Dedicado a Henry George – El Impuesto Único – nº10 – Septiembre de 1912

 

III

Henry George, filósofo

Se ha dicho que lo que iluminó el alma de Abraham Lincoln en contra de la esclavitud fue el haber presenciado en su juventud en Nueva Orleans una venta de negros, hombres, mujeres y niños, maridos y mujeres, padres e hijos, en pública subasta.

Del mismo modo lo que iluminó el alma de Henry George en contra de la esclavitud individual fue el contraste de la miseria con la riqueza que advirtió en la mayor de las ciudades del mundo, en su visita a Nueva York en el invierno de 1868 a 1969. Aunque ocupado aparentemente en resolver las dificultades de montar un servicio telegráfico, en realidad eran grandes las pausas en que su entendimiento, libre de las preocupaciones de asuntos personales, se sumergía en el reino de los problemas que cercan a la humanidad.

Al entrar en Nueva York creyó encontrar difundido el material bienestar que parece debiera seguir al progreso en condiciones de libertad política. Su desencanto fue profundo. Si bien encontró la material prosperidad mucho más elevada de lo que la había soñado, riquezas abundantes y comodidades lujosas, halló que lejos de estar difundidas estaba más y más concentradas. En un extremo, fabulosas riquezas; en el otro, miseria tan abyecta que sus víctimas envilecidas carecen de toda esperanza de redención y hasta del deseo de redimirse y entre estos dos extremos un horrible miedo y paralizante inquietud y horror a la miseria que todavía es peor que la miseria misma.

Misterioso fue el modo de descubrir como al paso que la extraordinaria prosperidad material de Nueva York se debía al progreso del poder del trabajo, es precisamente la masa trabajadora la que siempre permanece pobre. Bajo el antiguo régimen de Europa donde ningún productor puede alegar título de propiedad sobre lo que gana en contra del capricho del monarca o del señor feudal esto no hubiera constituido ningún problema. Pero en la libre América, donde el productor posee el producto en virtud de su título como tal productor y goza la liberad de cambiarlo por productos de otros productores. ¿Cómo es posible que en estas circunstancias continúe en la pobreza las clases productoras a medida que aumenta el poder producto del trabajo y el progreso material crece?

Este fue el problema que se planteó Henry George. No fue, como algunos han supuesto, el problema de la miseria solamente, sino el problema de la persistencia de la miseria de las grandes masas trabajadoras o productoras en medio de la abundancia de productos y a pesar del constante progreso del poder productor.

Ni tampoco fue un problema material; porque según el mismo Henry George ha escrito «La miseria no es solamente destitución, significa vergüenza, degradación; es la cauterización como con un hierro candente de las partes más sensibles y delicadas de nuestra naturaleza moral y mental; es la negación de los más fuertes impulsos y de las más caras afecciones; es el destrozo de los nervios más vitales.

Amáis a nuestras mujeres, amáis a vuestros hijos, ¿pero no preferiríais verlos morir que verlos torturados por la miseria en la que viven las grandes masas en todo país altamente civilizado?

Cuando me di cuenta por vez primera de la inmunda miseria de unan gran ciudad me horroricé y sobrecogí de tal modo que no pude descansar, pensando cuál sería la causa y como podría curarse.»

Desde aquel momento dedicó sus ocios al estudio de la Economía política, estudió, severo comprensivo, sistemático, crítico y fundamental para resolver su problema y dar a la solución su demostración lógica en una atractiva forma literaria para dejar impresas las verdades de sus conclusiones sobre el público entendimiento.

Con una tal consagración de su vida llegó a ser Henry George el filósofo a quien hoy se designa con el nombre «El Profeta de San Francisco.»

Aunque desde el principio había observado Henry George la monstruosa asociación del progreso con la miseria, la razón de esta monstruosidad no la encontraba. Por fin vino como una inspiración y fue, sin embargo, sugerida por uno de los hechos más triviales de la vida y con el que estaba muy familiarizado. Lo que distinguió no fue un hecho obscuro, sino una relación, inadvertida hasta entonces, entre hechos de la vida corriente.

Esto ocurrió en 1870 en el momento en que se iba a inaugurar el ferrocarril transcontinental. La demanda por tierra había crecido enormemente en toda la bahía de Oakland donde entonces editaba un periódico Henry George; pero esta demanda no tenía para él otro dignificado que el común y corriente, simplemente una indicación de la prosperidad industrial; una manifestación del progreso de Oakland y San Francisco. Todavía no lo había relacionado con el problema que le traía tan preocupado.

Pero un día que en su distracción favorita de montar a caballo, se alejó entre las colinas, asió de repente el profundo significado de este fenómeno industrial y el terrible enigma de la Esfinge fue resuelto.

Veinticinco años más tarde escribía a un amigo los siguientes recuerdos: «Absorto en mis pensamientos tuve que parar el caballo para descansar. En este descanso acertó a pasar un labriego y por decir algo le pregunté cuánto valía aquella tierra. Me contestó señalando a unas vacas que pastaban a lo lejos, tan lejos que parecían ratas: fijamente no le puedo decir; pero allí hay un hombre que no dará su tierra por menos de mil duros la fanega. Como un rayo se me apareció la idea de que allí estaba la razón del consorcio de la creciente miseria con el creciente progreso. Con el crecimiento de población, la tierra aumenta de valor y los hombres que la trabajan han de pagar más por el privilegio.»

Esta verdad firmemente arraigada en sus pensamientos se fue madurando y desarrollando lentamente durante año y medio hasta que floreció en elocuente expresión.

En este interregno, trajo a su familia a Sacramento donde se había establecido y fundado un nuevo periódico.

A principios de Octubre de 1870 se trasladó a San Francisco con su familia donde había ya ganado excelente reputación por sus obras literarias.

Cuenta la mitología griega que cuando Edipo marchaba hacia la villa de Tebas encontró gran desolación por los destrozos y carnicería causados por el terrible monstruo la Esfinge que tenía el cuerpo de león y la cabeza, pecho y brazos de mujer. Este monstruo planteaba un enigma a todo el que se le acercaba y de no resolverle era el viajero inexorablemente arrojado de cabeza desde lo alto de la roca donde moraba la Esfinge. Muchos habían muerto de este modo por lo que al llegar Edipo las lamentaciones y precauciones eran generales.

Henry George vio en las calles de Nueva York el enigma que la Esfinge plantea a la moderna civilización y que de no resolverle acabará con ella.

En la noche del domingo 26 de marzo de 1871 en su despacho en un segundo piso de la calle Stevenson de San Francisco, Henry George se puso a formular la respuesta al enigma de la moderna Esfinge.

De ella hizo un folleto de 48 páginas en tipo y renglones apretados equivalentes a 150 páginas de un libro corriente, al que dio el título de Nuestra tierra y nuestra política territorial y del Estado.

Dividió la materia en las cinco partes siguientes:

– Las tierras de los Estados Unidos.

– Las tierras de California.

– Tierra y trabajo.

– La tendencia de nuestra presente política territorial.

– Lo que debe ser nuestra política territorial.

Este folleto empezado el 26 de marzo lo terminó el 29 de Julio de 1871 a los 32 años de edad. En su obra póstuma «La Ciencia de la Economía política» puede leerse el siguiente párrafo interesantísimo: «En mi folleto Nuestra tierra y nuestra política territorial expuse la urgencia de concentrar todos los impuestos sobre el valor de la tierra propiamente dicha. Encontrándome un día en la calle con el abogado A.B. Douthitt nos paramos a charlar y me dijo que lo que yo proponía en mi libro era lo mismo que cien años antes propusieron los fisiócratas franceses.

He olvidado muchas cosas; pero el sitio en que oí esto y el tono y la actitud del hombre que me lo dijo han quedado fotografiados en mi memoria. Porque cuando se ha visto una verdad que no ven los que nos rodean es el placer más intenso oír decir que otros la han visto; esto es cierto aunque se refiera a hombres ya muertos antes que nosotros naciéramos. Porque las estrellas que nosotros vemos ahora estaban ya aquí hace cientos y miles de años. Siguen brillando. Los hombres vienen y se van, generación tras generación, como las generaciones de hormigas.»

El folleto alcanzó poca atención. Ni aún en California despertó la opinión pública al reconocimiento que anhelaba. Hacia el final de su vida, dijo refiriéndose a esto (léase «La Ciencia de la Economía política»): «Se vendieron unos mil ejemplares; pero vi que para atraer la atención tenía que elaborar más completa y profundamente el texto.»

Esta obra fue hecho ocho años más tarde cuando escribió «Progreso y Miseria».