las relaciones económicas entre el capital y el trabajo, y esta es la injusticia fundamental que debe ser remediada antes que toda otra cosa cualquiera pueda surtir provecho alguno.

Supongamos ahora que una sociedad o comunidad cualquiera recibiese su provisión de aguas de cierta fuente, y que en el punto de arranque de ella, es decir en su nacimiento, se contaminasen sus aguas por una suciedad cualquiera. La infección se manifestaría inmediatamente bajo diferentes formas de males físicos, a lo que seguiría el mal social proveniente de la incapacidad para ejercer el trabajo.

La pobreza y la miseria serían inevitablemente los efectos que se sintiesen, y no hay duda que no faltarían buenas gentes que procurarían mitigar las terribles consecuencias. Y en tanto que la representación o gobierno de esa comunidad dedicaba todos sus esfuerzos a conseguir la extirpación de esos perniciosos efectos, otros hombres dedicados a inquirir sus causas, la hubiesen en efecto descubierto, y puesto de manifiesto la contaminación por la inmundicia, proclamaban que lo primero que había que hacer, como único remedio esencial, sin el cual los demás no surtirían efecto real, era acabar con la infección, removiendo las causas que la producían.

La representación o gobierno de aquella comunidad llegaría a admitir como hipótesis probable que aquello sería sólo un factor del mal, más siguiendo su costumbre corriente llegaría a decir que el problema era tan intrincado y complicado, que era necesario atajarlo con un espíritu verdaderamente científico.

Al momento se mandarían hacer estadísticas para poner de manifiesto la extensión del mal; se inquiriría el número de los atacados del mal en cada caso, con el fin de ver cuántos hospitales serían necesario construir; se llegaría a tomar acuerdos de gobierno en beneficio de los pacientes que no pudiesen procurarse cómodo albergue; se procuraría establecer un «jornal mínimo» en beneficio de aquellos cuyos rígidos brazos estuviesen debilitados por una sangre emponzoñada; la simple remoción de una causa, se juzgaría inadecuada para afrontar la situación, por el hecho de que la «constante mención de la infección creaba cierta especie e cansancio.» Se continuaría diciendo que existían otras causas, que el obsesionado con la única idea de la infección, no había pensado siquiera.

Una de las causas principales de la espantosa miseria, que se observaba, se diría que obedecía a que el pobre bracero estaba demasiado débil para trabajar; y por lo tanto que debía hacerse algo para remediar los efectos debidos a esta causa, y aún para atacar la causa en si misma instituyendo un tratamiento médico de carácter nacional, y así todo a este tenor.

Entre tanto el «pobre hombre» obsesionado con la única idea de la infección, como causa de todo el mal, haría todo lo que sus fuerzas le permitiesen, con el fin de hacer palpable la razón que le asiste, con la esperanza de que más tarde o más temprano se le habría de escuchar. Cuando una infinidad de cosas se hayan ensayado infructuosamente, el partidario de la «idea única» tendría la satisfacción de ver que la comunidad adopte una actitud llena de cordura; y el sillar que el arquitecto rechazó un día llegará a ser la piedra angular del edificio.

 

Chas. H. Smithson