ECONOMISTAS: ignorantes sin ilustrar o la barbarie letrada al servicio de la destrucción de la civilización

Prólogo de Fernando Scornik Gerstein para la traducción al español del libro Boom Bust y la recesión de 2010 de Fred Harrison.

 

 

 

“He aquí el tinglado de la antigua farsa”… La frase con que comienza Jacinto Benavente su prólogo a “Los Intereses Creados”, puede muy bien aplicarse al desolador panorama que ha ofrecido la Ciencia Económica en casi todos los países, pero muy especialmente en España. También – como dice Don Jacinto en su prólogo – el discurso económico durante los años del “boom” embobó a los “simples villanos” – o sea a los modernos ciudadanos – y alguna vez subió la farsa a “palacios de príncipes, altísimos señores” – es decir a la clase política y a los gobernantes.

La mayoría de los economistas – en España casi todos, tanto en la izquierda como en la derecha – permaneció en silencio frente a la pendiente y al estallido final al que conducía inexorablemente la llamada especulación “inmobiliaria”. Todos se miraban alborozados frente a un crecimiento de valores – que no de riqueza – que incrementaba el patrimonio de los felices propietarios de bienes inmuebles.

Cuando alguno habló, no fue – salvo contadas excepciones – para aclarar, sino para confundir. Así, estos escasos críticos se referían precisamente a “especulación inmobiliaria”, como si lo que incrementara de valor fuera el read more at “inmueble”, es decir un conjunto en que se confundían tierra, ladrillos y cemento.

Sabemos – y Fred Harrison lo puntualiza con precisión – que los ladrillos y el cemento – es decir la construcción – no aumenta de valor con el tiempo, sino que se desprecia. Los edificios valen menos cuanto más envejecen. Lo que aumenta de valor es la tierra, el sitio donde se edifica. La llamada “especulación inmobiliaria” ocultaba la realidad: con lo que se especulaba era con la tierra. En España – jaqueada por una política demencial en materia de acceso a la tierra urbanizable – hubo un momento en que, en vivienda nueva, el valor del suelo llegó a representar el 50% y hasta el 60% del valor de venta del inmueble, cuando lo normal es de un 20 a un 30% como máximo.

Frente a lo que era evidente, la inmensa mayoría de los economistas españoles callaba y miraba para otro lado. Ni siquiera ahora – en medio de una situación tan dolorosa como vive el país – se han disculpado por sus silencios del pasado. Nadie ha cantado un “¡mea culpa”! Todos siguen sentados en sus cátedras y hablando por televisión, como si lo que ha pasado fuera algo imprevisible que nada tiene que ver con ellos. En realidad no tienen mucho que preocuparse porque los medios tampoco les piden explicaciones, no sea que, en términos quijotescos, tengan que decir “con la tierra hemos topado”. Por ello prefieren pasar por alto el espinoso meollo del tema en el cual se originan tantos males de la economía española, entre ellos y no por cierto el menor, el de la corrupción.

Como señalara Fred Harrison en una obra publicada en 1997, “The Chaos Makers”, (donde predice puntualmente la depresión que ocurriría en 2009/2010), “el fallo colectivo de los profesionales de la economía (y por lo tanto de la clase gobernante) no es tanto con las herramientas empleadas por el analista sino con el singular rechazo en tratar a la tierra como una categoría relevante”. Estos analistas sin una idea verdadera que los guíe parecen – nos dice – un ejército de Watsons sin un General Sherlock Holmes.

A los economistas se les ha enseñado en las Universidades que la tierra carece de importancia, salvo en materia agraria. Es – ha dicho Harrison – como si las casas levitaran y los negocios y oficinas se construyeran en el aire. Han aprendido bien la lección. Han sido brillantes alumnos, pero, enfrentados con la dura realidad de un factor – la tierra, el espacio, el sitio – que penetra por todos los poros de la economía, no pueden llegar sino a conclusiones erróneas.

Por supuesto, no es solo España. En USA y en el Reino Unido, tampoco se computan los valores del suelo en las estadísticas. Así, se habló muchas veces de “estabilidad económica”, basándose en el escaso incremento de los precios al consumo, sin tener en cuenta que los valores inmobiliarios – en verdad, el suelo – se incrementaban en tasas anuales de dos dígitos. Así vino sucediendo en España en los últimos 15 años y así ha sucedido también, por ejemplo, en el Reino Unido.

Cuando se aprecian tendencias inflacionarias – siempre basándose en los precios al consumo – se recurre al único y singular remedio de incrementar las tasas de interés, con lo cual se daña sin distinción a los creadores de riqueza, pero no a los especuladores en suelo, cuyas ganancias de capital no se ven afectadas. Cuando se logra aplacar las tendencias inflacionarias con estos mazazos a la cabeza de productores y deudores hipotecarios, se procede a bajar las tasas de interés. Pero como el valor del suelo es su renta posible capitalizada al interés corriente (ya que no tiene costo de producción) al disminuir la tasa de interés; se incrementa aún más el valor del suelo, con lo que se beneficia a los especuladores.

Este sistema de mercado – de falso mercado diríamos – en el cual se ignora el factor tierra – se mueve dentro de una permanente contradicción, digna de la mejor crítica marxista.

El fracaso del “Nuevo Laborismo” se debe precisamente a su absoluta incapacidad para enfrentar el “ciclo económico” de auges (booms) y estallidos (busts) con medidas adecuadas. Porque, eso si, el Reino Unido ha sido junto con Irlanda y España, uno de los países europeos donde la especulación inmobiliaria ha sido más devastadora.

Y no es que no tuvieran buenas intenciones. Como señala Harrison, Gordon Brown fue claro en señalar los efectos negativos de estos ciclos económicos, basados en la especulación “inmobiliaria”. Sin embargo, ya en su primer presupuesto en 1997, se podían observar ausencias y debilidades que le impedirían cumplir sus buenas intenciones.

En Julio 1997 dijo ante la Cámara de los Comunes las siguientes palabras que, como también ha dicho Fred Harrison puede entrar en la “antología de famosas últimas palabras”:

“Estoy determinado a que como país nunca volveremos a la inestabilidad, especulación y valores negativos que caracterizaron al mercado de vivienda en los años 1980 y 1990. Esta volatidad daña tanto al mercado de viviendas como a la economía en su conjunto. Así la estabilidad será central para nuestra política de ayuda a los propietarios de viviendas. Y debemos estar preparados para emprender las acciones necesarias para lograrlo. No permitiré que los precios de las casas se pongan fuera de control poniendo en peligro el carácter sostenible de la recuperación”.

Las medidas que tomó, entre ellas un incremento en el impuesto de transmisiones de bienes inmuebles del 1% al 1,5% en propiedades por encima de 250.000 libras y al 2% en propiedades vendidas a más de 500.000 libras, amén de una reducción del 15% al 10% en la desgravación fiscal de los intereses pagados en hipotecas, fueron pan comido para los especuladores.

No sirvieron absolutamente para nada. La escalada de precios inmobiliarios continuo imparable hasta alcanzar límites delirantes en la etapa que Harrison llama la “Ruta de los Ganadores” (2007/2008) previa siempre, dentro de los casi idénticos ciclos económicos de 14/18 años, a la caída inexorable que se produjo en 2009/2010. Tal como Harrison predijera.

Gordon Brown nos recuerda a Salmoneo, aquel rey del mito griego, que en su insolencia regia, en la ciudad de Salmone, transfirió los sacrificios de Zeus a sus propios altares ya que todo lo podía. Incluso recorría las calles de Salmone arrastrando calderos de bronce atados con cuero detrás de su carro como para simular el trueno de Zeus y lanzando al aire antorchas hechas con hojas de roble. Algunas de ellas al caer quemaban a sus súbditos que debían tomarlos por rayos. Un buen día Zeus castigó a Salmoneo lanzándole un verdadero rayo, que no sólo destruyó a él y al carro, sino que además incendió toda la ciudad. Terminó, por supuesto, odiado por sus súbditos.

Y así se hundió el prestigio de Gordon Brown, quien presumía de acabar con los ciclos económicos, cuando cayó sobre el Reino Unido el rayo fulminante del estallido de la burbuja.

No puede decirse que sea odiado por los británicos que tampoco tienen demasiadas opciones pues los dirigentes conservadores son esta materia en general peores o al menos iguales a los laboristas. No es odiado, pero su prestigio y el del “New Labour” han quedado por los suelos.

Pero ¿Hay soluciones? ¿Es posible terminar con los ciclos del auge y caída económica? Por supuesto las hay y este libro de Fred Harrison las explica con claridad meridiana. Los ciclos económicos no son obra de la naturaleza o producto necesario del orden social humano, como gusta decir ciertos economistas.

Son el fruto de los graves errores y falencias que permiten la especulación con la tierra y los recursos naturales.

No se trata – nos dice Harrison – de demonizar la renta del suelo, como hiciera Carlos Marx. La renta de la tierra y otros recursos naturales no es, en si misma, mala. “La renta es la medida del éxito de la actividad económica. Es la prueba de la productividad. Cuanto mayor es la destreza con que la gente aplica su trabajo y su capital, mayor es el excedente por encima de salarios y ganancias que es disponible para pagar como renta por el beneficio del uso exclusivo de las facilidades que ofrece determinada ubicación. La renta se convierte en un problema solo cuando es privatizada”.

Cuando este valor de creación social es capitalizado y vendido en las mercados, la distorsión económica es inevitable y con ella la especulación y el estallido final, cuando los valores de la propiedad llegan a ser totalmente inalcanzables para los ciudadanos.

La solución no es la destrucción del mercado, que es absolutamente necesario para fijar la distribución del producto entre la renta, los salarios y el interés del capital. Este fue el error insubsanable de la experiencia soviética.

La solución, nos dice Harrison, está en el sistema impositivo y en la política de tierras. Hay que hacer de la renta de la tierra y los recursos naturales, incluyendo por supuesto el espectro radioeléctrico, la base de la recaudación fiscal del Estado.

Las plusvalías del suelo y los recursos naturales, creadas por la sociedad, debe ser la fuente principal de los ingresos públicos, pues tratándose de un excedente los ingresos del capital y el trabajo quedan intactos. En su día lo señaló Adam Smith y lo refirmaron economistas y filósofos de la talla de John Stuart Mill y Henry George en el siglo XIX y ya en el siglo XX economistas lúcidos como León Walras y Alfred Marshall.

Gravar la renta del suelo y los recursos naturales y suprimir o disminuir las cargas que el régimen impositivo vigente impone a trabajadores y empresarios, es el gran reto con el que la clase política de nuestros países se enfrentará en el siglo XXI.

Es una tarea enormemente difícil, pues la difusión de la propiedad ha creado millones de especuladores, falsamente ilusionados por el incremento del valor de sus viviendas y ciegos frente a la realidad de que es precisamente esa estructura la que coarta sus ingresos, dificulta la evolución de sus empresas y de su propia vida.

La reforma fiscal que propone Harrison y que en forma tan fundamentada y brillante expone en esta obra, es el único camino que nos permitirá acabar con las burbujas y su inexorable estallido, con el consiguiente sufrimiento para empresarios y trabajadores.

La tragedia de la depresión actual pudo evitarse. No se hizo. La tarea larga y difícil ahora no solo es salir de ella, sino evitar que se repita en el futuro.


Extraido de: http://elrelativismojuridico.blogspot.com.es/2010/02/prologo-para-la-traduccion-al-espanol.html