El gran impuesto único – Artículo de El Mundo

Reproducimos aquí un artículo aparecido en el rotativo español El Mundo el 26 de Enero de 2014 cuyo tema central es el impuesto único:

El valor de la tierra, Henry George y el lado rico de las ciudades

En países como España o Irlanda, toda referencia a la necesidad de construir viviendas genera urticaria, pero en otros lugares la falta de casas se está convirtiendo en un verdadero problema. Por ejemplo, en Londres. Allí, el alcalde está en guerra con el Gobierno sobre las mejores soluciones. Johnson ha lanzado el mayor plan desde los años 30 del siglo pasado para hacer frente al crecimiento de la población (y de los precios). Por ejemplo, llevando hogares a Heathrow.

El problema es que no parece realmente bueno y que sus críticos consideran que está haciendo realmente poco para solucionar la situación.

Lo mismo está ocurriendo en San Francisco, una ciudad pequeña, con un altísimo nivel de vida, precios que suben y más demanda que oferta. The Atlantic aborda la situación con el dramático título de “éxodo“. The Economist aclara una de las causas -las empresas que se han mudado a la zona- y advierte de que, a corto plazo, no hay soluciones posibles.

Noah Smith, que estudió en la zona y sufrió en sus carnes las consecuencias, tiene una propuesta: impuestos a la propiedad de la tierra, o mejor dicho, un impuesto único, una idea presente ya en Adam Smith, David Ricardo o John Stuart Mill, pero popularizada por el norteamericano Henry George en el siglo XIX.

La esencia consiste en no gravar el trabajo o el ahorro, sino el valor de la tierra. “Cuando gravamos las casas, las cosechas, el dinero, los muebles, el capital o la riqueza en cualquiera de sus formas, tomamos del individuo lo que justamente pertenece a éste. Violamos el derecho de propiedad, y en nombre del Estado, cometemos un robo. Pero cuando gravamos el valor de la tierra, tomamos de los individuos lo que no pertenece a éstos, sino que pertenece a la sociedad, y lo que no puede dejarse a los individuos sin que resulten robados los otros individuos”.

Es decir, no hacer tributar a los bienes inmuebles que hay construidos, sino el terreno, cuyo valor se establece por la localización. Smith considera que “a diferencia de los tributos sobre la propiedad que tenemos ahora, la idea de George empuja a los propietarios a usar de forma valiosa su terreno. Los impuestos convencionales ‘pagan’ a la gente para no construir, pues de hacerlo, deberían tributar más”. Y así, además, se distribuiría la riqueza sin penalizar a los más ricos por crearla. No se penalizaría la actividad o la creatividad, sino la “buena suerte” de contar con esa propiedad concreta.

Matt Yglesias, aunque simpatiza con la idea, cree que no resolvería los problemas de la ciudad.

¿Es una locura? En absoluto, la propuesta se ha probado muchas veces desde los años 50 del siglo pasado, y se usa en Australia o Dinamarca o algunos estados norteamericanos.

Aunque a algunos les pueda parecer teorías “comunistas“, a los economistas les suele gustar, pero en abstracto. Más o menos. En su momento, como cuenta en sus libros Schumpeter, le hicieron bastante poco caso. Y cuando se lo hicieron, para mal. En España, Joaquín Costa, con una lectura un tanto extraña de su obra, fue uno de sus primeros divulgadores.

Milton Friedman decía que entre los todos los malos, no era desde luego el peor de los impuestos. Aunque a Murray Rothbard le repateaba el hígado.

Tiene muchas debilidades y desventajas. Krugman y Stiglitz han escrito sobre el tema en diversas ocasiones.

¿Recaudaría lo suficiente para compensar lo que se dejaría de recibir por otros conceptos? Según algún cálculo antiguo, quizás tanto como el 50% de los impuestos sobre el trabajo y el capital en un año.

Parte de la argumentación en el interesante artículo de Smith es que buena parte del valor de un terreno, hoy, se debe a los servicios públicos de los que se beneficia por ella. Por eso la localización es clave. ¿Por qué el este de las ciudades europeas suele ser más pobre? Por el viento, explica Dan Zambonini, pues durante la revolución industrial, los más ricos de Inglaterra se mudaron hacia ese lado huyendo del humo de las fábricas, que el continente tiende a soplar en dirección este-oeste.

Durante mucho tiempo se asumió que las ciudades crecían mediante anillos concéntricos, con los pobres en medio. Homer Hoyt, sin embargo, desarrolló un modelo sectorial (como un quesito de trivial) que explicaba el crecimiento en función de acceso a servicios y comunicaciones.

Fuente original: http://www.elmundo.es/economia/2014/01/26/52e2d66e268e3ec77f8b4584.html

Impuesto al valor de la Tierra – Entrevista con Bruno Moser

En esta interesantísima entrevista que hemos subtitulado al español, entrevista hecha al economista suizo Bruno Moser, nos adentramos en aspectos más profundos de la organización socioeconómica que genera el IVT Impuesto al Valor de la Tierra y los importantes cambios que se darían de introducirse.

“A veces, basta con una pequeña ficha de dominó que cae en el momento adecuado, en la dirección adecuada y con la suficiente fuerza para cambiar cosas que pensábamos que eran imposibles de cambiar…”

M.Vlahovic

Dedicado a Henry George – El Impuesto Único – nº10 – Septiembre de 1912

 

III

Henry George, filósofo

Se ha dicho que lo que iluminó el alma de Abraham Lincoln en contra de la esclavitud fue el haber presenciado en su juventud en Nueva Orleans una venta de negros, hombres, mujeres y niños, maridos y mujeres, padres e hijos, en pública subasta.

Del mismo modo lo que iluminó el alma de Henry George en contra de la esclavitud individual fue el contraste de la miseria con la riqueza que advirtió en la mayor de las ciudades del mundo, en su visita a Nueva York en el invierno de 1868 a 1969. Aunque ocupado aparentemente en resolver las dificultades de montar un servicio telegráfico, en realidad eran grandes las pausas en que su entendimiento, libre de las preocupaciones de asuntos personales, se sumergía en el reino de los problemas que cercan a la humanidad.

Al entrar en Nueva York creyó encontrar difundido el material bienestar que parece debiera seguir al progreso en condiciones de libertad política. Su desencanto fue profundo. Si bien encontró la material prosperidad mucho más elevada de lo que la había soñado, riquezas abundantes y comodidades lujosas, halló que lejos de estar difundidas estaba más y más concentradas. En un extremo, fabulosas riquezas; en el otro, miseria tan abyecta que sus víctimas envilecidas carecen de toda esperanza de redención y hasta del deseo de redimirse y entre estos dos extremos un horrible miedo y paralizante inquietud y horror a la miseria que todavía es peor que la miseria misma.

Misterioso fue el modo de descubrir como al paso que la extraordinaria prosperidad material de Nueva York se debía al progreso del poder del trabajo, es precisamente la masa trabajadora la que siempre permanece pobre. Bajo el antiguo régimen de Europa donde ningún productor puede alegar título de propiedad sobre lo que gana en contra del capricho del monarca o del señor feudal esto no hubiera constituido ningún problema. Pero en la libre América, donde el productor posee el producto en virtud de su título como tal productor y goza la liberad de cambiarlo por productos de otros productores. ¿Cómo es posible que en estas circunstancias continúe en la pobreza las clases productoras a medida que aumenta el poder producto del trabajo y el progreso material crece?

Este fue el problema que se planteó Henry George. No fue, como algunos han supuesto, el problema de la miseria solamente, sino el problema de la persistencia de la miseria de las grandes masas trabajadoras o productoras en medio de la abundancia de productos y a pesar del constante progreso del poder productor.

Ni tampoco fue un problema material; porque según el mismo Henry George ha escrito «La miseria no es solamente destitución, significa vergüenza, degradación; es la cauterización como con un hierro candente de las partes más sensibles y delicadas de nuestra naturaleza moral y mental; es la negación de los más fuertes impulsos y de las más caras afecciones; es el destrozo de los nervios más vitales.

Amáis a nuestras mujeres, amáis a vuestros hijos, ¿pero no preferiríais verlos morir que verlos torturados por la miseria en la que viven las grandes masas en todo país altamente civilizado?

Cuando me di cuenta por vez primera de la inmunda miseria de unan gran ciudad me horroricé y sobrecogí de tal modo que no pude descansar, pensando cuál sería la causa y como podría curarse.»

Desde aquel momento dedicó sus ocios al estudio de la Economía política, estudió, severo comprensivo, sistemático, crítico y fundamental para resolver su problema y dar a la solución su demostración lógica en una atractiva forma literaria para dejar impresas las verdades de sus conclusiones sobre el público entendimiento.

Con una tal consagración de su vida llegó a ser Henry George el filósofo a quien hoy se designa con el nombre «El Profeta de San Francisco.»

Aunque desde el principio había observado Henry George la monstruosa asociación del progreso con la miseria, la razón de esta monstruosidad no la encontraba. Por fin vino como una inspiración y fue, sin embargo, sugerida por uno de los hechos más triviales de la vida y con el que estaba muy familiarizado. Lo que distinguió no fue un hecho obscuro, sino una relación, inadvertida hasta entonces, entre hechos de la vida corriente.

Esto ocurrió en 1870 en el momento en que se iba a inaugurar el ferrocarril transcontinental. La demanda por tierra había crecido enormemente en toda la bahía de Oakland donde entonces editaba un periódico Henry George; pero esta demanda no tenía para él otro dignificado que el común y corriente, simplemente una indicación de la prosperidad industrial; una manifestación del progreso de Oakland y San Francisco. Todavía no lo había relacionado con el problema que le traía tan preocupado.

Pero un día que en su distracción favorita de montar a caballo, se alejó entre las colinas, asió de repente el profundo significado de este fenómeno industrial y el terrible enigma de la Esfinge fue resuelto.

Veinticinco años más tarde escribía a un amigo los siguientes recuerdos: «Absorto en mis pensamientos tuve que parar el caballo para descansar. En este descanso acertó a pasar un labriego y por decir algo le pregunté cuánto valía aquella tierra. Me contestó señalando a unas vacas que pastaban a lo lejos, tan lejos que parecían ratas: fijamente no le puedo decir; pero allí hay un hombre que no dará su tierra por menos de mil duros la fanega. Como un rayo se me apareció la idea de que allí estaba la razón del consorcio de la creciente miseria con el creciente progreso. Con el crecimiento de población, la tierra aumenta de valor y los hombres que la trabajan han de pagar más por el privilegio.»

Esta verdad firmemente arraigada en sus pensamientos se fue madurando y desarrollando lentamente durante año y medio hasta que floreció en elocuente expresión.

En este interregno, trajo a su familia a Sacramento donde se había establecido y fundado un nuevo periódico.

A principios de Octubre de 1870 se trasladó a San Francisco con su familia donde había ya ganado excelente reputación por sus obras literarias.

Cuenta la mitología griega que cuando Edipo marchaba hacia la villa de Tebas encontró gran desolación por los destrozos y carnicería causados por el terrible monstruo la Esfinge que tenía el cuerpo de león y la cabeza, pecho y brazos de mujer. Este monstruo planteaba un enigma a todo el que se le acercaba y de no resolverle era el viajero inexorablemente arrojado de cabeza desde lo alto de la roca donde moraba la Esfinge. Muchos habían muerto de este modo por lo que al llegar Edipo las lamentaciones y precauciones eran generales.

Henry George vio en las calles de Nueva York el enigma que la Esfinge plantea a la moderna civilización y que de no resolverle acabará con ella.

En la noche del domingo 26 de marzo de 1871 en su despacho en un segundo piso de la calle Stevenson de San Francisco, Henry George se puso a formular la respuesta al enigma de la moderna Esfinge.

De ella hizo un folleto de 48 páginas en tipo y renglones apretados equivalentes a 150 páginas de un libro corriente, al que dio el título de Nuestra tierra y nuestra política territorial y del Estado.

Dividió la materia en las cinco partes siguientes:

– Las tierras de los Estados Unidos.

– Las tierras de California.

– Tierra y trabajo.

– La tendencia de nuestra presente política territorial.

– Lo que debe ser nuestra política territorial.

Este folleto empezado el 26 de marzo lo terminó el 29 de Julio de 1871 a los 32 años de edad. En su obra póstuma «La Ciencia de la Economía política» puede leerse el siguiente párrafo interesantísimo: «En mi folleto Nuestra tierra y nuestra política territorial expuse la urgencia de concentrar todos los impuestos sobre el valor de la tierra propiamente dicha. Encontrándome un día en la calle con el abogado A.B. Douthitt nos paramos a charlar y me dijo que lo que yo proponía en mi libro era lo mismo que cien años antes propusieron los fisiócratas franceses.

He olvidado muchas cosas; pero el sitio en que oí esto y el tono y la actitud del hombre que me lo dijo han quedado fotografiados en mi memoria. Porque cuando se ha visto una verdad que no ven los que nos rodean es el placer más intenso oír decir que otros la han visto; esto es cierto aunque se refiera a hombres ya muertos antes que nosotros naciéramos. Porque las estrellas que nosotros vemos ahora estaban ya aquí hace cientos y miles de años. Siguen brillando. Los hombres vienen y se van, generación tras generación, como las generaciones de hormigas.»

El folleto alcanzó poca atención. Ni aún en California despertó la opinión pública al reconocimiento que anhelaba. Hacia el final de su vida, dijo refiriéndose a esto (léase «La Ciencia de la Economía política»): «Se vendieron unos mil ejemplares; pero vi que para atraer la atención tenía que elaborar más completa y profundamente el texto.»

Esta obra fue hecho ocho años más tarde cuando escribió «Progreso y Miseria».

Dedicado a Henry George – El Impuesto Único – nº10 – Septiembre de 1912

 

II

Henry George, escritor

La carrera de Henry George como escritor puede decirse empieza en 1865. El 25 de marzo escribió su primer artículo titulado «Del provechoso empleo del tiempo». Este fue bien pronto seguido por otros dos, titulados «Las leyes referentes a la marinería» y un artículo «Defensa de lo sobrenatural».

En el periódico Alta California publicó otro artículo con motivo del asesinato del Presiente Abraham Lincoln y pocos días después de publicarse le contrató el editor como reporter especial para describir los funerales y manifestaciones de duelo en toda la ciudad. Esta fue la primera paga que recibió como escritor.

Siguió escribiendo artículos y «cartas al editor» con el seudónimo de «Proletarian» hasta que sus méritos fueron reconocidos por Neah Brooks, quien en 1866 le hizo ingresar en la redacción del periódico de San Francisco Times. En seis meses ascendió al puesto de Director con un sueldo de 200 duros al mes.

En octubre de 1867 nació su tercer hijo, una niña, a quien puso el nombre de Jennie Teresa.

Sin desatender su puesto escribió artículos para diversas revistas y en 1868, con motivo de la terminación de las obras del ferrocarril, escribió un artículo para el Overlan Monthly, que es notabilísimo no solo por su espíritu profético, sino porque fue el primer indicio de la misión que este grande hombre había de desempeñar. A continuación copiamos unos párrafos:

«La terminación de este ferrocarril y el consiguiente aumento de negocios y población, no será beneficiosa para todos nosotros sino solo para unos pocos. Como regla general (sujeta naturalmente a excepciones) hará más ricos a los ya poderosos; pero para los que nada tienen les será más difícil la vida. Los que tienen tierras, minas, negocios bien establecidos, destreza especial de cierto género se encontrarán más ricos porque aumentarán las ocasiones; los que no tienen más que su trabajo, se encontrarán más pobres y les será más difícil la vida; primero a causa de que se necesitará más capital para comprar tierras o establecerse; y segundo, porque como la competencia reduce los salarios será mucho más difícil que ellos puedan adquirir ese capital.»

Por ese artículo, de unas siete mil palabras recibió Henry George 40 duros.

En Agosto de 1864 dejó el Times Henry George por habérsele rehusado un aumento de sueldo que había solicitado.

Durante todo este tiempo de relativa prosperidad no había dejado de hacer frecuentes remesas de dinero a sus padres para ayudarles en sus necesidades. Esto no le impidió hacer algunos ahorros que tenía depositados en un banco. Entonces quiso realizar un ensueño largamente acariciado: el de ir a Filadelfia, y envió por delante a su familia al cuidado de su hermano Jonn Wallance George que había ido a California tres meses antes.

Su intención era ir en seguida a reunirse con ellos; pero en esto se fundó un nuevo periódico en San Francisco, La crónica, del que fue nombrado director, cargo que solo desempeño unas semanas por no estar conforme con la política del periódico. Pasó a la dirección del Heraldo de San Francisco y se encargó de ir comisionado a Nueva York para negociar el ingreso de este periódico en la Asociación de la Prensa o en otro caso montar un servicio telegráfico especial.

A primeros de Diciembre de 1868 salió con esta comisión para el Este en una diligencia de cuatro caballos, pues todavía no se había inaugurado el ferrocarril transcontinental. «Pasé muchas noches en el pescante, dice en sus notas, y con gran contento alcanzamos, por fin, el ferrocarril donde logré un sleeping-car aunque entonces una cama servía para dos personas.»

Fue primero a Filadelfia donde pasó varios días con toda su familia. Después pasó a Nueva York a desempeñar su comisión. Habiendo rehusado la Asociación la entrada del nuevo diario en su sociedad, se dedicó a montar el servicio de noticias por telégrafo con el mayor éxito, por lo cual visto por la referida Asociación intrigó hasta conseguir se elevaran las tarifas al nuevo periódico y se bajaran para la Asociación. Luchó cuanto pudo, nuevo David, contra el Goliat gigantesco monopolio del telégrafo y de la Prensa. Salió derrotado y dejando a su familia en filadelfia se volvió a San Francisco el 20 de mayo de 1869.

 

Dedicado a Henry George – El Impuesto Único – nº10 – Septiembre de 1912

 

I

La niñez y la juventud de Henry George

Henry George nació el 2 de Septiembre de 1839 en una casita de dos pisos que todavía se conserva en buen estado en Filadelfia, calle 10, Sur de Pine a menos de media milla de la casa del Estado donde se firmó la Declaración de Independencia.

Desde muy niño y ya en la escuela primaria empezó a demostrar su afición a la lectura y el estudio. Todos los ratos de ocio los pasaba devorando libros en la Biblioteca del Instituto de Franklin.

Entre los 16 y los 17 años entró en la tripulación del «Hindoo», buque que hacía el recorrido: Nueva York-Melbourne-Calcuta.

A los 18 años aprendió el oficio de tipógrafo. A los 19 años marchó a California desembarcando en San Francisco el 27 de Mayo de 1858, después de un viaje de 155 días desde Filadelfia.

Muchas y graves vicisitudes pasó en aquel período de su vida con alternativas de bienestar e indigencia. Todos sus ahorros los perdió en la expedición al Río Fracer donde creyó, con otros muchos, encontrar minas de oro. A su vuelta a San Francisco en 1850, volvió a ocuparse en su oficio de tipógrafo.

Por esta época conoció a la que fue después su digna compañera, Miss Annie Corsina Fox. Se casaron el 3 de Diciembre de 1861 cuando él tenía veintidós años y ella diecisiete.

No hubo viaje de bodas para estos recién casados. Lejos de eso a la mañana siguiente levantose el marido a las cinco y salió en busca de trabajo que encontró como tipógrafo suplente. Después de estar trabajando todo el día todavía buscó un destajo por la noche y estuvo trabajando hasta la madrugada.

Poco tiempo después se trasladó a Sacramento y ganó buenos salarios en la imprenta del diario de la mañana «La Unión».

El 3 de noviembre de 1862 nació su primer hijo que lleva su mismo nombre y hoy es distinguido miembro de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, y digno continuador de su santo padre en la noble y grande causa que instituyó.

Esta nueva responsabilidad le hizo procurarse ingresos extraordinarios y entonces ocurrió que habiendo llegado a dar una conferencia un joven periodista llamado Samuel L. Clemens (quien después se hizo célebre como humorista por todo el mundo con el sobrenombre de «Mark Twain») el organizador de dicha conferencia, empleó a Henry George para recoger los billetes a la entrada.

En enero de 1865 nació su segundo hijo, (hoy distinguido escultor en Nueva York) cuando el hogar estaba en las más horribles condiciones de miseria. El médico dijo: «no pierdan tiempo en lavar al niño, sino apresurarse a alimentarle porque se muere de inanición» Lo que entonces ocurrió no lo refirió Henry George hasta diez y siete años después:

«Salí a la calle decidido a que me diera dinero el primer transeúnte que llevara aspecto de llevarlo. Detuve a un forastero y le dije necesitaba cinco duros. Me preguntó que para qué los necesitaba, le repliqué que mi mujer estaba en cama y que no tenía qué comer. Entonces me dio el dinero. Creo que a si no me lo da le hubiera matado en mi desesperación.»

La indigencia de Henry George jamás pudo achacarse a indolencia o disipación. Fue siempre un infatigable trabajador, no tenía ningún vicio a menos que el fumar sea un vicio, y tenía un delicadísimo sentido de su responsabilidad. Lo que le ocurrió fue ser una de las muchas víctimas de aquellos duros tiempos en que Mark Twain confesaba haber estado hambriento y con impulsos criminales ante el escaparate de un restauran en San Francisco. Fue la miseria que trae consigo el desorden en las condiciones industriales.

Por fin volvió a encontrar trabajo y pasó el rigor de la tormenta.

“Socialismo y Georgismo”, por Baldomero Argente

 

Los socialistas formulan esta pregunta:

«¿Cuáles son las causas y el remedio de este problema social que conturba a la Patria, más aún, al mundo entero, y a todos nos sobresalta y acongoja? No conocemos –añaden- más que una respuesta clara, concreta y concluyente: la que damos nosotros, los socialista; la doctrina socialista es una contestación categórica al enigma que propone la despiadada esfinge contemporánea: a la interrogación sobre las causas y los remedio del problema social.»

Hasta cierto punto tienen razón. Y considerad toda la terrible importancia envuelta por esa afirmación arrogante. La sociedad capitalista, tal como ahora se encuentra organizada, es de fecha relativamente reciente. Nace en el siglo XV; se engendra en la descomposición del régimen feudal; se anticipa en Inglaterra; las inician, desenvuelven y completan los cerramientos de las tierras comunes, la absorción por particulares de las tierras públicas, la desaparición progresiva de la pequeña propiedad y la expulsión del campesino, empujado por el mecanismo de las leyes y de los impuestos hacia la ciudad; la perfeccionan, en fin, el vapor, los progresos de la mecánica, el ferrocarril, el telégrafo, facilitando los procesos de concentración de la riqueza.

El auge del sistema capitalista ha coincidido con la segunda mitad del siglo XIX. Las almas nobles y serenas no podían contemplar satisfechas los resultados de ese sistema, ni siquiera en las horas de su mayor esplendor. ¿Cuáles eran los frutos del régimen capitalista? En lo material, un progreso maravilloso: en este orden, ese medio siglo no tiene par en la Historia. En lo social y moral una monstruosa ulceración. ¿Qué diferenciaba más eficaz e inequívocamente un país civilizado de una tribu primitiva? El presidio, el asilo, la mancebía, la despiadada explotación del niño, la degradación de la mujer y la continua y agobiadora preparación para la guerra. Ese régimen capitalista en su etapa de mayor florecimiento engendró, en lo interior, el pauperismo, el alcoholismo, la prostitución, el suicidio; en lo exterior, las competencias internacionales. Resumen de sus efectos han sido la rebeldía social y la guerra universal.

Hoy, minada la sociedad capitalista por las propias úlceras que la injusticia sobre que está asentada forja, se bambolea y desquicia infundiendo en los ánimos el temor de un derrumbamiento. El ejemplo de lo que puede acontecer, lo tenemos en Rusia, y es tal, que se necesita la inconsciencia para no sentir espanto. Antes de Rusia tuvimos otro, exactamente igual: Méjico. La organización capitalista es una fuerza continuamente impulsora que ha hecho subir el progreso material hasta una cumbre, doblada la cual está un despeñadero. Ascendimos hasta la cumbre: si la fuerza sigue actuando, caeremos en la sima como otros pueblos han caído.

Para impedirlo, hay que transformar esa sociedad capitalista. Coinciden en esta afirmación todos los hombres que, sobreponiéndose a sus egoísmos, contemplan reflexivamente el panorama social. Transformación o revolución, pero revolución sangrienta y anárquica, realizada por el desbordamiento de todos los rencores amasados en las clases sometidas por un milenario de sufrimiento e inequidad. La transformación debe ser obra de la razón y del amor; la revolución sería la obra de la pasión ciega y del odio; y en el fondo del corazón humano duermen las pasiones primitivas del salvaje y e la fiera esperando el clarín de la ira que las despierte.

Hay, pues, que transformar la sociedad. Y para transformarla, saber la causa que engendra estos males y la organización a que aspiramos, porque solo la extirpación de aquella causa puede traer el remedio: cualquier otra cosa es palabrería, pérdida de tiempo, o quizá agravación del daño. Por tanto hay que dar una respuesta concreta a la interrogación que la esfinge devoradora dirige a las generaciones contemporáneas.

Los socialistas dicen: no hay más respuesta categórica que la dada por nosotros; todos los demás son tópicos, vulgaridades, medios de encubrir la ignorancia. Dicen verdad cuando afirman que ellos ofrecen una respuesta clara, y cuando añaden que los partidos gobernantes no tienen ninguna que dar.

Se equivocan cuando afirman que es la única. Hay dos contestaciones que por igual abarcan los orígenes del mal y las fórmulas de su remedio: una, la contenida en el «Manifiesto comunista» y «El capital» de Carlos Marx; otra, la georgista, desenvuelta en «Progreso y Miseria» de Henry George. Las dos se plantean el mismo problema: las dos coinciden en la explicación de los orígenes históricos; difieren en cuanto al proceso que conduce a la explotación monstruosa del capitalismo, y se apartan en cuando al remedio final.

El socialismo aspira al comunismo, sin otro medio de realización que la dictadura del proletariado; hace desaparecer el derecho del individuo ante la conveniencia general; instaura la tiranía colectiva; y es, por tanto, solución intrínsecamente conservadora. El supuesto esencial en que se asienta es que las leyes naturales son inarmónicas e imperfectas y que han menester la intervención del hombre que las corrija y mejore.

El georgismo eleva el derecho del individuo frente a los supuestos derechos de la colectividad. Explica el mal por la esclavitud económica del hombre y fía su remedio a la plena libertad; busca la cadena que sujeta al hombre a su miseria, y confía razonadamente en la ruptura de esa cadena que libertará las fuerzas del espíritu y permitirá al esclavo su emancipación; asienta toda su doctrina no sobre el derecho de la colectividad al bienestar, sino sobre el supremo derecho del individuo, frente a la humanidad entera y a la libre y plena expansión de sus potencias individuales; es pues, doctrina intrínsecamente liberal.

Parte del supuesto de que las leyes naturales son armónicas y perfectas, y que la desarmonía está producida por la intervención del hombre para asegurarse el disfrute de la injusticia y del privilegio, por lo que el remedio ha de consistir en la extirpación de esos privilegios e injusticias restituyendo al hombre su libertad.

El socialismo, en sus fórmulas prácticas, es inevitablemente, doctrina sin enlace con la sociedad presente y , por tanto, doctrina de revolución. El georgismo permite engranar sus fórmulas prácticas con el estado actual del mundo, y de este parte, sin trastorno, hasta cambiarlo radicalmente; es, por tanto, doctrina de evolución.

Pero fuera de esas dos respuestas, ¿qué soluciones encontramos para el problema social? ¿Será esa sociología trasnochada, que tiene como cimiento indispensable la continuación de la iniquidad presente y busca el aplazamiento de los dolores con fórmulas insustanciales, como las llamadas leyes protectoras del trabajo, sin vida en la realidad, o por mezquinas dádivas del presupuesto? Ese no es el contenido de la reforma social; esa es la mentira de la reforma, la superchería de la reforma, el engaño al proletariado, la hipocresía de las clases burguesas; esa no es doctrina de libertad ni de igualdad, sino derivación del paternalismo gubernamental; esa es en lo colectivo, la equivalencia de la limosna en lo particular; ese ha sido el procedimiento empleado ineficazmente para adormecer a las víctimas de la injusticia por todos los imperialismos, desde el romano al alemán.

Baldomero Argente, 1920

¿Por qué la renta / alquiler son tan caros?

En este vídeo que hemos subtitulado al español se aborda en 5 minutos esta importante cuestión arrojando interesantes implicaciones y orientándonos a mirar a la solución de algunos de los grandes problemas que enfrentamos en la actualidad: el uso y gestión de la tierra y su valor.

M. Vlahovic

Justicia Agraria, por Thomas Paine

Prefacio del autor
El breve texto que sigue se escribió en el invierno de 1795/96 y, como yo no había decidido si publicarlo en plena guerra o esperar hasta que llegase la paz, ha permanecido sin alteración ni añadidos desde el momento en que fue escrito.

Lo que me ha llevado a publicarlo ahora es un sermón oficiado por Watson, Obispo de Llandaff. Algunos de mis lectores recordarán que este obispo escribió un libro titulado Apología de la Biblia, como respuesta a mi segunda parte de La edad de la razón. Conseguí un ejemplar de su libro y puede estar seguro de que le contestaré sobre este tema.

Al final del libro del obispo hay una lista de las obras que ha escrito. Entre las cuales está el sermón aludido; se titula “La sabiduría y divinidad de Dios al crear ricos y pobres; con un Apéndice que contiene reflexiones sobre el estado actual de Inglaterra y Francia.”

El error presente en este sermón me decidió a publicar mi Justicia agraria. Es incorrecto decir que Dios creó ricos y pobres; Él sólo creó al hombre y a la mujer, y les dio la tierra como herencia.

En lugar de predicar para alentar a una parte de la humanidad en la insolencia…, sería mejor que los sacerdotes emplearan su tiempo en volver la condición general del hombre menos miserable de lo que es. La religión práctica consiste en hacer el bien: y la única forma de servir a Dios es la de esforzarse en que Su creación sea feliz. Toda prédica que no tenga esto por objeto es falsa e hipócrita.

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