El derecho al uso de la tierra – Democracia contra Socialismo – Max Hirsch

 

 

Siendo el área superficial seca de la Tierra el único medio por el cual la Naturaleza externa se hace accesible al hombre; no sólo su residencia y basamento, sino también el medio por el cual tiene acceso a todas las materias que, mediante el ejercicio de sus facultades, transforma en objetos adecuados para satisfacer sus deseos y sustentas su vida, claro está que la libertad para usar la tierra es condición indispensable del ejercicio de las facultades humanas y del mantenimiento de su vida. De aquí que el derecho al uso de la tierra sea un derecho natural cuya negación implica la negación del derecho al ejercicio de toda facultad, esto es: la negación del derecho a la vida.

Limitado el derecho de cada uno al ejercicio de sus facultades solamente por el derecho igual de cada uno de los demás y dependiendo el ejercicio de cada facultad del uso de la tierra, síguese que el derecho de cada vual al uso de la tierra está limitado únicamente por el derecho igual de cada uno de los demás. El derecho natural al uso de la tierra es, por consiguiente, un derecho igual inherente a todos. Si solo hubiese un hombre sobre la Tierra, evidentemente sería libre de usa toda la tierra; el derecho de todo hombre sucesivo para hacer lo mismo tiene que ser igual al del primero. Esta razón no puede ser cambiada por ninguna posterior multiplicación. De todos los millones de seres que habitan actualmente la Tierra, cada hombre es libre para usar toda la tierra o cualquier parte de ella con tal de que no infrinja el derecho igual de cualquier otro. E inversamente, es igualmente verdad que ninguno de ellos puede usar la tierra de tal modo que impida a cualquier otro hacer un uso análogo. Porque hacer eso implica reclamar para el ejercicio de sus facultades mayores oportunidades de las que pueden disfrutar los demás.

La tierra, por consiguiente, es propiedad común de todos los hombres –propiedad común de todos los hombres vivientes ahora, sometida a los iguales derechos de todas las generaciones venideras. Porque exactamente lo mismo que los seres humanos ahora vivientes necesitan usar la tierra para ejercitar sus facultades y sustentas sus vidas, las generaciones humanas sucesoras lo necesitarán para sustentas las suyas. El niño que nazca mañana o en el año próximo o en el siglo venidero tendrá, por consiguiente, a su vez, el mismo derecho a luso de la tierra que cualquiera de los que ahora habitan el mundo. Ningún arreglo hecho, ni siquiera por concierto de todos los seres vivientes, puede privar a ningún miembro de ninguna generación futura de sus derechos iguales al uso de la tierra. Porque tal arreglo, si fuera impuesto, agravaría la ley de la libertad igual, privaría a algunos de sus derechos a una oportunidad igual para el ejercicio de sus facultades y mantenimiento de sus vidas, atropellaría la ley de que cada adulto experimenta las consecuencias de sus propios actos y haría todo esto por decreto de alguna generación pasada convertida en dueña de todas las sucesivas generaciones.

La justicia, por consiguiente, condena la propiedad privada de la tierra. Porque si una porción de la superficie terrestre, aunque sea pequeña, puede convertirse justamente en propiedad privada, todas las porciones podrían igualmente ser convertidas en propiedad privada y, por consecuencia, el conjunto de la tierra puede ser hecho propiedad privada de algunos hombres. Así como la propiedad privada de una porción de la tierra implica el derecho al exclusivo uso de esta porción, la propiedad privada de toda la tierra implicaría igualmente el derecho al uso exclusivo del conjunto de la tierra. Todos los no propietarios, en estas condiciones, carecerían de derechos al uso de ninguna parte de la tierra, no tendrían derecho a vivir sobre ella. Estando aquí, únicamente, por tolerancia, pendientes del permiso de los propietarios para hallar una oportunidad con que sustentas sus vidas, los propietarios podrían negarles dicho permiso sin ninguna infracción de la justicia. Como simples intrusos en la tierra, los propietarios de la tierra podrían justamente arrojarlos de la tierra, esto es: condenarlos a la muerte inmediata. Si, pues, justamente toda la tierra puede ser propiedad privada –proposición que va contenida en la afirmación de que una parte de ella puede ser hecha propiedad privada- niégase la ley de la libertad igual. Porque aun cuando los propietarios de la tierra permitiesen habitualmente su uso a todos los demás, los últimos no tendrían derecho alguno a dicho uso; dependerían de ese permiso para el ejercicio de sus facultades y el mantenimiento de sus vidas. Notoriamente aquellos que necesitan el permiso de otros para el ejercicio de sus facultades y la continuación de sus vidas no pueden tener igual libertad que aquellos otros. Por lo contrario, los otros son dueños absolutos y estos esclavos sin ningún derecho.

Aunque aún no es propiedad privada toda la tierra, las más valiosas partes de ella están apropiadas. Como consecuencia, numerosos seres humanos en todos los países civilizados están privados de su derecho igual al uso de la tierra. Necesitan el permiso de otros para el uso de toda oportunidad, para ejercitar sus facultades y mantener sus vidas. Las condiciones que surgirían, si toda la tierra fuese apropiada privadamente, han surgido en la actualidad en los países civilizados por la apropiación privada de toda la tierra de tales países. Porque aun cuando en otras partes queda aún tierra no apropiada privadamente, está demasiado lejos o es demasiado poco productiva para permitir que la mayoría de los no propietarios escape a las condiciones que prevalecen en su país. En todo país civilizado la mayoría de los no propietarios, por consiguiente, está privada de sus derechos al uso de sus facultades para mantener sus vidas, mientras que entre los propietarios mismos existe la mayor disparidad de derechos. Unos pocos dueños de más o menos extensas áreas de tierra utilizable, disfrutan oportunidades que exceden mucho de lo que pudiera asignarles la equidad; la mayoría, poseyendo pequeñas áreas de corto valor, disfrutan oportunidades menos extensas de aquellas que la equidad asignaría. Lo que requiere la justicia, el reconocimiento del derecho de todos a oportunidades iguales en el ejercicio de sus facultades respectivas, está absolutamente negado en todos los países civilizados.

Esta negación de la justicia, esta derogación de los derechos fundamentales, ha surgido, existe y continúa existiendo no a pesar del Estado, sino mediante la directa acción del Estado. Como demostraremos en el próximo capítulo, el Estado, por un persistente proceso de fuerza y de fraude, ha creado la propiedad privada de la tierra y ahora la mantiene por la fuerza. Donde la policía y el ejército no están prontos a mantener las pretensiones de los propietarios privados, la institución de la propiedad privada no se mantiene por sí misma. Los hombres que cultivan o de alguna otra manera usan la tierra no pagarían durante mucho tiempo a otros por el privilegio de usarla, si el Estado no los obligase. Aún menos habría hombres que, buscando oportunidades para sustentas sus vidas, respetasen vastas áreas de tierra utilizable que permanecen sin usar mientras ellos perecen de inanición.

El Estado, por consiguiente, no sólo es culpable por desdeñar uno de sus fundamentales deberes impidiendo que la propiedad privada de la tierra continúe, sino que comete la injusticia positiva de mantener esa injusta condición. Sin embargo, como el deber primario del Estado es mantener la justicia, impedir toda infracción de los derechos iguales de todos sus miembros, el Estado tiene la obligación de forjar e imponer reglas que salvaguarden el derecho igual de cada uno de sus miembros al uso de la tierra nacional. No sería difícil hacerlo. La oportunidad que cada pedazo de tierra ofrece para el ejercicio de las facultades se mide por su valor; el producto del ejercicio de las facultades sobre cualquier pedazo de tierra se mide por el valor de dicho producto menos el valor en renta de tal tierra. No teniendo valor en renta, bajo condiciones naturales, la tierra que ofrece menos valiosas oportunidades entre la que puede utilizarse, el valor en renta de toda tierra superior es la medida de la oportunidad superior inherente a ella. El Estado, al tomar para fines comunes el valor anual en renta de toda la tierra, igualaría todas las oportunidades naturales y mantendría el derecho igual de todos al uso de la tierra. Todos tendrían una oportunidad igual para usar cualquier parte de la tierra y aquéllos que obtuvieran el privilegio de usar oportunidades superiores pagarían a los demás plena compensación por el especial privilegio a ellos concedido.

Un ejemplo aclarará esto: Un padre deja a sus tres hijos en común una propiedad consistente en tres casas de desigual valor. Cada uno de los hijos necesita habitar una de las casas, y surge la cuestión de cómo ha de mantenerse el común derecho de los tres, al propio tiempo que se le otorga a cada uno el uso de una casa. Lo solucionan de esta manera: Cada uno de ellos hace una oferta de la renta que pagará por el uso de una o más de las casas. Al comenzar las ofertas se halla que la renta más alta ofrecida por la casa más amplia es de 150 libras, y ha sido hecha por el mayor. A este, por consiguiente, se le concede el uso de dicha casa. El hermano siguiente ofrece la más alta renta por la segunda casa: 100 libras, mientras que el más joven ha ofrecido una renta de 50 por la casa más pequeña. Se les ha concedido, por consiguiente, el uso de dichas respectivas casas. La renta de las tres casas, 300 libras en total, se coloca en un fondo común y se divide igualmente entre los tres, recibiendo cada uno de ellos 100. Patentemente, este procedimiento pone a salvo el derecho igual de todos ellos sin ninguna limitación de la libertad de cada uno.

Que el derecho igual de todos los miembros del Estado al uso de la tierra puede igualmente salvaguardarse, que tal sistema puede ser aplicado sin que el Estado imponga limitación ninguna al uso individual de la tierra y manteniendo plenamente la propiedad individual de toda mejora hecha sobre la tierra se verá por entero en la Parte V, cuanto tratemos de lo que es conocido como el Impuesto Único. A nuestro propósito actual basta con haber demostrado que la justicia no puede admitir ninguna propiedad privada de la tierra y que imperativamente demanda que el Estado restaure a cada uno de sus miembros en su inherente e igual derecho natural al uso de la tierra.