El “Impuesto Único” y el movimiento social contemporáneo – El Impuesto Único – nº 92- Agosto 1919

Todo problema social es un problema de Derecho

Una reivindicación social es, en último término, una reivindicación jurídica.

Si los problemas latentes en el seno de nuestras sociedades son tan numerosos es porque toda legislación humana, al igual que el Código Napoleón –código capitalista y burgués-, se reduce a un conjunto de verdaderas drogas jurídicas.

He dicho «numerosos problemas»; en realidad no hay más que dos, de los cuales son simples modalidades todos los restantes: uno, de carácter nacional, es el problema obrero en toda la amplitud de esta palabra, es el problema de la miseria; otro, de carácter internacional, es la guerra, la lucha armada entre loes Estados. Y aun estos dos últimos, por obedecer al mismo fundamento etiológico, son simples aspectos de un solo y gran problema: es el gran problema de la libertad.

Vana es la libertad del individuo en tanto no rompa las cadenas de medicinesfinder la esclavitud económica que le ahoga; es fantástica la libertad de los pueblos mientras no desaparezca la posibilidad de un ataque violento de Estado contra Estado por obra de gobiernos impopulares e inmorales.

En uno y otro caso hay flagrante usurpación. El Derecho, función de todos, se hace monopolio de unos cuantos. Y de este modo, los despojos material y jurídico del conjunto, se hacen a la par que inicuos perfectamente legales.

Porque, a pesar de ser una vil suplantación, la legalidad ha importado siempre a explotadores y a explotados bastante más que la justicia. A los unos para amparar hábilmente los pasados expolios y justificar los siguientes; a los otros por tomar erróneamente el efecto por la causa. La legalidad se relaciona con la justicia como las reglas del arte con la belleza, su antecedente.

Cuando el poder legislativo residía en una Divinidad que se dignaba con frecuencia revelar al hombre las leyes porque había de gobernarse, natural era que la justicia fuese derivada de aquellos principios inapelables bajados del cielo a la tierra de modo sobrenatural. Mas luego que se vio cómo ese poder legislativo pasaba sucesivamente de Dios al monarca su representante, a las oligarquías religiosas y profanas, a las clases aristocráticas, a la gran masa del pueblo, el error quedó de cuerpo presente y expresamente, reconocido. Si el derecho práctico era aplicación del legislativo este derivaba del teórico que a su vez era inspiración del consuetudinario. No hacían los códigos la justicia; era esta la que daba fuerza y poder a aquellos.

La distinción del equívoco en tiempos pasados fue la señas del comienzo de la lucha por el Derecho, hoy en periodo álgido, entre las distintas escuelas político-sociales que aspiran a realizar la justicia llevándola a la legislación, por un lado, y la legalidad justificando falsos poderes, por otro.

Es el duelo entablado entre los neófitos jurídicos, como dice Picard, calificados de anarquistas y revolucionarios que «hacen sitio» al derecho nuevo, y sus adversarios los neófobos, tildados de conservadores y reaccionarios, que, encontrándose en una situación jurídica conveniente a sus egoísmos, entienden se ha hecho demasiado y quisieran retroceder.

Y ¿qué enconado entusiasmo no se pondrá a contribución en estas luchas cuando, luego de tantos esfuerzos en el mitin, el libro, el periódico para conseguir una reforma legislativa, muchos de los nuevos derechos que se daban por efectivos resultan irrisoriamente nominales?

¿De qué sirve estar investido de un derecho, tener su titular, poseer su goce en una palabra, si circunstancias exteriores me impiden usar de él, ponerlo en ejercicio? La distinción entre el goce y el ejercicio de un derecho tiene una importancia práctica grandísima. Si suponemos un obrero en los límites del hambre ¿de qué le sirve su libertad para pactar con el patrono? ¿De cuántos de nuestros flamantes derechos tenemos el ejercicio?

Da pena aventurarse por el campo interminable del Derecho. Todo es irritante quimera.

¡Derechos civiles, políticos, administrativos, derechos mercantiles, constitucionales…!

¡Todos poseemos en principio, muy pocos en esencia!

¡Todo apariencia engañosa!

¡Todo inquietante ficción!


 

Hay más; hay más aún:

De todas esas injusticias por omisión podemos añadir otras muchas referidas a las aberraciones del Derecho. Consisten estas en ampliar desmesuradamente, o bien restringir en importancia, cada uno de los cuatro elementos esenciales de todo derecho. Cuando el sujeto, el objeto, la relación, la coacción no se encuentran en la debida armonía la Justicia se aleja indefinidamente.

El Derecho, entonces, es, según Edmundo Picard –de quien tomamos las ideas directrices-, es un cómodo medio de inicuo despojo y explotación abominable.

¡Es una última prostitución del Derecho!

Aberración del sujeto del Derecho: Supongamos un hombre de cualquier condición que sea. Si restringimos su importancia como sujeto de derecho, puede ir descendiendo hasta quedar convertido en puro objeto. Es el paso del ser libre al esclavo. Si por el contrario, exageramos su importancia como tal sujeto, el equilibrio queda también roto; es la excesiva libertad del poderoso elevándose gradualmente sobre los derechos hollados de los débiles. Cayó la afrentosa esclavitud política que le siga la económica y la del odiosos monopolio.

Aberración del objeto: Entre los romanos las obras del espíritu inspiraban tan escaso aprecio que las creían indignas de ser consideradas como objeto de derecho. Hoy, en cambio, hay una cosa a la que se ha ido otorgando estimación tan grande que inmerecidamente ha pasado a la categoría de objeto de derecho: es la tierra cuya posesión es de todos, pero la propiedad de nadie. Y tan aberrativo como hacer de la tierra un objeto de derecho real es hacer del impuesto objeto de derecho de obligación.

Aberración en la relación jurídica: Depende esta de la acción más o menos vigorosa que se otorgue al sujeto sobre el objeto y de la libertad con que pueda usar y disponer de él. Es el uso y abuso de torturas en derecho penal; es la patria potestad organizada en provecho del padre y no del hijo; las ventajas múltiples otorgadas al préstamo hipotecario; es la gran libertad en las sucesiones para transmitir la riqueza sin medir antes el valor de quienes heredan. En esto último cuadraban perfectamente las limitaciones legales de la propiedad, en tanto llega el régimen georgista.

Aberraciones en la coacción: Restringid unos puntos la coacción y el Derecho se desvanece; exageradla en pocos grados y veréis al derecho de la fuerza sustituyendo a la fuerza del derecho. Los papeles se han trocado: no es la fuerza al servicio del Derecho, es el Derecho maniatado a las órdenes brutales de la fuerza. Suspendida la ley, el despotismo y la tiranía entran en acción.


 

Cuando estas aberraciones son numerosas, el malestar social, medida indirecta del estado del Derecho y la Justicia de un país, se manifiesta; el descontento cunde, la indignación general estalla… El equilibro del conjunto está roto…

¡Es el Derecho que se había truncado!

¡Es la Cuestión social que sangra!

 

Bruno Santo Domingo