El concepto de la libertad –El Impuesto Único – nº 68 – Agosto 1917

La libertad, como la esclavitud, la pobreza, la depravación, la belleza, etc., es uno de aquellos conceptos que los hombres han idealizado, y le han aplicado un nombre con el objeto de usarlo con mayor facilidad en el lenguaje. No creo sea capaz de una definición. Como los elementos simples de la química, que no son compuestos de otros elementos, el concepto de libertad no es un compuesto de conceptos más simples. Pero como todas las cosas abstractas, debe significar una condición –la condición en la cual un hombre ejerce sus facultades sin que otro intervenga o se lo impida. La libertad, en su significado más amplio comprende todos los poderes o condiciones de un hombre que pueden ser afectados por la actividad o la vida de otros hombres. Vida, libertad, propiedad, consideradas como la posesión de un hombre, y las leyes que tendrían que gobernar y dirigir a los hombres en sus mutuas acciones respecto a la vida, la libertad y propiedad, deben ser determinadas por la ciencia de la política.

La teoría corriente –casi como axioma- nos hace creer que hemos conquistado el máximum de libertad, o mejor dicho, que somos hombres y ciudadanos libres. La revolución norteamericana y la francesa proclamaron la igualdad de los derechos del hombre. Italia hizo su unidad y va completándola. La América latina se independizó de España y Portugal. Un adagio inglés dice que no hay esclavos sobre el suelo británico. Todos duermen ese sueño de libertad. Un americano y un suizo me preguntaron un día: ¿qué más se puede desear después de repúblicas tan libres como la de Washington o la de Guillermo Tell? El francés canta su marsellesa con la ingenuidad de quien está seguro de haber abolido tiranos y tiranías. Los himnos patrióticos de las repúblicas sudamericanas se jactan de haber roto cadenas y expulsado tiranos.

Es criatura bien curiosa el hombre. Se dice que los deseos, las aspiraciones de la humanidad se dirigen siempre con la impaciencia hacia la libertad; sus luchas, su martirologio, se desarrollan por la conquista de la libertad; sin embargo, en la inmensa mayoría de los hombres y de las naciones, esas aspiraciones, no bien llegan a realizarse en parte, se cristalizan por generaciones y por siglos. Resuelto un problema, dado un paso en el campo de la libertad, se extinguen todas las aspiraciones, el ideal parece haberse conseguido. El pensador que sugiere y demuestra que esa no es más que una etapa recorrida, muere mártir o despreciado. Se diría, al contrario, que el hombre ha nacido para ser esclavo.

La libertad, afirmamos, es el respeto al derecho natural y de ese derecho natural no hemos hecho más que una abstracción deducida de nuestros códigos civiles y criminales, de nuestros tratados de derecho público y privado, y de nuestras aspiraciones morales y políticas. Cada estado social, cada época tiene sus aspiraciones, desde las castas privilegiadas de Egipto y de la India, desde Platón y Aristóteles, que admitían la esclavitud como de derecho natural, hasta las utopías igualitarias de la revolución francesa que a una igualdad imposible sacrificó la verdadera libertad, y a las utopías anárquicas de nuestra época; todas han vagado de uno a otro período de la historia, sin que el hombre haya sabido conquistar el respeto exacto al derecho natural.

El contrato social y la proclamación de los derechos del hombre costaron ríos de lágrimas y de sangre; pero en nombre la libertad no se ha dejado de cometer crímenes. Se gobierna en nombre del pueblo, mas no para el pueblo; todo se maneja desde el centro de una burocracia activa y siempre intrigante.

Hemos alcanzado desde años la emancipación en la palabra, en el pensamiento, en la prensa; pero necesitaremos otra revolución para conseguir libertad de acción. ¿Qué han hecho nuestras legislaciones? Hay actos que naturalmente son crímenes como el robo y el asesinato. Son actos criminales anteriores a toda legislación e independientes de cualquier ley humana escrita. Son actos que la legislación de un país debe prohibir y castigar.

Pero no hay acto más inocente que la compra de un producto en una nación y el transporte de ese producto a otro país; porque el comerciante gana legítimamente su utilidad, y los habitantes encuentran en ese cambio su conveniencia. Sin embargo, la legislación dispone que tal transporte no debe ser permitido, y que el hombre que persiste en eso debe ser llamado criminal y tratado como criminal. Esa legislación crea de esa manera nuevos delitos, y decreta un tipo artificial de moralidad, obliga y estimula al contrabando; y el hombre que vive en continua violación de la ley, transforma su carácter, se vuelve un pervertido, y viola otras leyes que son realmente morales. ¿Es esto un respecto a los derechos naturales? ¿Se llama esto una conquista de la libertad?

Una de las formas de la libertad de acción es el trabajo. El trabajo es esencialmente propiedad privada; tiene un valor, y la tierra también tiene un valor. Un hombre tiene derecho a la tierra tanto como otro. Trabajo y tierra son susceptibles de impuestos. El impuesto a la tierra no es el impuesto al hombre; porque la tierra produce según la ley natural más de lo que vale el trabajo empleado sobre ella, y por eso los hombres pagan sin dificultad una renta sobre la tierra. Cuando l atierra es monopolizada, el dueño se apodera de ella y del trabajo del hombre –trabajo que se supone debe ser propiedad del trabajador-.

Cuando el Estado necesita recursos, no es de la tierra de donde los saca. Es una pequeña parte la que el Estado toma de ella para sufragar los gastos de las funciones y servicios públicos. Los demás los paga el trabajo. Este método usado hoy en día por todos los países que se dicen civilizados, implica una cadena de hechos que en último análisis roban al trabajo; le roban lo que le pertenecen, roban lo que es propiedad legítima. Y ofenden la libertad del trabajo, no solamente porque ofensa de la propiedad es ofensa de la libertad, sino que ese robo del trabajo comprende una serie de trabas para la producción. A pesar de todo, estamos tan acostumbrados a esa forma de tiranía, que ninguno protesta. La vía indirecta es el bálsamo que dulcifica esa esclavitud. Si a cada ciudadano se le pidiera una pequeña contribución en el momento que consumo y produce, la torpeza humana hubiera sido sacudida hace tiempo. El sistema de impuestos indirectos nos quita suavemente el último bocado y el último trapo sin que pensemos en rebelarnos.

Esta dulce tiranía adormece la conciencia y la dignidad, más que en las comunidades monárquicas, en Inglaterra y en las comunidades democráticas, donde parece consagrada por el hábito y por las leyes la libertad de pensamiento y la libertad de prensa. La esclavitud industrial ha sustituido la esclavitud personal en una forma más insidiosa, que no deja sentir el peso de sus cadenas.

No somos los defensores del proletariado, del trabajador manual solamente. Luchamos por la libertad económica del hombre. Libertad de producción trae como consecuencia justicia de distribución. Habrá siempre estúpidos perpetuos que creen que no es de buen tono estudiar y buscar los medios para que una inmensa mayoría tenga libertad de acceso a las conveniencias o elementos naturales de la producción. Estos bajarán a la tumba sin entender que todo el organismo de la civilización moderna está construido de una serie de cambio de comodidades en las que está incorporado el trabajo, desde la más indispensable a la más lujosa de ellas, y que si éste cambio es libre, la sociedad es industrialmente libre e igual; si este cambio es forzoso, parcial, desigual, la comunidad se basa sobre la injusticia y la esclavitud.

La reforma social que no facilitan este cambio, no se ocupan de las causas de la esclavitud; se ocupan de los resultados o efectos. Los programas políticos harán de algunos hombres unos siervos más ricos y más eficaces; nunca los harán libres. De esta manera las legislaciones haciendo la esclavitud más suave en un pequeñísimo número, siguen perpetuándola. Las instituciones de caridad ablandan aquí y allá las asperezas de la miseria, pero rebajan la dignidad humana. Las pensiones a los viejos y a los inválidos, las cocinas económicas, la asistencia médica gratuita, la reglamentación de la hora de trabajo, la determinación del salario mínimo, no rompen ninguna de las cadenas de la esclavitud industrial.

Y mientras todas las repúblicas americanas siguen despobladas, con una cifra aterradora de analfabetismo y de ignorancia en las provincias, con el cortejo de los males de la miseria y del hambre crónica en los centros de aglomeración y de pseudo-civilización, levantamos himnos a la revolución francesa y a los aniversarios en que se escribieron constituciones bonitas pero nunca respetadas, a semejanza de la plebe veneciana que danzaba inconsciente sobre sus tumbas.

 

Félix Vitale