Dedicado a Henry George – El Impuesto Único – nº10 – Septiembre de 1912

 

II

Henry George, escritor

La carrera de Henry George como escritor puede decirse empieza en 1865. El 25 de marzo escribió su primer artículo titulado «Del provechoso empleo del tiempo». Este fue bien pronto seguido por otros dos, titulados «Las leyes referentes a la marinería» y un artículo «Defensa de lo sobrenatural».

En el periódico Alta California publicó otro artículo con motivo del asesinato del Presiente Abraham Lincoln y pocos días después de publicarse le contrató el editor como reporter especial para describir los funerales y manifestaciones de duelo en toda la ciudad. Esta fue la primera paga que recibió como escritor.

Siguió escribiendo artículos y «cartas al editor» con el seudónimo de «Proletarian» hasta que sus méritos fueron reconocidos por Neah Brooks, quien en 1866 le hizo ingresar en la redacción del periódico de San Francisco Times. En seis meses ascendió al puesto de Director con un sueldo de 200 duros al mes.

En octubre de 1867 nació su tercer hijo, una niña, a quien puso el nombre de Jennie Teresa.

Sin desatender su puesto escribió artículos para diversas revistas y en 1868, con motivo de la terminación de las obras del ferrocarril, escribió un artículo para el Overlan Monthly, que es notabilísimo no solo por su espíritu profético, sino porque fue el primer indicio de la misión que este grande hombre había de desempeñar. A continuación copiamos unos párrafos:

«La terminación de este ferrocarril y el consiguiente aumento de negocios y población, no será beneficiosa para todos nosotros sino solo para unos pocos. Como regla general (sujeta naturalmente a excepciones) hará más ricos a los ya poderosos; pero para los que nada tienen les será más difícil la vida. Los que tienen tierras, minas, negocios bien establecidos, destreza especial de cierto género se encontrarán más ricos porque aumentarán las ocasiones; los que no tienen más que su trabajo, se encontrarán más pobres y les será más difícil la vida; primero a causa de que se necesitará más capital para comprar tierras o establecerse; y segundo, porque como la competencia reduce los salarios será mucho más difícil que ellos puedan adquirir ese capital.»

Por ese artículo, de unas siete mil palabras recibió Henry George 40 duros.

En Agosto de 1864 dejó el Times Henry George por habérsele rehusado un aumento de sueldo que había solicitado.

Durante todo este tiempo de relativa prosperidad no había dejado de hacer frecuentes remesas de dinero a sus padres para ayudarles en sus necesidades. Esto no le impidió hacer algunos ahorros que tenía depositados en un banco. Entonces quiso realizar un ensueño largamente acariciado: el de ir a Filadelfia, y envió por delante a su familia al cuidado de su hermano Jonn Wallance George que había ido a California tres meses antes.

Su intención era ir en seguida a reunirse con ellos; pero en esto se fundó un nuevo periódico en San Francisco, La crónica, del que fue nombrado director, cargo que solo desempeño unas semanas por no estar conforme con la política del periódico. Pasó a la dirección del Heraldo de San Francisco y se encargó de ir comisionado a Nueva York para negociar el ingreso de este periódico en la Asociación de la Prensa o en otro caso montar un servicio telegráfico especial.

A primeros de Diciembre de 1868 salió con esta comisión para el Este en una diligencia de cuatro caballos, pues todavía no se había inaugurado el ferrocarril transcontinental. «Pasé muchas noches en el pescante, dice en sus notas, y con gran contento alcanzamos, por fin, el ferrocarril donde logré un sleeping-car aunque entonces una cama servía para dos personas.»

Fue primero a Filadelfia donde pasó varios días con toda su familia. Después pasó a Nueva York a desempeñar su comisión. Habiendo rehusado la Asociación la entrada del nuevo diario en su sociedad, se dedicó a montar el servicio de noticias por telégrafo con el mayor éxito, por lo cual visto por la referida Asociación intrigó hasta conseguir se elevaran las tarifas al nuevo periódico y se bajaran para la Asociación. Luchó cuanto pudo, nuevo David, contra el Goliat gigantesco monopolio del telégrafo y de la Prensa. Salió derrotado y dejando a su familia en filadelfia se volvió a San Francisco el 20 de mayo de 1869.

 

Dedicado a Henry George – El Impuesto Único – nº10 – Septiembre de 1912

 

I

La niñez y la juventud de Henry George

Henry George nació el 2 de Septiembre de 1839 en una casita de dos pisos que todavía se conserva en buen estado en Filadelfia, calle 10, Sur de Pine a menos de media milla de la casa del Estado donde se firmó la Declaración de Independencia.

Desde muy niño y ya en la escuela primaria empezó a demostrar su afición a la lectura y el estudio. Todos los ratos de ocio los pasaba devorando libros en la Biblioteca del Instituto de Franklin.

Entre los 16 y los 17 años entró en la tripulación del «Hindoo», buque que hacía el recorrido: Nueva York-Melbourne-Calcuta.

A los 18 años aprendió el oficio de tipógrafo. A los 19 años marchó a California desembarcando en San Francisco el 27 de Mayo de 1858, después de un viaje de 155 días desde Filadelfia.

Muchas y graves vicisitudes pasó en aquel período de su vida con alternativas de bienestar e indigencia. Todos sus ahorros los perdió en la expedición al Río Fracer donde creyó, con otros muchos, encontrar minas de oro. A su vuelta a San Francisco en 1850, volvió a ocuparse en su oficio de tipógrafo.

Por esta época conoció a la que fue después su digna compañera, Miss Annie Corsina Fox. Se casaron el 3 de Diciembre de 1861 cuando él tenía veintidós años y ella diecisiete.

No hubo viaje de bodas para estos recién casados. Lejos de eso a la mañana siguiente levantose el marido a las cinco y salió en busca de trabajo que encontró como tipógrafo suplente. Después de estar trabajando todo el día todavía buscó un destajo por la noche y estuvo trabajando hasta la madrugada.

Poco tiempo después se trasladó a Sacramento y ganó buenos salarios en la imprenta del diario de la mañana «La Unión».

El 3 de noviembre de 1862 nació su primer hijo que lleva su mismo nombre y hoy es distinguido miembro de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, y digno continuador de su santo padre en la noble y grande causa que instituyó.

Esta nueva responsabilidad le hizo procurarse ingresos extraordinarios y entonces ocurrió que habiendo llegado a dar una conferencia un joven periodista llamado Samuel L. Clemens (quien después se hizo célebre como humorista por todo el mundo con el sobrenombre de «Mark Twain») el organizador de dicha conferencia, empleó a Henry George para recoger los billetes a la entrada.

En enero de 1865 nació su segundo hijo, (hoy distinguido escultor en Nueva York) cuando el hogar estaba en las más horribles condiciones de miseria. El médico dijo: «no pierdan tiempo en lavar al niño, sino apresurarse a alimentarle porque se muere de inanición» Lo que entonces ocurrió no lo refirió Henry George hasta diez y siete años después:

«Salí a la calle decidido a que me diera dinero el primer transeúnte que llevara aspecto de llevarlo. Detuve a un forastero y le dije necesitaba cinco duros. Me preguntó que para qué los necesitaba, le repliqué que mi mujer estaba en cama y que no tenía qué comer. Entonces me dio el dinero. Creo que a si no me lo da le hubiera matado en mi desesperación.»

La indigencia de Henry George jamás pudo achacarse a indolencia o disipación. Fue siempre un infatigable trabajador, no tenía ningún vicio a menos que el fumar sea un vicio, y tenía un delicadísimo sentido de su responsabilidad. Lo que le ocurrió fue ser una de las muchas víctimas de aquellos duros tiempos en que Mark Twain confesaba haber estado hambriento y con impulsos criminales ante el escaparate de un restauran en San Francisco. Fue la miseria que trae consigo el desorden en las condiciones industriales.

Por fin volvió a encontrar trabajo y pasó el rigor de la tormenta.

Arquímedes, por Mark Twain

“Dadme un punto de apoyo”, dijo Arquímedes, “y moveré el mundo.” La fanfarronada era muy segura, porque él sabía muy bien que no había punto de apoyo, y nunca lo habría. Pero suponga que él hubiese movido la Tierra; ¿Y qué? ¿En qué hubiese beneficiado eso a nadie? El trabajo nunca habría cubierto gastos, mucho menos hubiese dejado dividendos, así que, ¿De qué servía hablar de ello? Por lo que los astrónomos nos cuentan, debo entender que la tierra ya se mueve bastante rápidamente, y, si hubiese algunos chiflados que estuviesen insatisfechos con su marcha, para lo que a mí me importa, bien pueden empujarla ellos mismos; yo no movería un dedo ni suscribiría un solo penique para apoyar nada parecido. Continúa leyendo Arquímedes, por Mark Twain

“Socialismo y Georgismo”, por Baldomero Argente

 

Los socialistas formulan esta pregunta:

«¿Cuáles son las causas y el remedio de este problema social que conturba a la Patria, más aún, al mundo entero, y a todos nos sobresalta y acongoja? No conocemos –añaden- más que una respuesta clara, concreta y concluyente: la que damos nosotros, los socialista; la doctrina socialista es una contestación categórica al enigma que propone la despiadada esfinge contemporánea: a la interrogación sobre las causas y los remedio del problema social.»

Hasta cierto punto tienen razón. Y considerad toda la terrible importancia envuelta por esa afirmación arrogante. La sociedad capitalista, tal como ahora se encuentra organizada, es de fecha relativamente reciente. Nace en el siglo XV; se engendra en la descomposición del régimen feudal; se anticipa en Inglaterra; las inician, desenvuelven y completan los cerramientos de las tierras comunes, la absorción por particulares de las tierras públicas, la desaparición progresiva de la pequeña propiedad y la expulsión del campesino, empujado por el mecanismo de las leyes y de los impuestos hacia la ciudad; la perfeccionan, en fin, el vapor, los progresos de la mecánica, el ferrocarril, el telégrafo, facilitando los procesos de concentración de la riqueza.

El auge del sistema capitalista ha coincidido con la segunda mitad del siglo XIX. Las almas nobles y serenas no podían contemplar satisfechas los resultados de ese sistema, ni siquiera en las horas de su mayor esplendor. ¿Cuáles eran los frutos del régimen capitalista? En lo material, un progreso maravilloso: en este orden, ese medio siglo no tiene par en la Historia. En lo social y moral una monstruosa ulceración. ¿Qué diferenciaba más eficaz e inequívocamente un país civilizado de una tribu primitiva? El presidio, el asilo, la mancebía, la despiadada explotación del niño, la degradación de la mujer y la continua y agobiadora preparación para la guerra. Ese régimen capitalista en su etapa de mayor florecimiento engendró, en lo interior, el pauperismo, el alcoholismo, la prostitución, el suicidio; en lo exterior, las competencias internacionales. Resumen de sus efectos han sido la rebeldía social y la guerra universal.

Hoy, minada la sociedad capitalista por las propias úlceras que la injusticia sobre que está asentada forja, se bambolea y desquicia infundiendo en los ánimos el temor de un derrumbamiento. El ejemplo de lo que puede acontecer, lo tenemos en Rusia, y es tal, que se necesita la inconsciencia para no sentir espanto. Antes de Rusia tuvimos otro, exactamente igual: Méjico. La organización capitalista es una fuerza continuamente impulsora que ha hecho subir el progreso material hasta una cumbre, doblada la cual está un despeñadero. Ascendimos hasta la cumbre: si la fuerza sigue actuando, caeremos en la sima como otros pueblos han caído.

Para impedirlo, hay que transformar esa sociedad capitalista. Coinciden en esta afirmación todos los hombres que, sobreponiéndose a sus egoísmos, contemplan reflexivamente el panorama social. Transformación o revolución, pero revolución sangrienta y anárquica, realizada por el desbordamiento de todos los rencores amasados en las clases sometidas por un milenario de sufrimiento e inequidad. La transformación debe ser obra de la razón y del amor; la revolución sería la obra de la pasión ciega y del odio; y en el fondo del corazón humano duermen las pasiones primitivas del salvaje y e la fiera esperando el clarín de la ira que las despierte.

Hay, pues, que transformar la sociedad. Y para transformarla, saber la causa que engendra estos males y la organización a que aspiramos, porque solo la extirpación de aquella causa puede traer el remedio: cualquier otra cosa es palabrería, pérdida de tiempo, o quizá agravación del daño. Por tanto hay que dar una respuesta concreta a la interrogación que la esfinge devoradora dirige a las generaciones contemporáneas.

Los socialistas dicen: no hay más respuesta categórica que la dada por nosotros; todos los demás son tópicos, vulgaridades, medios de encubrir la ignorancia. Dicen verdad cuando afirman que ellos ofrecen una respuesta clara, y cuando añaden que los partidos gobernantes no tienen ninguna que dar.

Se equivocan cuando afirman que es la única. Hay dos contestaciones que por igual abarcan los orígenes del mal y las fórmulas de su remedio: una, la contenida en el «Manifiesto comunista» y «El capital» de Carlos Marx; otra, la georgista, desenvuelta en «Progreso y Miseria» de Henry George. Las dos se plantean el mismo problema: las dos coinciden en la explicación de los orígenes históricos; difieren en cuanto al proceso que conduce a la explotación monstruosa del capitalismo, y se apartan en cuando al remedio final.

El socialismo aspira al comunismo, sin otro medio de realización que la dictadura del proletariado; hace desaparecer el derecho del individuo ante la conveniencia general; instaura la tiranía colectiva; y es, por tanto, solución intrínsecamente conservadora. El supuesto esencial en que se asienta es que las leyes naturales son inarmónicas e imperfectas y que han menester la intervención del hombre que las corrija y mejore.

El georgismo eleva el derecho del individuo frente a los supuestos derechos de la colectividad. Explica el mal por la esclavitud económica del hombre y fía su remedio a la plena libertad; busca la cadena que sujeta al hombre a su miseria, y confía razonadamente en la ruptura de esa cadena que libertará las fuerzas del espíritu y permitirá al esclavo su emancipación; asienta toda su doctrina no sobre el derecho de la colectividad al bienestar, sino sobre el supremo derecho del individuo, frente a la humanidad entera y a la libre y plena expansión de sus potencias individuales; es pues, doctrina intrínsecamente liberal.

Parte del supuesto de que las leyes naturales son armónicas y perfectas, y que la desarmonía está producida por la intervención del hombre para asegurarse el disfrute de la injusticia y del privilegio, por lo que el remedio ha de consistir en la extirpación de esos privilegios e injusticias restituyendo al hombre su libertad.

El socialismo, en sus fórmulas prácticas, es inevitablemente, doctrina sin enlace con la sociedad presente y , por tanto, doctrina de revolución. El georgismo permite engranar sus fórmulas prácticas con el estado actual del mundo, y de este parte, sin trastorno, hasta cambiarlo radicalmente; es, por tanto, doctrina de evolución.

Pero fuera de esas dos respuestas, ¿qué soluciones encontramos para el problema social? ¿Será esa sociología trasnochada, que tiene como cimiento indispensable la continuación de la iniquidad presente y busca el aplazamiento de los dolores con fórmulas insustanciales, como las llamadas leyes protectoras del trabajo, sin vida en la realidad, o por mezquinas dádivas del presupuesto? Ese no es el contenido de la reforma social; esa es la mentira de la reforma, la superchería de la reforma, el engaño al proletariado, la hipocresía de las clases burguesas; esa no es doctrina de libertad ni de igualdad, sino derivación del paternalismo gubernamental; esa es en lo colectivo, la equivalencia de la limosna en lo particular; ese ha sido el procedimiento empleado ineficazmente para adormecer a las víctimas de la injusticia por todos los imperialismos, desde el romano al alemán.

Baldomero Argente, 1920

¿Por qué la renta / alquiler son tan caros?

En este vídeo que hemos subtitulado al español se aborda en 5 minutos esta importante cuestión arrojando interesantes implicaciones y orientándonos a mirar a la solución de algunos de los grandes problemas que enfrentamos en la actualidad: el uso y gestión de la tierra y su valor.

M. Vlahovic

Justicia Agraria, por Thomas Paine

Prefacio del autor
El breve texto que sigue se escribió en el invierno de 1795/96 y, como yo no había decidido si publicarlo en plena guerra o esperar hasta que llegase la paz, ha permanecido sin alteración ni añadidos desde el momento en que fue escrito.

Lo que me ha llevado a publicarlo ahora es un sermón oficiado por Watson, Obispo de Llandaff. Algunos de mis lectores recordarán que este obispo escribió un libro titulado Apología de la Biblia, como respuesta a mi segunda parte de La edad de la razón. Conseguí un ejemplar de su libro y puede estar seguro de que le contestaré sobre este tema.

Al final del libro del obispo hay una lista de las obras que ha escrito. Entre las cuales está el sermón aludido; se titula “La sabiduría y divinidad de Dios al crear ricos y pobres; con un Apéndice que contiene reflexiones sobre el estado actual de Inglaterra y Francia.”

El error presente en este sermón me decidió a publicar mi Justicia agraria. Es incorrecto decir que Dios creó ricos y pobres; Él sólo creó al hombre y a la mujer, y les dio la tierra como herencia.

En lugar de predicar para alentar a una parte de la humanidad en la insolencia…, sería mejor que los sacerdotes emplearan su tiempo en volver la condición general del hombre menos miserable de lo que es. La religión práctica consiste en hacer el bien: y la única forma de servir a Dios es la de esforzarse en que Su creación sea feliz. Toda prédica que no tenga esto por objeto es falsa e hipócrita.

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