El Impuesto Único en RT News

En esta breve noticia subtitulada al español, la cadena de noticias Russia Today (RT) entrevista a Scott Baker, Presidente de Common Ground NYC, uno de los expertos sobre el Georgismo y el Impuesto Único.

Scott explica algunos aspectos fundamentales de esta medida y su impacto trascendental y su capacidad transformado en la vida de la sociedad y del individuo en solo 7 minutos:

¿Quién posee tu nación?

 por Jeffery J. Smith | Oct 23, 2015 traduc. Marko Vlahovic

 

Por qué importa

 

“Aquellos que tienen el país deberían gobernarlo.” Primer Jefe de Justicia de la Corte Suprema de EEUU, John Jay. Por tanto, posees tú tu propio país? ¿Lo suficiente de él para gobernarlo? ¿O lo posee algún otro?

Oyes mucho acerca del 1% con mayor beneficio, reclamando la mayoría de la riqueza y detenrando la mayor parte del poder. De lo que no oyes hablar mucho es de la fuente de su éxito. Este es el factor en el que la mayoría de los humanos modernos tienen un punto ciego.

Ésta, siendo la era moderna, pensamos que las cosas han cambiado. Pero la fuente no lo ha hecho. Como dice el refrán francés Cuanto más cambian las cosas, más permanecen siendo iguales. El tan celebrado economista francés Piketty de veras debiese saber mejor.

Hace dos siglos, el primer Jefe de Justicia de la Corte Suprema de EEUU, John Jay dijo: “Aquellos que tienen el país deberían governarlo.” Ya sea que deban o no, lo hacen y con facilidad.

¿De donde proviene la concentración de capital? (pista: no preguntes a Piketty)

Has oido que el 10% posee el 90% de las acciones y los bonos. ¿Pero qué has oído sobre el “activo fijo”, el otro factor inerte en la producción de la riqueza: la tierra? Ella, no el capital es de hecho la guía en el crecimiento de las fortunas, algo que los georgistas saben desde -no se sabe cuando- y que el resto del mundo está pillando poco a poco.

Mira la relación entre tierra y acciones. Empresas públicas pueden pagar dividendos mayoritariamente devido a que flotan en renta o en valor del suelo o el dinero que gastamos en la naturaleza que usamos. Las compañias petrolíferas son el ejemplo obvio, pero mira en las cadenas de comida rápida o supermercados. Se benefician enormemente de las ubicaciones que poseen y que alquilan a sus franquiciados.

Mira la relación entre la tierra y los bonos.

¿Quién posee bonos de EEUU? No la deuda que otras partes del gobierno poseen (que es la mayoría de ellos) sino la parte que no es propiedad de instituciones de EEUU. Mientras oyes hablar mucho de China, de hecho Japón posee más, y aún más que Japón son grandes corporaciones que son exclusivamente de Finanzas, Seguros y Bienes Raices  (aún así los economistas históricos que hicieron la investigación se refieren a Marx y no a George! mira tu por dónde).

¿Quién posee bonos privados? Mayoritariamente otras corporaciones. Y ellas, tal como mencionamos arriba, son en parte los mayores terratenientes, y, como verás más abajo, son las mayores mamás del bienestar corporativo.

La Aristocracia Terrateniente

¿Quién posee la tierra misma? Millones poseen tierra bajo sus casas; incluso más están pagando al banco por el sitio. Añade todos esas parcelas de casas y no sumará mucha área; enormes cantidades de América están desaprovechadas. Esa vastedad permite a unos pocos tener mucho mientras la mayoría poseé poca cosa. Los números actuales son difíciles “de tragar”. El hombre que posee mayor cantidad de América, John Malone, posee 2,200,000 de acres (más grande que un pequeño Estado). Gene Wunderlich del USDA calculó en los años 70 que el 3% de la población de EEUU posee el 95% de la tierra en propiedad privada.

Estos números están en relación con lugares como Brasil donde los campesinos luchan arduamente por convertirse en terratenientes y los grandes terratenientes les asesinan. Allí tienen violencia de clase contra los des-terrados (sin tierras). Aquí, tenemos indiferencia generalizada hacia los sin-techo.

 

Para expresar la concentración de la propiedad, Corrado Gini apareció con su coeficiente en el que un 1 representa que una persona lo posee todo y 0 representa que todos tienen una parte del pastel. En los años 80, EEUU estaba entorno a tres cuartas partes de camino al monopolio de la tierra, al igual que Uruguay y otros paises latino americanos mayormente conocidos por su corrupción que su prosperidad, y la inequidad no ha mejorado desde entonces.

Propietarios de élite ausentes  y otros ocupantes de élite

La concentración de la tierra importa si quieres tener clase media y no tener golpes de Estado. Aún más impactante es la concentración del valor de la tierra. Toma de ejemplo el caro Manhattan. ¿Cuántos mucho o pocos lo poseen? O cuantos poseen los barrios bien donde el valor del acre es cientos de veces más alto que en las barriadas periféricas.

¿Y quiénes son estos propietarios? A menudo no son locales, ni individuos, sino fondos de inversión. Elaine el personaje de Seinfeld es una de las propietarias del barrio de Portland OR, por nacimiento, como miembro de la familia Dreyfus. Ella no es un caso atípico. Ella tipifica su clase.

No necesitas poseer tierra para que ella te haga rico. Puedes invertir en un fondo REIT. O en un banco. Ellos reciben pagos de hipotecas constantemente. Los propietarios permanecen entorno a unos 6 años en la misma casa antes de coger otra hipoteca para otra casa, también hay refinanciamientos.

Los banqueros no están solos. Los ganaderos usan el suelo federal para pastoreo como si se tratase de su propiedad privada. Los madereros usan bosques federales.

Expande el significado de “tierra” a “todos los recursos naturales”. Mineros y perforadores usan metales y petroleo federal. Todos ellos pagan muchísimo menos que los costes de mercado. Al igual que las empresas de telecomunicaciones usan las frecuencias de onda públicas. Las redes de TV incluso cogen frecuencias gratuitamente. Estos viajes “gratis” son tan lucrativos que la propiedad real constituiría un pasivo.

Mientras que la propiedad de la tierra importa – si quieres tener clase media y carencia de golpes de estado – el dinero que gastamos por la naturaleza que usamos.

Pagar el pato se lleva La voz cantante

¿Recuerdas Finanzas, Seguros y Bienes Raices que mencionamos más arriba? Este grupo es el mayor contribuyente a las campañas electorales políticas. Y de lejos – casi el doble que el “otro” privado más grande y casi cuatro veces mayor que el resto de donaciones “misceláneas”.   Remember Finance, Insurance, & Real Estate from above? Invertir en Gobierno (¿sobornar?) sale a cuenta astronómicamente. Los políticos colocan dolares públicos en las arcas ya repletas de los ultra-ricos. Por ejemplo:  el Congreso otyorga subvenciones a las agro-indsutrias, paga en exceso a los constructores de manera rutinaria, tales como armamentistas y concede exenciones fiscales a corporaciones y millonarios ¡por impuestos que nunca pagaron!

Además, dando dólares públicos a infiltrados, el gobierno no recauda de los infiltrados el dinero que éstos deben al común:

  • cumplimiento indulgente de la ley para compañías petroleras que les permiten pagar menos regalías (tributos)
  • cartas de paso y otros permisos de “irresponsabilidad” que ahorran a las empresas de tener que contratar seguros, y
  • patentes y derechos de autor que no protegen a los inventores sino que impiden a los recién llegados la exploración de los campos del conocimiento cercados.

Así que sus fortunas hechas por apropiarse de la naturaleza o cobrar tasas a otros se magnifican muchas veces gracias a los privilegios otorgados por los gobiernos. Para el resto de nosotros, sin embargo, sus políticas empeoran la contaminación, la enfermedad, la guerra, la carga de trabajo y la alienación.

Unos pagan impuestos, Otros reciben dividendos

Usted puede estar satisfecho apañándoselas, pero cuando usted deja billones sobre la mesa para que los otros los puedan agarrar por las buenas o por las malas – tal y como hacen hoy en día-, usted les corrompe. Ellos no te agradecen o te respetan por no reclamar tu parte justa del valor de la naturaleza y el privilegio.

Todos necesitamos la tierra, ninguno de nosotros creó la tierra. Todos nosotros, el pueblo, generamos el valor de las ubicaciones. Sin embargo, hacemos un regalo a unos pocos, regalo que por derecho nos pertenece a todos.

Tu eres es un ciudadano. Demanda tu dividendo ciudadano. Conviértete en un “receptor de dividendos.

¿Gobiernas tú tu nación? ¿O es otra persona la que la posee?

Artículo traducido. Original: http://www.progress.org/article/who-owns-your-nation

Los diez mandamientos del Geoismo

Moisés Rompiendo las Tablas de la Ley (1659) (Crédito de la imagen: Rembrandt Harmenszoon van Rijn)

¿Por qué es importante?


Es la aplicación de la justicia en la forma familiar de los diez mandamientos.


1.  No impondrás prohibición o coste alguno a la acción humana pacífica y honesta.

La acción es pacífica cuando no daña coercitivamente a los demás, cuando no inicia la fuerza, y cuando siendo contrato, lo es entre personas conocedoras y voluntarias. La acción es honesta cuando no hay fraude. Por lo tanto, no habrá impuesto sobre transacción alguna, ni sobre la posesión de riqueza producida y deberá haber verdadero libre comercio.

2. No cometerás asesinato, robo, secuestro o allanamiento.

Respetar los derechos de propiedad de otros.

3. Pagarás compensación por cualquier destrucción del medio ambiente.

4. Distribuirás la renta natural de la tierra entre todas las personas en partes iguales cuando sea posible o en otro caso distribuirás la renta a los miembros de la comunidad pertinente.

5. Distribuirás el alquiler generado por la población y el comercio en partes iguales a los miembros de las comunidades que lo generan.

6. Pagarás los alquileres generados por las obras y servicios cívicos al agente que los genera, ya sea en el sector privado o gubernamental.

7. Podrás usar las rentas de la tierra y alquiler de los ingresos por el gobierno cuando las personas estén de acuerdo.

8. No serás cruel con los animales.

9. No infligirás como castigo crueldad ni daño corporal alguno.

10. Instaurarás el espíritu de estos mandamientos en las constituciones de tus gobiernos.

Texto original: http://www.progress.org/article/the-ten-commandments-of-geoism

Dedicado a Henry George – El Impuesto Único – nº10 – Septiembre de 1912

 

IV

Elaboración del monumental libro:

“Progreso y Miseria”

El 4 de Diciembre de 1871 apareció el primer número del periódico Daly Evening Post fundado por Henry George con escaso capital. Dos años más tarde tuvo que hacer un empréstito para sostenerle y habiendo exigido el prestamista (el senador John P. Jones) en 1875 la devolución inmediata del dinero, el 27 de Noviembre fue entregado en pago el periódico a sus representantes sin un céntimo de compensación.

«Me quedé –dice Henry George en sus notas-, otra vez sin dinero y entonces escribí al Gobernador Irwin a cuya elección había yo contribuido meses antes, pidiéndole un destino donde tuviera poco que hacer y un regular sueldo para poder dedicarme a escribir algo muy importante. Inmediatamente me concedió el destino de Inspector de los Contadores de gas del Estado de California que me proveyó de lo necesario para la vida, aunque con intermitencias, sin ocuparme mucho tiempo.»

Mientras tanto, la familia había ido a San Francisco a reunirse con él. En 13 de Enero de 1867 Henry George tomó posesión de su cargo. El 15 de Agosto debutó como orador en un meeting disertando sobre el tema «La Cuestión ante el pueblo» y comenzó a revelarse como un elocuente apóstol.

A mediados de 1877 dio una portentosa conferencia en la Universidad de California en Berkeley. Tres cuartos de hora duró la conferencia que maravilló a sus oyentes; pero el efecto en el profesorado fue terrible. ¿Cómo habían de soportar la fina ironía con que les fustigó? El resultado fue romper el compromiso que con él habían contraído para adjudicarle la Cátedra de Economía Política de nueva creación en aquella Universidad.

El 4 de Julio de 1877, con ocasión del aniversario de la Independencia pronunció un memorable discurso sobre el tema «La República Americana».

El teatro de California era pequeño para contener el auditorio que acudió llamado por su ya creciente fama. El discursó terminó con un majestuoso apóstrofe a la Libertad, que difiere poco del que hoy podemos leer en «Progreso y Miseria» y pocos se dieron cuenta de que aquel era el primer ataque oral a la fortaleza de «los intereses creados» (propiedad privada de la tierra).

Con fecha 18 de Septiembre de 1877 puso Henry George manos a la colosal obra que bautizó con el nombre Progreso y Miseria. Su alma entera retornaba el antiguo problema que tanto le sobrecogió y atormentó y que no le dejaba descansar. Todo el país sufría industrial depresión. Los motines y desórdenes eran frecuentes en las grandes ciudades. Grandes huelgas de ferroviarios amenazaban el Este y las tropas se pusieron sobre las armas. Hubo una revolución en Baltimore, en Chicago funcionó la artillería y en Pitsburgo las víctimas montaron a 200 y las pérdidas materiales a 12 millones de duros.

Entonces se sentó ante su bufete Henry George a comenzar la obra que luego resulto ser un monumento.

Esta labor la interrumpió el 2 de Octubre del mismo año, fecha del nacimiento de su cuarto hijo, una niña, a quien puso por nombre Ana Angela. Sus otros tres hijos Henry, Ricardo y Jennie tenían entonces, respectivamente, quince, trece y diez años de edad.

Por el placer que Henry George mostró al rodear de mimos y cuidados a su digna compañera se deducía que recordaba con espanto la época terrible en que vino al mundo se segundo hijo sin haber en la casa ni un pedazo de pan que dar a la madre.

Sin embargo la adversidad llamaba de nuevo a sus puertas. El destino de Inspector de los contadores de gas que parecía tan lucrativo, iba produciendo cada vez menos.

Por entonces, varios iniciados en sus teorías, entre ellos William M. Hinton, James G. Maguire, John M. Days, John Swett, Joseph Leggett, Patrick S. Murphy y S. L. Mann, comenzaron a reunirse con Henry George y su hermano Jolin V. George en el despacho del abogado Maguire en Clay Street para discutir las teorías asentadas en el folleto «Nuestra tierra y nuestra política territorial». De estas discusiones, nació la primera Liga para la abolición del monopolio de la tierra, compuesta de unos treinta socios y que llevó el nombre de «La Liga para la reforma territorial de California».

Esta fue la primera organización en el mundo para propagar las ideas de Henry George. El presidente fue Joseph Leggett un abogado natural de Dublin (Irlanda) y el Secretario Patrick S. Murphy redactor del «Evening Post».

Uno de los primeros actos de esta Liga fue invitar a Henry George a dar una conferencia remunerada, lo que verificó en el Metropolitan Temple el 26 de Marzo con el tema «Por qué escasea el trabajo, el salario es bajo y los obreros descontentos».

Aquella vez la concurrencia fue escasa y su voz clamó en el desierto.

Tres meses más tarde dio otra conferencia en la «Asociación de jóvenes hebreos de San Francisco». Esta conferencia, con el título «Moises» ha quedado como una de las obras maestras de Henry George y todas las Ligas para el Impuesto Único la han publicado desde entonces en forma de folleto.

Después de estas y otras interrupciones ocasionadas por la policía, volvió a su obra que ya no volvió a interrumpir. Oigamos a su hijo:

«Al entrar en su biblioteca, veíamos al autor ligeramente inclinado sobre una gran mesa en el centro de la habitación, escribiendo su libro. Vestido con traje de casa, una mano sujetaba el papel y la otra movía una blanda pluma de oro. Al sentir ruido, se incorporaba un poco volviendo la cara, un brazo en la mesa y el otro sobre el respaldo de la silla en actitud que jamás pude olvidarse: una dulce sonrisa en sus labios, las mejillas brillantes, la frente llena de pensamientos y una expresión inexplicable en sus azules ojos de mirada suave, recta y penetrante como si descansara en el mundo de los ensueños de los puros de corazón.»

Esto era en el número 417 de la calle Primera. Allí se terminó el libro. En su biblioteca había almacenado todas las comodidades que poseía. Por gradual adquisición llegó a reunir cerca de 800 volúmenes que eran su única propiedad en el mundo. Había tratados de Economía política, historia, biografía, poesía, filosofía, ciencias, viajes y descubrimientos y muy pocas novelas.

Su obra la terminó hacia mediados de Marzo de 1879 cerca de año y medio de su comienzo.

El problema

Si un hombre de la última centuria un Franklin o un Priestley, hubiese vislumbrado, en una visión del futuro, el buque de vapor sustituyendo al barco de vela, el ferrocarril a la galera, la segadora a la hoz, la trilladora al mayal; hubiera podido oír la pulsación de las máquinas que obedientes a la voluntad humana y para satisfacer los humanos deseos despliegan un poder mayor que el de todos los hombres y el de todas las bestias de carga de la tierra sumadas; hubiera podido ver los árboles del bosque transformados en muebles concluidos, en puertas, marco, tablones, cajas o barriles sin que apenas le tocasen las manos del hombre; los grandes talleres donde las botas y zapatos son hechos con menos trabajo del que el antiguo remendón empleaba en poner una suela; las fábricas donde bajo la mirada de una muchacha el algodón se convierte en tejidos con más ligereza que podían haberlo hecho centenares de hábiles tejedoras con sus telares de mano; hubiera podido ver los martillos de vapor forjar inmensos capiteles y enormes áncoras y a delicadas máquinas haciendo diminutos relojes; el taladro de diamantes atravesando el corazón de las rocas y el petróleo sustituyendo al aceite de ballena; hubiera podido comprobar la enorme economía de trabajo y resultante del progreso en las facilidades del cambio y la comunicación; carneros muertos en Australia, comidos frescos en Inglaterra y órdenes dadas por los banqueros en Londres por la tarde, ejecutadas en San Francisco en la mañana del mismo día, si hubiera podido concebir los cien mil progresos que esos insinúan únicamente, ¿cuál hubiera sido su deducción acerca de la condición social del género humano?

No hubiera parecido una deducción; después de esa visión sería como si lo hubiera visto; y su corazón hubiese palpitado y sus nervios vibrarían como alguien que desde una altura y hallándose al frente de una caravana sedienta divisara a lo lejos bosques rumorosos y el deslizarse de aguas juguetonas. Sencillamente con los ojos de la imaginación hubiese vislumbrado estas nuevas fuerzas elevando a la sociedad desde sus mismos fundamentos, remontando hasta aún a los más pobres sobre la posibilidad de padecer hambre eximiendo aún a los más bajos de la angustia producida por las necesidades materiales de la vida; hubiera visto a esos esclavos del saber tomando sobre si el tradicional azote, a esos músculos de hierro y nervios de acero haciendo de la vida del más pobre trabajador un día de fiesta en el que toda la alta cualidad y todo noble impulso encontraría ambiente para desarrollarse.

Y de esta espléndida condición material hubiera visto surgir como consecuencia necesaria, condiciones morales y realizaran la edad de oro en que siempre ha soñado la Humanidad. Ya no estaría por más tiempo raquítico y hambriento el adolescente; el viejo no sería maltratado por la avaricia; el niño jugando con el tigre; el hombre limpio de miseria embriagándose en la gloria de las estrellas. ¡La corrupción desaparecería, el orgullo convertido en humildad, la discordia trocada en armonía! Porque, ¿cómo podrían existir el vicio, el crimen, la ignorancia, la brutalidad que nacen de la miseria y del miedo a la miseria donde la miseria hubiera desaparecido? ¿Quién adularía donde todos fueran hombres libres, quien oprimiría cuando todos fueran iguales?

Sin embargo los hechos no han justificado aquella posible visión. Antes al contrario la miseria se ha acrecentado. Este hecho, el gran hecho de que la pobreza y cuanto de ella se deriva se muestra en las sociedades precisamente a medida que se desenvuelven las condiciones hacia que tiende el progreso material, prueba que las dificultades sociales que existen donde quiera se ha alcanzado cierto grado de progreso no provienen de circunstancias locales, sino que son, de uno u otro modo engendradas por el progreso mismo.

Y por mucho que nos pueda desagradar el admitirlo llega a ser evidente que el enorme aumento en el poder productivo que caracteriza la presente centuria y que todavía prosigue con acelerada velocidad no tiene tendencia a extirpar la miseria ni a alterar la carga de aquellos que están obligados a trabajar. Sencillamente ensancha el abismo entre Dives y Lázaro y hace más intensa la lucha por la vida. La aplicación de los inventos ha revestido al hombre de poderes que hace un siglo la más atrevida imaginación no hubiera podido soñar. Pero en las fábricas donde las maquinarias que ahorran el trabajo han alcanzado su más poderosos desenvolvimiento, trabajan muchos pequeñuelos; donde quiera que las nuevas fuerzas son utilizadas de algún modo hay clases numerosas sostenidas por la caridad o viviendo próximas a recurrir a ella; entre las grandes acumulaciones de riqueza, los hombres mueren de hambre y hay enfermizos párvulos que maman senos exhaustos; al par que por donde quiera la avidez de las ganancias, el culto a la riqueza manifiesta el imperio del miedo a la miseria. La tierra prometida huye ante nosotros como un espejismo. Los frutos del árbol del saber se convierten a medida que los cogemos en manzanas de Sodoma que se pulverizan al tocarlas.

Verdad es que la riqueza ha sido aumentada enormemente y que el término medio de la comodidad del descanso y del refinamiento se ha levantado, pero estas mejoras no son generales. Las clases más bajas no participan de ello. No quiero decir que la condición de las clases más bajas no haya mejorado en nada ni en ninguna parte; sino que no hay en ninguna parte mejora alguna que pueda ser atribuida al aumento del poder productivo. Verdad es que los más pobres pueden ahora en ciertos aspectos disfrutar de algo que los más ricos de hace un siglo no podían tener a su disposición; pero esto no demuestra mejora en sus condición en cuanto la aptitud para obtener las cosas necesarias para la vida no ha aumentado. El mendigo en una gran ciudad puede disfrutar de muchas cosas de que está privado el colono de los campos, pero esto no prueba que la condición del mendigo de la ciudad sea mejor que la del labrador independiente. Lo que quiero decir es que la tendencia de lo que llamamos progreso material no es en manera alguna mejorar la condición de las clases más bajas en lo que es esencial a la salud y a la felicidad de la vida humana. Por el contrario contribuyen a deprimir todavía más la condición de esas clases bajas. Las nuevas fuerzas aunque sean de tal carácter que por su naturaleza cooperen a elevar a la sociedad, no actúan sobre la fábrica social desde los cimientos de estas, como durante mucho tiempo se ha esperado y creído sino que actúan sobre ella en un punto intermedio entre la cumbre y el fondo. Es como si una inmensa cuña fuese hincada no bajo la sociedad sino en medio de la sociedad. Los que estuvieran encima del punto de separación serían elevados; pero aquellos que estuvieran debajo serían más aplastados.

Tres mil años de progreso y todavía resuena en la mente: «¡Han hecho amargas nuestras vidas con pesado cautiverio, en el mortero y en el ladrillo y en toda especie de trabajo!». Tres mil años de progreso y las voces lastimeras de los chicuelos suenan gimientes.

Progresamos y progresamos; cruzamos continentes con carriles de hierro y enlazamos ciudades con las mallas de los hilos del telégrafo. Cada día surge una nueva invención; cada año señala un avance reciente; aumentando el poder de producción y esclarecidos y allanados los caminos del cambio. Sin embargo la queja de los malos tiempos se hace más y más ceñuda; en todas partes están los hombres acosados por el desasosiego y atribulados por el miedo a la miseria. Con veloz y constante carrera y prodigiosos saltos el poder de los brazos humanos para satisfacer las necesidades humanas avanza y avanza, se multiplica y multiplica.

Sin embargo, la lucha por la mera existencia es más y más intensa y el trabajo humano se va convirtiendo en la más barata de las mercancías. Cerca de los repletos almacenes, seres humanos, viven obscuramente con hambre y tiritan de frío; bajo la sombra de las iglesias se enciende el vicio nacido de la necesidad.

Henry George

 

La vivienda, ¿un problema?

Supongamos una comunidad donde la renta de la tierra se privatizara, como ocurre actualmente. Dentro de un piso antiguo de 200.000€, el 80% correspondería al valor de la tierra y el resto, al piso mismo. Tengamos en cuenta que el porcentaje es totalmente probable, puesto que actualmente y de media, sucede así. En este caso, para acceder al piso, uno debería desembolsar 200.000€, con la consiguiente hipoteca y lo que esto supone. La banca es la gran interesada en que la renta siga siendo privada.

Supongamos ahora una comunidad donde la renta se gravara por completo. Para acceder al piso, ahora el desembolso pasaría a ser de 40.000€.

Lo que hay detrás de esto es la eliminación del precio de venta de la tierra, diferente a la renta, que seguiría siendo la misma, o incluso mayor. ¿De dónde sacamos esto?

El precio de la tierra es la renta anual capitalizada al interés corriente. P= R/(i+t) Donde P es el precio de venta, R la renta anual, i el interés corriente y t, el impuesto sobre el valor de la tierra (si lo hubiere). Vayamos con el primer supuesto:

¿De dónde salen los 160.000€ del valor de la tierra? El precio se obtiene tras dividir la renta entre el interés corriente, que pongamos que es del 5%. Si supiéramos la renta anual, podríamos sacar el precio, pero como nos es desconocida, saquémosla utilizando el precio: 160.000×0.05=8.000€

Vayamos con el segundo supuesto:
Sabemos por el supuesto número uno que la renta anual es de 8.000€ y el interés 5%. Aplicando la fórmula, 8000/(0.05+8000)=0.9 que sería lo correspondiente al interés. Como observamos, el precio de venta de la tierra quedaría abolido, y por tanto, como indicamos arriba, 40.000€ sería lo que uno tendría que pagar para acceder a un piso que actualmente “tiene un precio” de 200.000€.

Es fácil observar que la implantación del Impuesto Único facilitaría el acceso a la vivienda al eliminar el precio de venta de la tierra, pero si vamos más allá, vemos que el Impuesto reduciría los precios de las viviendas al obligar a venderlos a quienes mantienen pisos como excusa para especular con la tierra, pues la vivienda se deprecia con el tiempo, pero paradójicamente cada año acceder a la misma cuesta más, y esto se debe a que el aumento del valor de la tierra compensa con creces la reducción del precio de la vivienda. En el caso español, los bancos mantienen una gran cantidad de viviendas a la espera de que aumente el precio de la tierra, y el Impuesto al Valor de la Tierra al ser un golpe al corazón mismo del sistema, supondría una lucha por deshacerse de las viviendas, cuya consecuencia sería una reducción radical de los precios. Si a esto sumamos la eliminación de los demás impuestos, acceder a la vivienda sería todavía más fácil.  A largo plazo, una de las consecuencias de liberar la tierra y eliminar los impuestos que frenan la creación de riqueza, sería que los salarios subirían hasta lo que justamente les corresponde al revertir la situación del mercado laboral, de tal manera que la demanda de trabajadores sería mayor que la oferta de estos, lo que facilitaría hasta el ridículo el acceso a una vivienda. Ya no sería necesario firmar un contrato de esclavitud con el banco para tener un techo, ni depender del Estado para vivir una vida digna, porque aquí, solo hemos reparado en el candente tema de la vivienda, pero es fácil percatarse de los beneficios del Impuesto Único sobre el Valor de la Tierra.

 

John A.

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El gran impuesto único – Artículo de El Mundo

Reproducimos aquí un artículo aparecido en el rotativo español El Mundo el 26 de Enero de 2014 cuyo tema central es el impuesto único:

El valor de la tierra, Henry George y el lado rico de las ciudades

En países como España o Irlanda, toda referencia a la necesidad de construir viviendas genera urticaria, pero en otros lugares la falta de casas se está convirtiendo en un verdadero problema. Por ejemplo, en Londres. Allí, el alcalde está en guerra con el Gobierno sobre las mejores soluciones. Johnson ha lanzado el mayor plan desde los años 30 del siglo pasado para hacer frente al crecimiento de la población (y de los precios). Por ejemplo, llevando hogares a Heathrow.

El problema es que no parece realmente bueno y que sus críticos consideran que está haciendo realmente poco para solucionar la situación.

Lo mismo está ocurriendo en San Francisco, una ciudad pequeña, con un altísimo nivel de vida, precios que suben y más demanda que oferta. The Atlantic aborda la situación con el dramático título de “éxodo“. The Economist aclara una de las causas -las empresas que se han mudado a la zona- y advierte de que, a corto plazo, no hay soluciones posibles.

Noah Smith, que estudió en la zona y sufrió en sus carnes las consecuencias, tiene una propuesta: impuestos a la propiedad de la tierra, o mejor dicho, un impuesto único, una idea presente ya en Adam Smith, David Ricardo o John Stuart Mill, pero popularizada por el norteamericano Henry George en el siglo XIX.

La esencia consiste en no gravar el trabajo o el ahorro, sino el valor de la tierra. “Cuando gravamos las casas, las cosechas, el dinero, los muebles, el capital o la riqueza en cualquiera de sus formas, tomamos del individuo lo que justamente pertenece a éste. Violamos el derecho de propiedad, y en nombre del Estado, cometemos un robo. Pero cuando gravamos el valor de la tierra, tomamos de los individuos lo que no pertenece a éstos, sino que pertenece a la sociedad, y lo que no puede dejarse a los individuos sin que resulten robados los otros individuos”.

Es decir, no hacer tributar a los bienes inmuebles que hay construidos, sino el terreno, cuyo valor se establece por la localización. Smith considera que “a diferencia de los tributos sobre la propiedad que tenemos ahora, la idea de George empuja a los propietarios a usar de forma valiosa su terreno. Los impuestos convencionales ‘pagan’ a la gente para no construir, pues de hacerlo, deberían tributar más”. Y así, además, se distribuiría la riqueza sin penalizar a los más ricos por crearla. No se penalizaría la actividad o la creatividad, sino la “buena suerte” de contar con esa propiedad concreta.

Matt Yglesias, aunque simpatiza con la idea, cree que no resolvería los problemas de la ciudad.

¿Es una locura? En absoluto, la propuesta se ha probado muchas veces desde los años 50 del siglo pasado, y se usa en Australia o Dinamarca o algunos estados norteamericanos.

Aunque a algunos les pueda parecer teorías “comunistas“, a los economistas les suele gustar, pero en abstracto. Más o menos. En su momento, como cuenta en sus libros Schumpeter, le hicieron bastante poco caso. Y cuando se lo hicieron, para mal. En España, Joaquín Costa, con una lectura un tanto extraña de su obra, fue uno de sus primeros divulgadores.

Milton Friedman decía que entre los todos los malos, no era desde luego el peor de los impuestos. Aunque a Murray Rothbard le repateaba el hígado.

Tiene muchas debilidades y desventajas. Krugman y Stiglitz han escrito sobre el tema en diversas ocasiones.

¿Recaudaría lo suficiente para compensar lo que se dejaría de recibir por otros conceptos? Según algún cálculo antiguo, quizás tanto como el 50% de los impuestos sobre el trabajo y el capital en un año.

Parte de la argumentación en el interesante artículo de Smith es que buena parte del valor de un terreno, hoy, se debe a los servicios públicos de los que se beneficia por ella. Por eso la localización es clave. ¿Por qué el este de las ciudades europeas suele ser más pobre? Por el viento, explica Dan Zambonini, pues durante la revolución industrial, los más ricos de Inglaterra se mudaron hacia ese lado huyendo del humo de las fábricas, que el continente tiende a soplar en dirección este-oeste.

Durante mucho tiempo se asumió que las ciudades crecían mediante anillos concéntricos, con los pobres en medio. Homer Hoyt, sin embargo, desarrolló un modelo sectorial (como un quesito de trivial) que explicaba el crecimiento en función de acceso a servicios y comunicaciones.

Fuente original: http://www.elmundo.es/economia/2014/01/26/52e2d66e268e3ec77f8b4584.html

Impuesto al valor de la Tierra – Entrevista con Bruno Moser

En esta interesantísima entrevista que hemos subtitulado al español, entrevista hecha al economista suizo Bruno Moser, nos adentramos en aspectos más profundos de la organización socioeconómica que genera el IVT Impuesto al Valor de la Tierra y los importantes cambios que se darían de introducirse.

“A veces, basta con una pequeña ficha de dominó que cae en el momento adecuado, en la dirección adecuada y con la suficiente fuerza para cambiar cosas que pensábamos que eran imposibles de cambiar…”

M.Vlahovic

Dedicado a Henry George – El Impuesto Único – nº10 – Septiembre de 1912

 

III

Henry George, filósofo

Se ha dicho que lo que iluminó el alma de Abraham Lincoln en contra de la esclavitud fue el haber presenciado en su juventud en Nueva Orleans una venta de negros, hombres, mujeres y niños, maridos y mujeres, padres e hijos, en pública subasta.

Del mismo modo lo que iluminó el alma de Henry George en contra de la esclavitud individual fue el contraste de la miseria con la riqueza que advirtió en la mayor de las ciudades del mundo, en su visita a Nueva York en el invierno de 1868 a 1969. Aunque ocupado aparentemente en resolver las dificultades de montar un servicio telegráfico, en realidad eran grandes las pausas en que su entendimiento, libre de las preocupaciones de asuntos personales, se sumergía en el reino de los problemas que cercan a la humanidad.

Al entrar en Nueva York creyó encontrar difundido el material bienestar que parece debiera seguir al progreso en condiciones de libertad política. Su desencanto fue profundo. Si bien encontró la material prosperidad mucho más elevada de lo que la había soñado, riquezas abundantes y comodidades lujosas, halló que lejos de estar difundidas estaba más y más concentradas. En un extremo, fabulosas riquezas; en el otro, miseria tan abyecta que sus víctimas envilecidas carecen de toda esperanza de redención y hasta del deseo de redimirse y entre estos dos extremos un horrible miedo y paralizante inquietud y horror a la miseria que todavía es peor que la miseria misma.

Misterioso fue el modo de descubrir como al paso que la extraordinaria prosperidad material de Nueva York se debía al progreso del poder del trabajo, es precisamente la masa trabajadora la que siempre permanece pobre. Bajo el antiguo régimen de Europa donde ningún productor puede alegar título de propiedad sobre lo que gana en contra del capricho del monarca o del señor feudal esto no hubiera constituido ningún problema. Pero en la libre América, donde el productor posee el producto en virtud de su título como tal productor y goza la liberad de cambiarlo por productos de otros productores. ¿Cómo es posible que en estas circunstancias continúe en la pobreza las clases productoras a medida que aumenta el poder producto del trabajo y el progreso material crece?

Este fue el problema que se planteó Henry George. No fue, como algunos han supuesto, el problema de la miseria solamente, sino el problema de la persistencia de la miseria de las grandes masas trabajadoras o productoras en medio de la abundancia de productos y a pesar del constante progreso del poder productor.

Ni tampoco fue un problema material; porque según el mismo Henry George ha escrito «La miseria no es solamente destitución, significa vergüenza, degradación; es la cauterización como con un hierro candente de las partes más sensibles y delicadas de nuestra naturaleza moral y mental; es la negación de los más fuertes impulsos y de las más caras afecciones; es el destrozo de los nervios más vitales.

Amáis a nuestras mujeres, amáis a vuestros hijos, ¿pero no preferiríais verlos morir que verlos torturados por la miseria en la que viven las grandes masas en todo país altamente civilizado?

Cuando me di cuenta por vez primera de la inmunda miseria de unan gran ciudad me horroricé y sobrecogí de tal modo que no pude descansar, pensando cuál sería la causa y como podría curarse.»

Desde aquel momento dedicó sus ocios al estudio de la Economía política, estudió, severo comprensivo, sistemático, crítico y fundamental para resolver su problema y dar a la solución su demostración lógica en una atractiva forma literaria para dejar impresas las verdades de sus conclusiones sobre el público entendimiento.

Con una tal consagración de su vida llegó a ser Henry George el filósofo a quien hoy se designa con el nombre «El Profeta de San Francisco.»

Aunque desde el principio había observado Henry George la monstruosa asociación del progreso con la miseria, la razón de esta monstruosidad no la encontraba. Por fin vino como una inspiración y fue, sin embargo, sugerida por uno de los hechos más triviales de la vida y con el que estaba muy familiarizado. Lo que distinguió no fue un hecho obscuro, sino una relación, inadvertida hasta entonces, entre hechos de la vida corriente.

Esto ocurrió en 1870 en el momento en que se iba a inaugurar el ferrocarril transcontinental. La demanda por tierra había crecido enormemente en toda la bahía de Oakland donde entonces editaba un periódico Henry George; pero esta demanda no tenía para él otro dignificado que el común y corriente, simplemente una indicación de la prosperidad industrial; una manifestación del progreso de Oakland y San Francisco. Todavía no lo había relacionado con el problema que le traía tan preocupado.

Pero un día que en su distracción favorita de montar a caballo, se alejó entre las colinas, asió de repente el profundo significado de este fenómeno industrial y el terrible enigma de la Esfinge fue resuelto.

Veinticinco años más tarde escribía a un amigo los siguientes recuerdos: «Absorto en mis pensamientos tuve que parar el caballo para descansar. En este descanso acertó a pasar un labriego y por decir algo le pregunté cuánto valía aquella tierra. Me contestó señalando a unas vacas que pastaban a lo lejos, tan lejos que parecían ratas: fijamente no le puedo decir; pero allí hay un hombre que no dará su tierra por menos de mil duros la fanega. Como un rayo se me apareció la idea de que allí estaba la razón del consorcio de la creciente miseria con el creciente progreso. Con el crecimiento de población, la tierra aumenta de valor y los hombres que la trabajan han de pagar más por el privilegio.»

Esta verdad firmemente arraigada en sus pensamientos se fue madurando y desarrollando lentamente durante año y medio hasta que floreció en elocuente expresión.

En este interregno, trajo a su familia a Sacramento donde se había establecido y fundado un nuevo periódico.

A principios de Octubre de 1870 se trasladó a San Francisco con su familia donde había ya ganado excelente reputación por sus obras literarias.

Cuenta la mitología griega que cuando Edipo marchaba hacia la villa de Tebas encontró gran desolación por los destrozos y carnicería causados por el terrible monstruo la Esfinge que tenía el cuerpo de león y la cabeza, pecho y brazos de mujer. Este monstruo planteaba un enigma a todo el que se le acercaba y de no resolverle era el viajero inexorablemente arrojado de cabeza desde lo alto de la roca donde moraba la Esfinge. Muchos habían muerto de este modo por lo que al llegar Edipo las lamentaciones y precauciones eran generales.

Henry George vio en las calles de Nueva York el enigma que la Esfinge plantea a la moderna civilización y que de no resolverle acabará con ella.

En la noche del domingo 26 de marzo de 1871 en su despacho en un segundo piso de la calle Stevenson de San Francisco, Henry George se puso a formular la respuesta al enigma de la moderna Esfinge.

De ella hizo un folleto de 48 páginas en tipo y renglones apretados equivalentes a 150 páginas de un libro corriente, al que dio el título de Nuestra tierra y nuestra política territorial y del Estado.

Dividió la materia en las cinco partes siguientes:

– Las tierras de los Estados Unidos.

– Las tierras de California.

– Tierra y trabajo.

– La tendencia de nuestra presente política territorial.

– Lo que debe ser nuestra política territorial.

Este folleto empezado el 26 de marzo lo terminó el 29 de Julio de 1871 a los 32 años de edad. En su obra póstuma «La Ciencia de la Economía política» puede leerse el siguiente párrafo interesantísimo: «En mi folleto Nuestra tierra y nuestra política territorial expuse la urgencia de concentrar todos los impuestos sobre el valor de la tierra propiamente dicha. Encontrándome un día en la calle con el abogado A.B. Douthitt nos paramos a charlar y me dijo que lo que yo proponía en mi libro era lo mismo que cien años antes propusieron los fisiócratas franceses.

He olvidado muchas cosas; pero el sitio en que oí esto y el tono y la actitud del hombre que me lo dijo han quedado fotografiados en mi memoria. Porque cuando se ha visto una verdad que no ven los que nos rodean es el placer más intenso oír decir que otros la han visto; esto es cierto aunque se refiera a hombres ya muertos antes que nosotros naciéramos. Porque las estrellas que nosotros vemos ahora estaban ya aquí hace cientos y miles de años. Siguen brillando. Los hombres vienen y se van, generación tras generación, como las generaciones de hormigas.»

El folleto alcanzó poca atención. Ni aún en California despertó la opinión pública al reconocimiento que anhelaba. Hacia el final de su vida, dijo refiriéndose a esto (léase «La Ciencia de la Economía política»): «Se vendieron unos mil ejemplares; pero vi que para atraer la atención tenía que elaborar más completa y profundamente el texto.»

Esta obra fue hecho ocho años más tarde cuando escribió «Progreso y Miseria».