Confusiones – El Impuesto Único – nº 75 – Marzo 1918

Para los que merced al genio de Henry George, nos hemos dado cuenta de las leyes naturales que rigen el orden social, no puede extrañarnos la tremenda crisis que agita al mundo entero.

Una sociedad que se desenvuelva arbitrariamente, fundamentándose en el privilegio y poniendo al servicio de él todos los valores jurídicos y coercitivos del Poder; que desconoce o desprecia, no ya los deberes de humanidad, sino la más elemental previsión y que solo se mueve a estímulos del más ciego e inmediato egoísmo, sin reparar en las consecuencias ni importarle un ardite el atropello del derecho, necesariamente, por la acción ineludible y justa de aquellas leyes naturales, ha de precipitarse en el desconcierto y sufrir los males más atroces. Los desórdenes mejicanos primero, la actual guerra después, y la revolución social en Rusia más tarde, son las manifestaciones agudas de los males de que hablamos, que en cada país se dejan sentir con mayor o menor intensidad, según sus circunstancias peculiares. No podíamos nosotros una excepción: sin embargo, nuestro escaso progreso material había hecho que se retrasase en nuestro país la gravedad de la crisis perturbadora; pero nuestra cercanía al teatro de la guerra, y el obstinarnos en no someter nuestra organización económica y social a los claros preceptos de aquellas leyes naturales, nos está llevando con rapidez a la violencia exacerbación de la crisis referida.

Y los gobiernos continúan desatentados, dictando medidas contraproducentes, sin llegar por ignorancia, impotencia o mala fe, a la médula de la cuestión, que es la propiedad privada de la tierra, cuya renta crece a diario de un modo fabuloso, motivando la enorme carestía d ela vida, absorbiendo la mayor parte de los valores de las primeras materias producidas, valores que a su vez, al amparo del arancel, son empleados en monopolios industriales, que acaban de estrujar y consumir a los españoles.

Entre tanto, los partidos políticos actúan completamente desorientados o están solo atentos al medro personal. La guerra extiende cada día más su área de influencia, nos penetra en distintas formas; nos envuelve, nos secuestra amenazando asfixiarnos, y el pobre pueblo, ignorante, misérrimo, envilecido y alcoholizado se revuelve angustioso, y en su desesperación arremete brutalmente contra los que cree causantes de su desdicha, contra los que trafican en algo, y contra la fuerza pública; y defendiéndose ésta, las calles se enrojecen con la sangre de los que caen de una y otra parte; nuevos rencores hierven en los pechos; el «orden» se ha restablecido… Mientras que los tenderos, los comerciantes y la fuerza pública, actúan así de pararrayos, los privilegiados, los monopolistas, aprovéchanse del trágico sacrificio, continuando su plácida digestión, sus orgiásticos placeres; a veces juegan a la política, y entonces suelen dignarse hablarnos enfáticamente de ciudadanía y orden, al par que abren sus cajas para la compra de votos… ¡Desdichado país este!

Juan Sin Tierra